Miércoles, 04 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNJauría europea: doctrina de defensa frente a las hienas del siglo XXI
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Rubén Darío Torres Kumbrián

Jauría europea: doctrina de defensa frente a las hienas del siglo XXI

 

Saber lo que debe hacerse y no hacerlo es rendición

 

Europa no se asoma a la guerra: la guerra ya la observa. Desde las fronteras orientales hasta el subsuelo digital de nuestras ciudades, el conflicto ha cambiado de uniforme, no de naturaleza. Drones en lugar de divisiones acorazadas, sabotaje energético en vez de bombardeos, desinformación como artillería previa. Pero la lógica es la misma de siempre: quien duda, retrocede; quien retrocede, invita.

 

La derrota contemporánea no comienza con el estruendo de los misiles, sino con el silencio administrativo: despachos donde se aplazan decisiones, parlamentos que confunden contención con virtud, presupuestos que convierten la defensa en nota a pie de página. Los imperios o los países no caen de rodillas; se disuelven por inanición estratégica.

 

En este sentido, la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha formulado una verdad incómoda y por ello valiosa: sin inversión sostenida en defensa no hay autonomía estratégica, no hay disuasión y la Unión Europea puede desaparecer. Lo dijo en el Spain Investors Day y lo reiteró ante el sector de la defensa, la ciberseguridad y la bioseguridad.

 

Somos pocos los españoles que venimos alertando desde hace años acerca de vulnerabilidad, y sosteniendo que sin inversión sostenida en defensa, no hay disuasión; y sin disuasión la Unión Europea deja de ser un actor, para convertirse en solo un territorio donde la paz es sólo un aplazamiento mal negociado. La conclusión es que hay que invertir sin complejos, como invierten quienes saben que la historia no concede prórrogas morales.

 

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Coincido plenamente con ministra Robles. Invertir en defensa no es militarismo; es realismo ilustrado. Saber lo que hay que hacer y no hacerlo no es prudencia: es complicidad con la fragilidad. Es dejar la puerta entreabierta y luego sorprenderse cuando entran las hienas.

 

Por ello, me ofrezco —sin ironía y con convicción— a colaborar en la tarea más difícil: persuadir al presidente Sánchez, a la vicepresidenta Yolanda Díaz y a sus socios parlamentarios de que la “paz eterna” no es un programa político, sino un género literario. Europa no necesita más declaraciones solemnes; necesita capacidades reales.

 

Y como soy, por carácter y por biografía intelectual, inasequible al desaliento, extiendo el ofrecimiento al Partido Popular y al señor Feijóo. La defensa europea no puede ser rehén del péndulo electoral: o se construye como política de Estado, o se pagará como fracaso histórico compartido.

 

No menciono a la señora Ayuso. No por descortesía, sino por economía argumental: tratar de convencerla de esta prioridad sería, quizá, tan innecesario como explicarle al mar la utilidad de las mareas o al sol la conveniencia de salir cada mañana.

 

A esta erosión se suma un peligro más grave que cualquier dron: la quinta columna institucionalizada. Ya no susurra desde los márgenes; vota en el Parlamento, presenta enmiendas, condiciona presupuestos y dicta líneas rojas que siempre coinciden con los intereses de otros. No actúa en sótanos, sino bajo focos; no conspira en secreto, sino en nombre de una supuesta superioridad moral que confunde rendición con virtud. Son delegaciones interiores de potencias exteriores, correas de transmisión que convierten consignas ajenas en discurso nacional, y la debilidad estratégica en programa político. No quieren tanques extranjeros en nuestras calles: les basta con desarmar nuestra voluntad. Su objetivo no es conquistar Europa, sino persuadirla de que defenderse es indecente y sobrevivir, una provocación.

 

Las democracias maduras como la española no persiguen: identifican. No intimidan: registran. No se descomponen: clasifican. Como hizo Gran Bretaña en su hora más oscura, cuando comprendió que el peligro no siempre desembarca en playas, sino que a veces pide café en los mismos salones donde se decide el futuro.Las quintas columnas se derrotan con memoria institucional, luz pública y Estado de derecho. El tiempo, cuando se administra con inteligencia, suele ser más severo que cualquier tribunal improvisado.

