Padre Ángel: el cura que abrió las puertas de la iglesia de San Antón... y el debate
Hablar del Padre Ángel es entrar en un terreno incómodo para el análisis sereno, porque su figura se mueve entre dos polos casi extremos: el aplauso casi automático por su labor social y la crítica cada vez más audible a un modelo de caridad que, para algunos, roza la propaganda, el desorden y la impunidad moral. Ángel García Rodríguez -párroco de San Antón y fundador de Mensajeros de la Paz- es hoy mucho más que un sacerdote: es una marca, un símbolo y, para bien y para mal, un personaje político de relevancia social y religiosa.
Empecemos por "lo bueno", que es mucho y real. El Padre Ángel ha hecho lo que muchos han predicado y pocos ejecutan: abrir puertas. Literalmente. San Antón se convirtió en un refugio permanente para quienes no tienen dónde ir, en un comedor improvisado cuando el frío aprieta y en una última estación para quienes han sido expulsados de todas las demás. Mensajeros de la Paz -su ONG con décadas de trayectoria- ha sostenido abiertos comedores, residencias para mayores, programas de infancia y cooperación internacional. Miles de personas han comido, dormido o sobrevivido gracias a esa red. Negarlo sería mezquino y, a demás, falso.
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Además, hay que reconocerle una virtud cada vez más escasa: no se esconde. Da la cara, sale en los medios, incomoda conciencias y recuerda a una sociedad acomodada que la miseria no es un concepto abstracto. En un país donde demasiadas ONG viven del PowerPoint y de la subvención fácil y sin barro, el Padre Ángel ha preferido el foco, sí, pero también la acción inmediata. Alimentar hoy, ya, sin esperar al informe, comisión o subvención.
Pero ahí empieza también lo problemático. Porque la caridad sin orden puede convertirse en caos, y el gesto moral sin límites, en dogma personal. San Antón -su ya famosa parroquia en Chueca- no es sólo un templo abierto: es un foco permanente de conflicto vecinal, deterioro urbano y quejas reiteradas por inseguridad, suciedad y abandono del entorno. Durante años, cualquier crítica ha sido descalificada como falta de humanidad, como si el sufrimiento social otorgara patente de corso para ignorar normas básicas de convivencia y responsabilidad institucional.
El Padre Ángel ha construido un relato en el que la buena intención parece absolverlo todo. Y no debería. Ayudar a los más vulnerables no exime de rendir cuentas, ni de coordinarse eficazmente con servicios sociales, ni de reconocer que la acumulación descontrolada de exclusión en un mismo punto acaba perjudicando a todos: a los vecinos, al barrio y a los propios asistidos. La pobreza no se resuelve amontonándola bajo una cúpula.
Tampoco es menor el debate ideológico. El Padre Ángel se presenta como un cura social, casi progresista, pero su discurso es selectivo. Es valiente frente a los problemas que dan buena prensa -sinhogarismo, soledad, pobreza visible- y sorprendentemente tibio ante otros debates de fondo: inmigración desordenada, redes de dependencia crónica, instrumentalización política de la miseria. Su enfoque es profundamente asistencialista: paliar el dolor sin cuestionar seriamente el sistema que lo reproduce. Caridad sí, pero transformación estructural, poca.
A eso se suma una exposición mediática constante que plantea otra pregunta incómoda: ¿dónde termina la ayuda y empieza el espectáculo? El sacerdote que predica humildad ha sabido moverse como pez en el agua entre premios, cámaras y actos institucionales. No es un pecado, pero sí un riesgo: el de confundir visibilidad con virtud y de blindarse frente a cualquier crítica bajo el escudo del “yo ayudo, tú no”.
El balance, por tanto, es necesariamente ambivalente. El Padre Ángel ha sido -y sigue siendo- útil. Ha salvado situaciones límite y ha puesto rostro humano a la miseria. Pero también ha consolidado un modelo personalista, poco transparente y conflictivo, donde la urgencia justifica casi cualquier cosa y donde el debate queda reducido a una dicotomía infantil: o estás conmigo o estás contra los pobres.
España necesita menos iconos intocables y más soluciones eficaces. Menos caridad convertida en altar moral y más políticas sociales exigentes, ordenadas y evaluables. Reconocer la obra del Padre Ángel no obliga a callar sus sombras. Al contrario: sólo señalándolas se honra de verdad a quienes dice servir. Porque ayudar no es sólo dar; es también saber cuándo, cómo y hasta dónde.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



