Un amor imposible, dos guitarras y un lugar donde esconderse
A veces, para entender un disco no basta con saber quién lo grabó o cuándo se publicó. Hay que saber en qué momento estaba su autor cuando entró en el estudio.
En esos últimos años de la década de los Sesenta, Eric Clapton estaba cansado. Perdido. Venía de Blind Faith, de giras interminables y de un nombre que pesaba demasiado.
Le llamaban Dios de la guitarra, ’Clapton is God’, decían. Y a él aquello ya no le servía. Contestaba 'Clapton is Good’, como mucho.
Quería desaparecer un poco. Volver a ser uno más. Tocar sin tener que responder a tantas expectativas. De esa necesidad, más que de un plan, nació Derek and the Dominos.
![[Img #11430]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/01_2026/6994_eric.jpg)
El primer paso fue su entrada en Delaney & Bonnie. Clapton se unió a esta banda en 1969 como guitarrista de acompañamiento, tras verlos en una gira por Inglaterra. Ahí aprendió a tocar en grupo, a escuchar, a sostener canciones en lugar de dominarlas. Se sentía tan cómodo que decidió montar una banda con parte de sus nuevos compañeros y grabar un disco. Reclutó a Carl Radle al bajo, Bobby Whitlock a los teclados y Jim Gordon a la batería.
Con ellos formó Derek and the Dominos. Bautizados así casualmente, cuando, en su debut en el Teatro Lyceum de Londres, el 14 de junio de 1970, el presentador dijo mal su nombre provisional, Eric and the Dynamos. La banda decidió adoptar el nuevo nombre para su primea gira de verano por Inglaterra. Era perfecto, Derek no era nadie. O podía ser cualquiera. Justo lo que Clapton buscaba.
Mientras tanto, su vida personal se venía abajo. Durante su estrecha relación con George Harrison, reforzada en la grabación de All Things Must Pass, Clapton se enamoró de Pattie Boyd, la esposa de su mejor amigo. Un amor imposible. Silencioso. Culpable. Y devastador. No lo dijo en voz alta, lo convirtió en canciones.
La llegada de Duane Allman no estaba prevista de inicio. Después de la salida de Dave Mason, Clapton estaba grabando en Miami cuando sus compañeros le hablaron de un guitarrista del sur que había trabajado ya con ellos. Lo llamaron, apareció por el estudio, se enchufó y empezaron a tocar. Bastaron unos minutos. Se entendieron sin hablar. A partir de ahí, con una de las mejores parejas de guitarristas de la historia del rock, el sonido pasó a otra dimensión.
Las guitarras no se pisan. Hablan, dialogan. A veces, simplemente caminan juntas. Clapton deja de ser el guitarrista que tiene que demostrar algo, y puede ceder algo de protagonismo.
Eso se nota muy bien en la coda final de 'Layla’. La canción ya ha dicho todo lo que tenía que decir (que no era poco). Las guitarras se apartan. Entra el piano. No hay solo. No hay final épico. Todo baja. Clapton no intenta cerrar nada. El slide se desliza sobre las cuerdas con precisión y belleza. Como un llanto silencioso que sigue al estallido de la rabia. Es un final extraño, casi anticlimático. Y justo por eso funciona.
El disco nacido de este proceso, Layla and Other Assorted Love Songs, publicado en noviembre de 1970. Un disco doble, intenso, sin concesiones. Blues eléctrico, crudo, emocional.
La canción que le da título lo resume todo. 'Layla’ toma su nombre del poema persa Layla y Majnun, la historia de un hombre obsesionado con una mujer casada. No hay metáfora más clara. El riff inicial irrumpe con urgencia, como un ataque de ansiedad. El diálogo de guitarras entre Clapton y Allman es pura magia. Y cuando todo parece haber estallado, llega esa coda final que lo apaga todo. Después de la tempestad, la calma.
Pero el disco no es solo 'Layla’. ‘I Looked away’ 'Bell Bottom Blues’, 'Nobody Knows you’, 'Why Does Love Got to Be So Sad?’, 'Have You Ever Loved a Woman’, 'Anyday’ … canciones brillantes, que giran alrededor del mismo tema: amor que duele, culpa que no se va, preguntas sin respuesta. La base rítmica de Radle y Gordon es firme, precisa, perfecta. No sobra nada. Todo está al servicio de la canción. Posiblemente el mejor disco en la carrera de Eric Clapton (lo que es mucho, mucho decir) y uno de los mejores en la historia del rock.
Sin embargo, y sorprendentemente, el disco no tuvo gran éxito inmediato en el Reino Unido, aunque fue mejor recibido en Estados Unidos. Quizá era demasiado sincero. Demasiado largo. Demasiado triste. Derek and the Dominos intentaron grabar un segundo álbum en 1971, pero no llegaron a terminarlo. Clapton se hundió en sus adicciones y desapareció del planeta rock durante casi dos años. Entre tanto, el 29 de octubre de 1971, Duane Allman murió en un accidente de moto. Tenía 24 años. Ahí se cerró cualquier posibilidad de continuar la historia.
El grupo se rompió antes de tener tiempo de ser algo más. Pero quedó el disco. Y quedó esa forma de tocar. De escucharse. De dejar espacio. El disco no arregló nada. La situación personal siguió. Pero es un desahogo, expone la triste, culpable e inevitable verdad.
Y eso, aunque lo mezcles con rock, es el alma del blues.
Linkedin: Rafael García-Purriños