 

Existe además un aliado silencioso del desastre: la comodidad. Una parte sustancial de la opinión pública europea cree que la paz es el estado natural del mundo, que la guerra es una anomalía histórica, que la seguridad es un derecho automático, que la defensa es un gasto prescindible. Es la ilusión más peligrosa de todas: creer que la realidad obedece a los deseos.

 

Europa puede elegir: seguir discutiendo el color del escudo o empezar, por fin, a templar el acero. Puede continuar comportándose como un museo custodiado por folletos, o aceptar su metamorfosis histórica: dejar de ser un espacio cómodo y convertirse en una voluntad organizada.

 

Porque la jauría europea existe. Tiene memoria, tiene músculos, tiene dientes. Son sus ciudadanos libres, sus ejércitos profesionales, sus ingenieros, sus trabajadores, sus servidores públicos, su inteligencia civil y militar. No hay que inventarlos. No hay que importarlos. Solo hay que reconocerlos… y soltarlos.

 

No para devorar, sino para disuadir. No para conquistar, sino para que nadie vuelva a pensar en conquistarnos. No para amar la guerra, sino para que la guerra vuelva a aprender a temernos. Ese es el umbral de nuestro tiempo. Todo lo demás es retórica de salón mientras las hienas afilan los colmillos. Europa es jauría consciente… o territorio disputado.

 

De Rebaño a Jauría: La metamorfosis pendiente de la UE

 

La inversión en defensa y en seguridad no es un lujo. No es un capricho. No es militarismo de salón. Es la forma más racional de disuasión y la condición material de la soberanía.

 

Europa ha visto demasiadas veces qué ocurre cuando un continente confía su destino a la buena voluntad ajena: se despierta con las fronteras violadas, los tratados archivados y la independencia convertida en nota histórica. La seguridad no es un adorno institucional; es el colmillo del perro pastor europeo que guarda la casa. Sin él, los ladridos son teatro, la nobleza es decoración, y la experiencia enseña que las hienas no piden certificados morales antes de saltar la valla.

 

Invertir en defensa no es preparar la guerra: es impedir que otros la consideren rentable. Es comprar tiempo, margen de maniobra y capacidad de respuesta. Cada euro invertido en seguridad es un mensaje inteligible para quienes sólo creen en hechos: aquí hay coste, aquí hay resistencia, aquí no hay botín fácil. Los depredadores estratégicos no leen manifiestos; leen balances de poder.

 

La Unión Europea, tan orgullosa de sus valores y de su arquitectura jurídica, conoce una verdad antigua: los tratados se respetan mientras quienes los firman conservan la fuerza suficiente para exigir su cumplimiento. Sin fuerza, las palabras se evaporan, los compromisos se pudren y la soberanía se diluye bajo la presión de los hechos consumados.

 

La inversión en seguridad es la autonomía estratégica traducida a acero, silicio y logística. Cada sistema defensivo moderno, cada red de ciberprotección, cada capacidad bioindustrial asegurada, cada cadena de suministro blindada comunica lo esencial: la Unión Europea no es un parque temático geopolítico ni un jardín abierto para paseantes imperiales.

 

La casa común europea es un territorio habitado por una jauría diversa, disciplinada y consciente, capaz de proteger su propio destino. Un territorio que no duerme con la puerta entreabierta confiando en la pedagogía universal.

 

Porque Europa, cuando recuerda quién es, no es un caniche diplomático ni una mascota ornamental para vitrinas éticas. Es una vieja estirpe de perros guardianes, moldeada por siglos de frontera, asedio y reconstrucción.

 

Y las hienas —créase o no— siempre lo han sabido.

 

Es el mastín español: pesado, sobrio, imperturbable. No ladra por nerviosismo, sino por veredicto. No corre por pánico, sino que se planta como una muralla viva entre el rebaño y la noche. Es la defensa territorial clásica: disuasión por presencia, soberanía convertida en volumen y paciencia. El mensaje silencioso de que hay fronteras que no se negocian, simplemente se respetan.

