Domingo, 25 de Enero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa Unión Europea debe actuar como el perro pastor europeo
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Rubén Darío Torres Kumbrián

La Unión Europea debe actuar como el perro pastor europeo

 

1. Victimismo moral y la ilusión de un mundo imaginado

 

Europa se ha acostumbrado al papel de víctima moral. Se horroriza ante lo que cree “novedoso” en la política global, pero el mundo no ha cambiado: Trump en Venezuela, Putin en Ucrania, Pekín expandiendo su influencia, muestran la lógica inmutable de los imperios: actúan por interés, no por ética. Europa, en cambio, debate, se explica y se compadece.

 

Durante décadas, la Unión Europea se ha narrado como excepcional: ética frente a un mundo cínico. Ese relato genera consuelo, pero no poder. La autocompasión, como demuestra Seligman, genera indefensión aprendida. Beck describió cómo la rumiación crónica erosiona la capacidad de actuar. Europa está atrapada en su relato: cada agresión externa refuerza su identidad de víctima, de sorpresa falsa y paraliza la acción.

 

El daño se convierte en identidad política, y la acción se sustituye por explicación. Mientras la Unión Europea reflexiona, el mundo actúa, redistribuyendo poder, influencia y recursos sin esperar a que el continente decida.

 

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2. Venezuela y Ucrania: Mensaje de advertencia para el despertar de la UE

 

Venezuela no es un hecho aislado: fue un aviso explícito. La captura simbólica de Maduro y su entorno marca un precedente: si se puede actuar allí, se puede intentar en otros lugares. Ucrania demuestra que las garantías verbales no detienen blindados ni cambian fronteras.

 

La lógica es clara: el Derecho Internacional protege a los fuertes, no a los débiles. Europa ha confundido normas con poder, pacifismo con seguridad, y moralidad con capacidad de acción. Cada día que pasa sin respuesta es un día en que otros deciden nuestro destino europeo.

 

Este patrón se repite históricamente. Tucídides lo señaló hace 25 siglos: la debilidad invita, la firmeza contiene. La Unión Europea, al mostrarse dócil, predecible y autocompasiva, se convierte en territorio disponible para quienes actúan con determinación.

 

3. El perro europeo: ética práctica es la verdadera lección de supervivencia y estrategia

 

El perro pastor europeo no se compadece de sí mismo. No construye relatos ni dramatiza su dolor. Su ética es práctica, operativa: la lealtad no se proclama, se ejerce. Vigila, protege, evalúa y actúa. Esa conducta no depende de la moral declarativa ni de discursos; depende de la función, de la necesidad de sobrevivir y de proteger el grupo.

 

La historia humana ya reconoció esta sabiduría práctica. Los romanos, conscientes de la eficacia de sus guardianes caninos, colocaban en las puertas de las casas mensajes como Cave Canem: “Cuidado con el perro”. No era mera advertencia poética, sino una doctrina de seguridad: el perro custodiaba y protegía sin cuestionar su función. Séneca y Cicerón admiraban en los perros lo que llamaban fides sine contractu: lealtad sin necesidad de promesa, un vínculo estable y confiable basado en la acción, no en la palabra.

 

En la filosofía griega, Jenofonte señalaba que el perro combina obediencia, iniciativa y coraje sin que se le indique constantemente. Este equilibrio entre disciplina y autonomía lo convierte en un modelo de eficacia operativa. Argos, el perro de Ulises, es otra ilustración: tras veinte años de ausencia, reconoce y cumple su deber sin exigir explicaciones ni justicia; actúa con coherencia, cumpliendo su función de custodio.

 

La sabiduría del perro también ha sido observada en tiempos modernos. Ernest Hemingway escribió sobre la guerra y comprendió que el animal herido no se explica; actúa. No hay lugar para el lamento ni para la autocompasión: solo conducta, respuesta y supervivencia. Konrad Lorenz explicó que la lealtad canina es una estrategia evolutiva destinada a asegurar la supervivencia del grupo y del vínculo social. Tinbergen, por su parte, demostró que la conducta del perro se orienta a la función y cada acción tiene un propósito adaptativo.

