Vecinos
Hará ya unos veinte años fui de visita a ver a un amigo al hospital. No era nada grave, tan sólo una descompensación de sus valores normales de glucosa ocasionada por una inoportuna infección de riñón.
Apenas tendría recuerdo de aquel momento sino es porque me impactó el compañero de habitación que descansaba a su lado.
Se trataba de un señor muy mayor (según supe de más de 90 años) que estaba siendo alimentado a través de una sonda nasogástrica al no tolerar ningún tipo de alimento por vía oral.
Aquel señor estaba ya más fuera que dentro: sin hablar, sin plena conciencia y por supuesto sin levantarse. Lo cierto es que no era una escena agradable de presenciar, tal era así que recuerdo que mi amigo, harto sin duda de contemplar el sufrimiento ajeno, me comentó que él antes de verse así cogía una pistola y se suicidaba.
Pero si ver a aquel enfermo era conmovedor, a mí me impactó aún más contemplar el extremo cariño con que una mujer también de avanzada edad (aunque no tanto) cuidaba del anciano. Le hablaba continuamente como si ese señor pudiese escucharla, lo movía de cuando en cuando de postura, lo acariciaba, vigilaba la medicación y todo lo que hacía desbordaba un cariño enorme por aquella persona.
Tuve tiempo de contemplar aquel comportamiento porque, por circunstancias que ahora no vienen al caso, me tocó hacer un pequeño turno de acompañamiento de mi amigo.
De repente, la señora se dirigió a mí y me preguntó si podía vigilar durante unos minutos al otro enfermo mientras ella bajaba a la cantina a comprarse algo para comer.
Cuando subió, entablamos una pequeña conversación y fue entonces cuando me enteré que, contrariamente a lo que había pensado, aquella mujer no era la esposa del enfermo, sino una vecina del pueblo. Me dijo que el pobre había enviudado hacía muchos años, que no tenía ni hijos ni familia y que los únicos seres queridos que le quedaban en esta vida eran ellos: sus vecinos. Me señaló que ese señor había sido una buena persona con todo el mundo y que cuando enfermó, hacía ya un mes, su propio marido le dijo que entre los dos se turnarían para que no estuviera solo cuando llegara el momento. “¿Cómo lo vamos a abandonar ahora si hemos sido vecinos puerta con puerta toda la vida?”
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Aquella escena que contemplé hace tanto tiempo trajo a mi memoria otras aún más lejanas que viví de niño en la calle Tinajerías de Totana donde los vecinos de mis abuelos no eran tales sino una gran familia mucho más avenida que muchas otras consanguíneas y donde todos cuidaban de todos de una forma espontánea y verdadera, no por obligación.
Aquel acontecimiento que presencié en una habitación del Morales Meseguer se me quedó en la memoria por inaudita en estos tiempos que corren.
La sociedad ha virado hacia un individualismo exultante, en que lo único que realmente importa es el estar bien con uno mismo sin merecer cómo esté el otro. Ahora casi no conocemos a los vecinos de puerta, ni queremos; no vaya a ser que se nos complique aún más una vida, ya de por sí bastante complicada.
El individualismo está muy bien… hasta que no es suficiente, porque llega un momento en el que todos necesitamos de los demás, aunque sólo sea de un gesto o de una palabra.
Aunque claro, se me olvidaba que siempre podremos exigirle cuidados a nuestro nuevo pariente, Papá Estado que para eso está… ¿no?
Linkedin: Gabriel Vivancos