 

Es el pastor alemán: inteligencia armada con lealtad, disciplina convertida en instinto operativo. Razón entrenada para obedecer, y obediencia capaz de morder cuando la razón ya no basta. Representa la defensa moderna: coordinación, interoperabilidad, mando y control. La geometría moral de la fuerza legítima.

 

Es el pastor belga malinois: nervio puro, relámpago con patas, vigilancia que no se oxida, reacción que no solicita permiso al calendario político. Es la doctrina de respuesta rápida hecha músculo: el soldado que llega antes de que el comunicado sea redactado, la alerta que se activa cuando otros aún deliberan.

 

Es el perro lobo checoslovaco: frontera viva entre domesticación y fiereza, memoria genética de los bosques y de la caza nocturna. Recordatorio biológico de que la civilización sin colmillos no sobrevive más de una generación. Es la reserva moral de la defensa: la capacidad de ferocidad controlada que toda sociedad culta necesita para no ser devorada por sociedades menos escrupulosas.

 

Y están los boyeros de Europa —los de Flandes, Berna, Appenzell y Entlebuch— nacidos para empujar voluntades a través de la nieve, el barro y el cansancio. Perros de logística primitiva y disciplina férrea, educados desde cachorros en una verdad estratégica elemental: la obediencia sin capacidad de imponer respeto no es virtud, es una invitación al saqueo. Ellos encarnan la defensa que sostiene, la retaguardia que no colapsa, la columna vertebral silenciosa sin la cual ninguna línea aguanta y ninguna victoria se consolida.

 

Y los rottweilers alemanes, herederos de los perros de los carniceros del Imperio: compactos como bloques de acero, silenciosos como una orden irrevocable, entrenados para avanzar sin exhibición y detener al intruso con la economía brutal de quien entiende que la disuasión eficaz no se declama: se ejecuta. Son la fuerza de reacción, la unidad que no debate cuando la frontera ya ha sido cruzada y el tiempo ha dejado de ser un lujo.

 

Son los šarplaninac de los Balcanes, centinelas de los pasos montañosos y guardianes de fronteras históricas, desconfiados por doctrina genética, leales hasta la muerte. Durante siglos han aprendido a luchar aislados, sin refuerzos, sin logística más allá de su propia mandíbula. Son la metáfora perfecta de los Estados frontera europeos: los primeros en olfatear al enemigo, los últimos en recibir auxilio, los que sostienen la línea mientras el resto del continente se prepara para despertar. Su historia es la advertencia viva de que la defensa no se improvisa; se cultiva.

 

Son los mastines del Pirineo, los mastines franceses, los mastines napolitanos: torres de carne y hueso en gargantas y corredores estratégicos. Lentitud deliberada, firmeza irreversible. No persiguen: bloquean. No corren: niegan el paso. Su presencia es la encarnación de la defensa territorial europea: disuasión material, músculo y paciencia, la garantía de que ciertas líneas no se cruzan sin consecuencias.

 

Son los San Bernardo de los Alpes y los perros de montaña de los Pirineos, gigantes blancos como la nieve, pesados como la responsabilidad de proteger civilizaciones enteras. No atacan primero: hacen dudar. En la defensa moderna, hacer dudar es más efectivo que vencer. Cada despliegue, cada patrulla, cada vigilancia transmite un mensaje inequívoco: Europa no cede por protocolo, sino por incapacidad.

 

Son los Owczarek Podhalański y Owczarek Polski Nizinny, gigantes y centinelas de Polonia, guardianes de montañas y llanuras. Fuerza combinada con agilidad, vigilancia de corredores críticos y protección de rutas estratégicas: la encarnación de que Europa puede sostener la línea incluso cuando los vientos del este amenazan con arrastrarla.

 

Son los guardianes de los Cárpatos, los pastores rumanos de Mioritza, los perros de montaña eslovacos, los ciobănesc românești, los kuvasz húngaros y los komondor, con su melena de cuerda como blindaje artesanal y paciencia de verdugo profesional. Inmóviles durante horas, invisibles hasta el instante en que el depredador descubre—demasiado tarde—que el territorio estaba vivo. Son la defensa estratégica silenciosa, la retaguardia que no cede y que convierte cada frontera en una advertencia tangible.