 

Incluso desde la perspectiva psicológica y neurocientífica contemporánea, el perro pastor europeo ejemplifica la regulación emocional efectiva: tolera la frustración, adapta su conducta al entorno y mantiene la coherencia entre estímulo y respuesta. Damasio y Panksepp subrayan que la inteligencia práctica depende de la acción orientada al objetivo, no de la rumia o del autoengaño.

 

El perro pastor europeo, entonces, no es solo un guardián físico, sino un modelo estratégico. Vigila sin dramatizar, protege sin proclamaciones y actúa sin depender del reconocimiento externo. Esta conducta ejemplifica principios que la Unión Europea y otras sociedades humanas podrían aplicar: coherencia entre capacidad y propósito, vigilancia constante, ajuste rápido al entorno y acción proporcionada, todo sin depender de relatos heroicos ni discursos morales.

 

En esencia, el perro pastor europeo nos enseña que la supervivencia y la eficacia estratégica dependen menos de las palabras y más de la acción disciplinada, la lealtad demostrada y la adaptación constante al entorno. Europa, con todos sus recursos, podría tomar nota: observar, evaluar, proteger y actuar, en lugar de dramatizar, explicar o delegar.

 

4. Europa y el costo del victimismo: superarse emulando al perro pastor europeo

 

Europa proclama valores mientras, en la práctica, renuncia a defenderlos. Exige respeto internacional sin construir los instrumentos que lo aseguren. Habla de derechos humanos y de la ley internacional, mientras delega la protección de esos derechos a terceros. Su victimismo prolongado —una especie de autocompasión institucionalizada— la convierte en un actor predecible y débil en un tablero donde la fortaleza se impone por la acción, no por la retórica. Cada vez que la Unión Europea y la Europa extracomunitaria se detienen a reflexionar sobre la injusticia en lugar de responder, envían un mensaje implícito: quien no actúa se somete, quien duda se le administra.

 

Churchill comprendió que la civilización no se sostiene con buenas intenciones ni con discursos morales: requiere voluntad organizada, vigilancia constante y disposición a la acción decisiva. Su visión estratégica ante la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo perfecto de lo que Europa hoy ha olvidado. Mientras los poderosos y menos poderosos actúan por interés, la Unión Europea debate sobre moralidad y etiqueta, creyendo que la ley internacional y los principios son suficientes para garantizar su seguridad. Esa ilusión es un lujo que el mundo real no concede. Soy europeísta hasta la medula y por ello quiero emular al perro pastor europeo.

 

El perro pastor europeo, por contraste, es un modelo de coherencia y pragmatismo. No se compadece, no dramatiza, no espera reconocimiento ni disculpas. Su pregunta nunca es “¿por qué me sucede esto?”, sino “¿qué hago ahora?”. Vigila el perímetro, ajusta su conducta ante amenazas, refuerza vínculos y actúa con decisión. Su estrategia no depende de la narrativa, sino de la efectividad. La supervivencia, para él, es función, no sentimiento.

 

La Europa extracomunitaria y la UE, necesitan adoptar esa mentalidad: evaluar constantemente su entorno estratégico, identificar riesgos y oportunidades antes de que otros los impongan y actuar con coherencia. No basta con declarar principios; la coherencia entre palabra y acción es lo que genera respeto y disuasión. Un continente que delega su defensa teme usar la fuerza y convierte la ética en excusa, se convierte en un territorio disponible para quienes miden cada movimiento con pragmatismo implacable.

 

Así como Churchill entendió que la paz y la seguridad requieren preparación constante y la disposición a usar la fuerza de manera creíble, el perro pastor europeo actúa por necesidad y por función, no por discurso. Europa debe aprender de esa lógica: la verdadera fortaleza reside en la acción inmediata y decidida, no en la indignación retórica ni en la autoprotección moral. Evaluar, decidir y ejecutar. Esa es la regla del perro pastor europeo, y esa debería ser la regla de la Unión Europea si quiere sobrevivir y mantener influencia en un mundo de imperios que no negocian con el victimismo.

 

5. El instinto del perro pastor europeo: supervivencia y poder en tiempos de imperios

 

El perro pastor europeo no solo protege; entiende el terreno, mantiene el perímetro y actúa en el momento preciso, retirándose cuando su función ha concluido. Su conducta combina vigilancia, iniciativa y autocontrol. No se guía por emociones, dramatizaciones ni discursos: cada acción está orientada a un objetivo concreto, a la supervivencia y al mantenimiento de la estructura de su grupo. Esa disciplina instintiva es la base de la resiliencia, y constituye un modelo que la política europea ha olvidado.

