Buenas noches, somos los Sultanes del Swing
Mediaba un atardecer cualquiera de un día de la década de los años setenta, y en Londres, como casi siempre, llovía.
Un joven profesor de literatura, aficionado a tocar la guitarra y que estaba formando una banda de rock, entra en un pub del sur de la ciudad para resguardarse de la lluvia, respirar y tomar tranquilamente una pinta de cerveza.
En el local estaba tocando una banda de jazz discreta, aparentemente amateur, con oficio, pero no excesiva maestría. Apenas había público, y pocos les estaban prestando atención. Al terminar, el cantante anunció el nombre del grupo. Un nombre que, para la modestia del momento, de la banda y del lugar, sonaba extrañamente grandilocuente: Sultans of Swing.
![[Img #11390]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/01_2026/8378_dire.jpg)
A Mark Knopfler, que así se llama nuestro protagonista, la escena le impactó profundamente. Ese contraste entre la épica invocada y la dura, fría y desangelada realidad, le pareció una historia que merecía ser contada. Allí mismo, se puso a garabatear una letra que, al llegar a casa, terminó esa misma noche.
El resto, como se suele decir en estos casos, es historia.
Nacido en Glasgow en 1949, hijo de emigrantes húngaros, licenciado en Literatura por la Universidad de Leeds, antes de dedicarse por completo a la música fue profesor, periodista y pintor. Oficios que, sin duda, determinan su manera de componer. No hay en sus canciones la urgencia y la rabia generacional de otras bandas del momento, sino una mirada algo distante y cierta melancolía. Admirador de las letras de Bob Dylan y del rock de raíces blues y hasta country (Eric Clapton, J.J. Cale, Chet Atkins), Knopfler nunca fue un guitarrista grandilocuente o hueco, sino un narrador que utiliza la guitarra como otros usan la pluma o el pincel, para contar cosas.
Tras pasar por bandas menores y regresar durante un tiempo a la docencia, mediados los setenta se había instalado en Londres, compartiendo piso con su hermano David y el bajista John Illsley. Reclutan al batería Pick Withers y empiezan a tocar en pubs bajo el nombre de Café Racers, hasta que deciden cambiar el nombre por otro que reflejaba su precaria situación económica. Dire Straits (algo así como graves estrecheces) parecía más propio.
En julio de 1977 graban sus primeras maquetas. Entre ellas, Sultans of Swing, todavía en versión acústica, casi como una crónica hablada. Cuando Knopfler enchufa por primera vez su Fender Stratocaster roja y mantiene su peculiar técnica con los dedos, sin púa, y su característico sonido sincopado a lo J.J. Cale, la canción encuentra su forma definitiva.
El debut, Dire Straits (1978), es un éxito inesperado. Aquella música limpia, contenida y precisa parecía ir a contracorriente. Communiqué (1979) confirma que no se trataba de un golpe de suerte, y ese mismo año Knopfler cumple un sueño al colaborar con Dylan en Slow Train Coming (repetiría en otros álbumes como Infidels).
Tras la marcha de su hermano David, el grupo graba Making Movies (1980), probablemente su obra más inspirada. Producido junto a Jimmy Iovine, contiene clásicos como Tunnel of Love, Romeo and Juliet, Solid Rock o Expresso Love que muestran a una banda en estado de gracia.
Para presentar el disco y entrar en el mercado europeo, Dire Straits actúan en el festival de San Remo, fuera de concurso, conquistando a un público poco habitual para el rock británico. La gira posterior por Estados Unidos y Australia marca el inicio de la era de los grandes escenarios. Love Over Gold (1982) profundiza en composiciones largas y atmosféricas, mientras que Alchemy (1984) confirma que en directo la banda era una máquina de alta precisión y elegancia.
La apoteosis llegó con Brothers in Arms (1985). Grabado digitalmente y pensado ya para grandes audiencias, el disco convirtió a Dire Straits en un fenómeno global. Money for Nothing, crítica sarcástica de Knopfler ante la industria musical, se convirtió en un bombazo comercial, mientras que el resto del álbum mantenía el equilibrio entre el rock comercial y la música de autor (So far away, Walk of life, Brothers in arms, …).
Pero algo se había agotado. El perfeccionismo, los estadios y la maquinaria comercial empezaban a pesar. Su disco posterior, On Every Street (1991), muestra ya a un artista mucho más interesado en el detalle y en las influencias folk o country, hasta que el proyecto se disuelve por su propia inercia, sin estridencias. sin prolongaciones artificiales, peleas ni comunicados.
Desde entonces, Knopfler se decantó por la música de raíz. Los discos con Chet Atkins o con los Notting Hillbillies fueron una declaración de intenciones; country, folk, canciones tocadas sin artificio. Su carrera en solitario seguiría ese camino, alejándose deliberadamente del espectáculo para abrazar el oficio. Bandas sonoras, discos sobrios, guitarras al servicio de la historia.
Al final, todo vuelve a aquella noche lluviosa y a una banda tocando para casi nadie, a los Sultanes del Swing, a esa dignidad del músico que toca porque lo necesita. Y que se da la importancia y el respeto que, para él, merece lo que está haciendo.
Dire Straits fue, en el fondo, un paréntesis brillante, y Mark Knopfler terminó regresando a casa, allí donde la música no necesita grandilocuencia, estadios ni pirotecnia, sino algo más simple, y más difícil: emocionar.
Likedin: Rafael García-Purriños



