El mejor regalo
Acaba de pasar la noche de Reyes. Es un momento mágico donde las ilusiones se convierten, muchas de ellas, en realidad. Todo envuelto en papel regalo y, dentro, la ilusión disfrazada de regalo.
Pero, muchos regalos ya han perdido parte de su brillo inicial. Algunos acabarán olvidados en un cajón, otros se usarán de forma puntual y solo unos pocos permanecerán en el tiempo. Curiosamente, en las organizaciones sucede algo muy parecido con el liderazgo. Hay estilos que generan impacto inmediato, ruido y apariencia de eficacia, pero se diluyen rápido. Y hay otros que, sin grandes gestos ni fuegos artificiales, dejan una huella profunda y duradera. A esos últimos los llamamos liderazgo coherente.
Estarás de acuerdo conmigo que la coherencia es una palabra muy citada y poco practicada. Se menciona en discursos, se escribe en valores corporativos y se repite en convenciones internas, pero rara vez se convierte en una forma real de dirigir. Y, sin embargo, cuando falta, se nota de inmediato. En la desconfianza, en el cinismo interno, en la distancia emocional entre quienes deciden y quienes ejecutan. Porque el liderazgo incoherente no pasa desapercibido; desgasta, confunde y, a medio plazo, rompe equipos.
El liderazgo coherente no es un estilo blando ni complaciente. Tampoco es una cuestión de simpatía personal. Es, ante todo, una forma de ejercer la autoridad desde la alineación entre lo que se dice, lo que se decide y lo que se hace. Cuando esa alineación existe, el liderazgo gana credibilidad. Cuando no, pierde legitimidad, aunque conserve el poder formal.
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Uno de los grandes problemas de muchas organizaciones es que confunden coherencia con rigidez. Creen que ser coherente es no cambiar nunca de opinión. Y no es cierto. Un líder coherente puede rectificar, adaptarse y evolucionar. La incoherencia aparece cuando se exigen comportamientos que no se practican, cuando se predican valores que no se sostienen en la toma de decisiones o cuando el discurso va por un lado y la agenda real por otro.
La coherencia se construye en lo cotidiano. En cómo se gestiona una reunión tensa. En cómo se responde ante un error. En cómo se reparte el reconocimiento y cómo se asume la responsabilidad cuando algo no sale bien. No se construye en los grandes mensajes, sino en los pequeños actos repetidos en el tiempo. Y por eso es tan difícil de fingir.
Hay líderes que piensan que su legado estará ligado a los resultados obtenidos, a los cargos ocupados o a los proyectos impulsados. Sin embargo, cuando uno escucha a profesionales hablar de quienes les marcaron de verdad, casi nunca aparecen cifras. Aparecen sensaciones. “Con él sabías a qué atenerte”. “Decía lo que pensaba y hacía lo que decía”. “Podías no estar de acuerdo, pero era justo”. Eso es liderazgo coherente en estado puro.
En contextos empresariales complejos, donde la presión es constante y las decisiones no siempre son populares, la coherencia se convierte en un activo estratégico. Porque aporta algo que no se puede comprar: confianza. Y la confianza reduce fricciones, acelera decisiones y fortalece el compromiso. Cuando un equipo confía en su líder, no necesita entender cada movimiento al detalle; sabe que hay criterio detrás.
La incoherencia, en cambio, genera ruido interno. Las personas dejan de escuchar el mensaje oficial y empiezan a interpretar señales. Observan qué se premia realmente, qué se tolera y qué se castiga. Y actúan en consecuencia. Ninguna cultura se construye desde el discurso; se construye desde el comportamiento del liderazgo.
El liderazgo coherente también exige una relación sana con el poder. Quien lidera desde la coherencia entiende que su posición no le sitúa por encima, sino al servicio de una responsabilidad mayor. No necesita imponer constantemente su autoridad porque su ejemplo la sostiene. Tampoco se esconde detrás del cargo para evitar conversaciones difíciles. Da la cara, explica, escucha y decide.
Y todo se concentra en una idea clave: la coherencia no garantiza aplauso inmediato, pero sí respeto sostenido. Hay decisiones coherentes que generan incomodidad inicial. Hay límites coherentes que no gustan. Pero con el tiempo, son esas decisiones las que construyen reputación interna. Porque las personas pueden aceptar una decisión dura si perciben que es justa y consistente.
Otro rasgo del liderazgo coherente es la claridad. Claridad de criterio, de expectativas y de rumbo. No significa tener todas las respuestas, sino ser honesto sobre lo que se sabe y lo que no. La falta de claridad suele esconder inseguridad o miedo al conflicto. La coherencia, en cambio, se apoya en la transparencia y en la capacidad de sostener conversaciones incómodas sin perder el respeto.
En muchas organizaciones se habla de legado como algo lejano, casi asociado al final de la carrera profesional. Pero el legado se construye cada día. En cada decisión coherente que refuerza una forma de hacer. En cada incoherencia que la debilita. El liderazgo deja rastro incluso cuando no es consciente de ello. La pregunta es qué tipo de rastro estamos dejando.
El objetivo final no es buscar ser imprescindible. Al contrario, es trabajar para que los equipos desarrollen criterio propio. Para que las decisiones no dependan siempre de una persona. Para que la organización funcione con solidez incluso en ausencia del líder. Esa es, quizá, la prueba más exigente de coherencia: que el sistema no se resienta cuando uno se va.
En tiempos de exposición constante y mensajes grandilocuentes, la coherencia es casi un acto contracultural. Requiere paciencia, consistencia y renuncia a ciertos atajos. No siempre es la vía más rápida, pero sí la más sólida. Y en entornos empresariales cada vez más complejos, la solidez es un valor diferencial.
Quizá por eso, en estos días posteriores a Reyes, tiene sentido detenerse un momento y reflexionar. Más allá de planes, objetivos y resultados, ¿qué tipo de liderazgo estamos regalando a nuestros equipos? ¿Uno que ilusiona unos días o uno que construye confianza durante años?
Porque el liderazgo coherente no se envuelve, no se exhibe y no se proclama. Se practica. Y cuando se practica de verdad, se convierte en uno de los activos más valiosos de cualquier organización.
Y permíteme cerrar con una imagen muy sencilla. El Día de Reyes siempre ha tenido algo especial: durante unas horas, cuando somos niños, creemos de verdad que todo es posible. Dejamos agua para los camellos, miramos al cielo con ilusión y confiamos en que algo bueno va a llegar. Esa ilusión no nace del regalo en sí, sino de la expectativa, de la magia de creer. El liderazgo coherente debería conservar algo de ese espíritu: la capacidad de hacer creer a otros que pueden llegar más lejos de lo que imaginan.
Porque el verdadero legado de un líder no es lo que recibe, sino lo que deja. No es el cargo, ni el reconocimiento, ni siquiera los resultados puntuales. Es conseguir que las personas que dependen de ti desarrollen su máximo potencial, incluso cuando tú ya no estés. Ese es el único regalo que no se rompe, no caduca y no se olvida. Y, probablemente, el más valioso que podrás dejar nunca.
Linkedin: Lucio Fernández