 

Churchill lo comprendió como pocos: la civilización no se sostiene con buenas intenciones ni con ideales declarativos; requiere presencia firme, vigilancia constante y decisión organizada. La preparación y la firmeza de carácter, decía, son más efectivas que cualquier discurso moral. Para él, la defensa y la disuasión no se proclamaban en manifiestos ni se confiaban a intermediarios: se ejercían con claridad estratégica, control y resolución.

 

La Unión Europea, sin embargo, ha sustituido esa lógica elemental por retórica, delegación y queja. Ha querido ser respetada sin ser temida, escuchada sin hacerse oír y protegida sin protegerse. Cada conferencia, cada comunicado y cada resolución se han convertido en un sustituto simbólico de la acción real. La ética, la moral y los valores se han convertido en un lenguaje vacío cuando no se acompañan de capacidad y voluntad de defensa.

 

El perro pastor europeo, por el contrario, defiende el territorio por función y necesidad, no por emoción ni por relato. Su presencia silenciosa pero constante genera respeto, su vigilancia organizada mantiene la seguridad y su respuesta oportuna refuerza el orden. La lección para Europa es clara: la coherencia entre función y acción genera influencia; la incoherencia entre palabra y práctica produce vulnerabilidad.

 

Si Europa observa la historia, verá que las sociedades que sustituyen la acción por discursos son rápidamente relegadas a un segundo plano estratégico. Los imperios y actores poderosos y menos poderosos no negocian con moralidades abstractas; negocian con poder, voluntad y presencia. En este contexto, la cultura pastoril canina europea es un espejo sorprendentemente revelador: combina estrategia, disciplina y lealtad sin necesidad de proclamaciones. Enseña que la seguridad no se confía a la suerte ni se delega a terceros; se organiza, se mantiene y se ejerce con firmeza.

 

Europa necesita reencontrar esa ética práctica: vigilancia constante, presencia firme y acción proporcionada. Solo así podrá transformar recursos, industria y población en influencia real y respetada. El perro pastor europeo no se deja engañar por ilusiones de pacifismo cómodo ni por discursos sobre valores que no se sostienen con acción. Europa debe aprender de esa coherencia instintiva: actuar cuando es necesario, proteger con decisión y retirarse solo cuando la función se ha cumplido.

 

6. El mundo no espera: la política internacional y la lección del perro pastor europeo

 

La Unión Europea y la Europa extracomunitaria no ha sido derrotada en un campo de batalla, pero sí en la mente y en la estrategia. Durante décadas externalizó su defensa, debilitó sectores industriales clave, desmanteló capacidades estratégicas y, al mismo tiempo, demonizó la energía nuclear como si la dependencia estructural fuera virtud moral. La paz se confundió con comodidad; la ética, con inacción.

 

Mientras Europa debatía sobre principios y esperanzas de buena voluntad, crecían en su interior quintas columnas: actores conscientes o inconscientes, útiles o directamente entregados a intereses externos, infiltrando universidades, medios y estructuras culturales. No hubo conspiración única; bastó con debilitar la voluntad, erosionar la confianza en sí misma y sustituir la vigilancia activa por discursos vacíos.

 

Los ejemplos de Venezuela y Ucrania son contundentes. Cada territorio que no se defiende se convierte en terreno disponible. No es casualidad ni azar; es la consecuencia directa de una estrategia de inacción y delegación de la soberanía. La política internacional funciona con lógica de presencia y capacidad, no de buenas intenciones. La Unión Europea, al abandonar la vigilancia activa y la acción firme, dejó su perímetro abierto. El resultado: su influencia se reduce y otros definen el mapa estratégico sin su participación.

 

El perro pastor europeo enseña que la vigilancia es constante y la acción inmediata. No espera permiso ni reconocimiento; observa, evalúa y actúa cuando es necesario. La Unión Europea necesita aprender esa disciplina. Quien deja de actuar, pierde soberanía y espacio estratégico. La historia y la etología coinciden: la ausencia de defensa es la invitación al dominio ajeno.

