Miércoles, 04 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNGarcía-Page borra la Navidad y Semana Santa…, pero el Ramadán ni lo toca
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Pedro Manuel Hernández López

García-Page borra la Navidad y Semana Santa…, pero el Ramadán ni lo toca

 

Hay decisiones políticas que les quita la careta y el disfraz a los  gobernante, los desnudan moralmente y los retratan sin maquillaje. Y la última maniobra de Emiliano García-Page —borrar del calendario escolar las palabras "Navidad" y "Semana Santa"— es una de esas. El presidente manchego, ese que presume de católico sociológico, que posa en procesiones y que juega a ser el barón moderado del PSOE y anti sanchista ha decidido sustituir las dos tradiciones más arraigadas en la España católica por cobardes eufemismos como “vacaciones de invierno” y “periodo festivo de primavera” o si lo prefieren como "descansos del primer y de segundo trimestre".

 

Pero lo más obsceno de esta operación no es solo el borrado cultural. Lo verdaderamente insólito es que el Ramadán no lo toca. Ese término permanece intacto, sin eufemismos, sin filtros, sin complejos. Lo cristiano se oculta; lo musulmán se respeta. ¿Laicidad? No. Sumisión selectiva. Complejo ideológico. Cobardía con brújula.

 

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La cosa sería ridícula si no fuera gravísima. Porque si de verdad quisieran un calendario “neutral”, aplicarían el mismo rasero a todas las celebraciones. Pero no: solo las nuestras sobran, solo las nuestras molestan, solo las nuestras son sustituidas por expresiones de laboratorio. El Ramadán, en cambio, sí merece un respeto exquisito. Una prueba indiscutible de que Page y su Gobierno no buscan neutralidad: buscan borrar lo que les incomoda de su propio país.
 

El Gobierno de Castilla-La Mancha, plegado a la moda ideológica del progresismo avergonzado, ha demostrado que está dispuesto a amputar la identidad cultural de la región con tal de agradar a quienes dictan los dogmas del momento. Y lo hace con un descaro tan ofensivo que casi parece una provocación: borrar palabras que llevan siglos definiendo nuestra historia y, al mismo tiempo, blindar otras que ni forman parte del calendario escolar ni representan tradición alguna en la mayoría de los municipios manchegos.

 

Es la política del complejo, de la vergüenza de sí mismos, del “borrémonos para no molestar”. El Gobierno de Page ha decidido que Castilla-La Mancha debe pedir perdón por ser lo que es, pero inclinar la cabeza ante cualquier símbolo ajeno. Y lo más inquietante es que lo han hecho sin encontrar apenas resistencia.

 

Porque aquí merece también un reproche claro: ¿Dónde están los ciudadanos de Castilla-La Mancha? ¿Dónde están los que se indignan en los bares pero no se dignan a levantar la voz en la calle? ¿Dónde están los que presumen de tradición, de pueblo, de raíces… pero aceptan en silencio que las borren del calendario?

 

La tibieza social es la gasolina de estas políticas. Si una comunidad entera permite que le arranquen palabras que forman parte de su vida sin protestar, sin manifestarse, sin exigir responsabilidades, ¿qué impedirá que Page y su Gobierno sigan avanzando por ese camino?

 

La pasividad es una forma de complicidad.


El silencio es una forma de consentimiento.


Y Castilla-La Mancha está aceptando —por comodidad, por apatía o por miedo a “molestar”— que un Gobierno autonómico reescriba su identidad sin oposición social seria.

 

No basta con criticar a Page; hay que señalar a una ciudadanía que debería indignarse y, sin embargo, mira hacia otro lado. Si los castellano-manchegos hubieran salido a la calle con la misma energía con la que defienden una feria o un ascenso deportivo, la Junta ya habría rectificado. Pero no. Aquí se resignan mientras el Gobierno autonómico decide qué partes de su cultura merecen sobrevivir.

 

El presidente, por su parte, sigue representando su farsa habitual: católico de escaparate, defensor de tradiciones solo cuando conviene, barón rebelde cuando está lejos de Moncloa y burócrata dócil cuando gobierna en Toledo. Borrar Navidad y Semana Santa no es un error administrativo: es un acto consciente, deliberado y calculado para agradar al progresismo militante. Y mantener el Ramadán intacto es la prueba perfecta de su valentía selectiva: mano firme con lo propio, mano temblorosa con lo ajeno.

 

El Gobierno autonómico que dirige ha renunciado a defender la identidad cultural de su tierra. Prefiere la corrección política al respeto por su gente. Prefiere los aplausos de fuera antes que la dignidad de dentro. Y la sociedad manchega, lejos de plantarse ante esta involución, ha demostrado que se amolda, que traga, que deja hacer. Una mezcla peligrosa: gobernantes cobardes y ciudadanos dormidos.

 

El resultado es un calendario escolar que ya no se atreve a pronunciar las palabras que han marcado la vida de generaciones enteras. Un gobierno que borra lo nuestro y protege lo que considera más “moderno”. Y una ciudadanía que debería estar en la calle exigiendo respeto y que, incomprensiblemente, permanece inmóvil.

 

A estas alturas, queda claro que quien borra la Navidad pero preserva sin pestañear el Ramadán no gobierna para su pueblo: gobierna para su propio complejo.


Y quien acepta este atropello sin protestar, sin reclamar, sin alzar la voz, está renunciando a su identidad por pura comodidad.

 

En Castilla-La Mancha han borrado dos palabras del calendario. Pero lo que realmente están borrando —el presidente de Castilla- La Mancha y sus  ciudadanos— es algo mucho más grave: la dignidad de defender lo que somos: ¡cristianos y católicos!

 

Linkedin: Pedro Manuel Hernández López
 

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