 

7. Del ladrido a la mordida definitiva del perro pastor europeo para la supervivencia europea

 

El perro pastor europeo no proclama valores ni espera aplausos. Ajusta su conducta al entorno, vigila, protege y actúa con coherencia. Su ética es estratégica y operativa: cada acción cumple un propósito concreto. La lealtad, la defensa y la resiliencia no son discursos, son hechos.

 

La Unión Europea, en cambio, ha reemplazado esta ética estratégica y operativa por moralismo y autoprotección simbólica. Declaraciones, tratados y resoluciones no reemplazan la acción. La ética sin ejecución es solo decoración; la moralidad sin medios es impotencia.

 

El perro pastor europeo demuestra que la fuerza y la seguridad no dependen de palabras ni de excusas; dependen de la coherencia entre propósito y acción. La Unión Europea debe internalizar esa lógica: los valores no se defienden con discursos, sino con decisión constante y capacidad operativa.

 

8. Lecciones de Israel: Europa titubea, el perro europeo no

 

No se trata de endurecer el corazón, sino la voluntad. Europa debe decidir: actuar o permanecer como territorio negociable, disponible para quienes miden cada movimiento con pragmatismo. Vigilar, proteger, sostener y, si es necesario, morder. Sin épica vacía, sin odio, con resiliencia y presencia firme. Cada día de inacción es un día en que otros deciden nuestro destino.

 

Israel y su perro pastor ofrecen una lección tangible y concreta. No son respetados por su tamaño, población o ubicación geográfica; son temidos y valorados por la determinación inquebrantable y la coherencia estratégica en la defensa de la soberanía. La seguridad no se basa en discursos ni en acuerdos de buena voluntad, sino en vigilancia constante, preparación organizada y capacidad de respuesta inmediata. Cada acción israelí combina planificación, prudencia y ejecución decisiva, mostrando que la libertad y la influencia se ganan con presencia y voluntad, no con retórica moral.

 

La Unión Europea necesita adoptar y adaptar su cultura politica esa misma mentalidad: observar el entorno, evaluar riesgos y oportunidades, adaptarse, decidir y ejecutar. La pregunta correcta no es “¿por qué nos pasa esto?”, sino “¿qué hacemos ahora?”. Esta es la estrategia práctica que mantiene la soberanía y la independencia en un mundo donde los actores poderosos no negocian con autocompasión ni esperan explicaciones.

 

Churchill ya lo advertía: la paz se defiende, no se invoca. La seguridad requiere vigilancia constante, preparación organizada y disposición a la acción decisiva. La Unión Europea debe despertar de su letargo moral y estratégico, comprendiendo que la ausencia de voluntad firme equivale a la pérdida de influencia y autonomía. Aprender de Israel —como del perro pastor europeo— significa integrar vigilancia, resiliencia y acción como principio estratégico y operativo, no como teoría. La libertad y la dignidad no se proclaman; se ejercen.

 

9. Acción antes que excusas: el instinto estratégico del perro pastor europeo

 

El siglo XXI no perdona, y la historia tampoco. La debilidad prolongada se paga con soberanía perdida, territorios cedidos y oportunidades robadas. Europa no puede permitirse permanecer atrapada en el victimismo, la autocompasión o la queja moral.

 

El perro pastor europeo nos ofrece la lección definitiva: actúa con lealtad práctica, coherencia y eficacia. Su fuerza no reside en la épica ni en el discurso, sino en la vigilancia, la acción inmediata y la disciplina operativa. La Unión Europea debe aprender esa lección: adaptarse, decidir y ejecutar. Solo así conservará su libertad y capacidad de influencia en un mundo donde la pasividad se paga con el control ajeno.

 

La verdadera fortaleza política no está en proclamar valores, sino en encarnarlos mediante la acción constante y coherente. La Unión Europea tiene los recursos, la historia y la capacidad para hacerlo. Lo que falta es la decisión sostenida, la vigilancia y la voluntad de actuar sin demora. Como el perro europeo, Europa debe estar presente, alerta y lista para proteger su espacio, su soberanía y su futuro y si es necesario ladrar y morder como un perro pastor europeo que son los mejores del mundo.

 

Rubén Darío Torres Kumbrián, Political Scientist

European Warder

Shield Aloft, Chains Broken — For European Liberty

 

Nota del editor: Si lo desea, en el siguiente documento puede acceder a la versión del artículo en inglés

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