 

Son los perros pastor de los países bálticos —Latvian Shepherd, Lithuanian Shepherd y Estonian Hound— endurecidos por frío y adversidad, desplegados en las fronteras norteñas. Memoria viva de depredadores antiguos y vigilancia avanzada en condiciones extremas: Europa que no duerme y que no confía en la benevolencia de nadie. Cada ladrido es aviso, cada sombra un centinela.

 

Son los perros nórdicos —Norwegian Elkhound, Jämthund, Finnish Lapphund, Icelandic Sheepdog y Norwegian Buhund— guardianes de bosques, fiordos y tundra. Adaptados a climas extremos, rápidos, estratégicos y alerta, proyectan fuerza y disuasión en el norte de Europa. Son la demostración de que la defensa no es capricho: es memoria, instinto y decisión organizada. Europa no invita al conflicto; lo previene con colmillos, disciplina y vigilancia incansable.

 

Son los lobos irlandeses domesticados, los Irish Wolfhounds, lanzas vivientes de músculo y nervio. Presencia erguida que atraviesa cualquier línea enemiga como recordatorio de que el tamaño y la fuerza también son estrategia. No sólo protegen, disuaden, porque la amenaza que se ve y se respeta vale más que cualquier promesa.

 

Son los Kangal, poderosos pastores de Anatolia, y los Akbash, guardianes de Asia Menor, absorbidos por las fronteras orientales del continente y absorbidos por la arquitectura defensiva europea. Memoria viva de la estepa, del cerco y del asedio interminable, encarnan la proyección exterior de la fuerza europea: cada paso en falso es medido, registrado y respondido. No ladran por vanidad; vigilan, disuaden y, si es necesario, castigan con precisión quirúrgica. Son la manada que permanece invisible hasta que ya es demasiado tarde para el intruso: Europa no anuncia su fuerza; la ejerce.

 

Y no podemos olvidar a los temibles perros mestizos, los nacidos en otras latitudes, pero europeos desde la cuna: hijos y nietos de la diáspora en las Américas, forjados en tierras lejanas, moldeados por climas y culturas diferentes, pero con la sangre y la memoria de Europa corriendo por sus venas. No civilizados por imposibles, indómitos por naturaleza, llevan consigo la herencia de todos los colmillos que defendieron este continente. Entre ellos, el Dogo argentino, fuerte, valiente, adaptable y consciente de su historia, recuerda que la defensa de Europa no es solo territorio ni frontera: es cultura, memoria y voluntad compartida.

 

Todos ellos representan que la jauría europea no es homogénea, ni siempre predecible, ni limitada por fronteras geográficas: es un conjunto de guardianes diversos, con distintas raíces, pero una misma misión: proteger la casa común, sostener la línea y disuadir a quienes creen que Europa es un jardín abierto.

 

Cada una de estas razas encarna una lección para la Europa de hoy: fuerza, previsión, disciplina y memoria histórica. Son los guardianes de fronteras físicas, digitales y estratégicas. Son la metáfora de la Unión Europea que no duerme confiando en la buena voluntad, que sabe que la autonomía y la defensa son inseparables, y que, si se cultiva correctamente, ninguna amenaza exterior ni interna conseguirá quebrarla.

 

La jauría europea debe enseñar colmillos a las hienas

 

El conocimiento estratégico es inútil si no se transforma en acción. La acción debe ser rápida, decisiva, como un perro pastor europeo concentrado, incansable, listo para proteger lo que es nuestro. Europa no puede avanzar a paso de tortuga mientras el mundo se mueve a la velocidad de los desafíos geopolíticos.

 

Invertir en defensa, ciberseguridad y bioseguridad no es gasto: es infraestructura de la paz y del bienestar. Sin seguridad, no hay inversión, no hay comercio, no hay cultura que pueda florecer, no hay Estado social que pueda sostenerse. Europa debe asumir que la seguridad es condición previa para la prosperidad, no su consecuencia.

 

En política internacional, los débiles tienen explicaciones; los fuertes tienen fronteras. Y las mascotas sin colmillos acaban formando parte de un burdel con un amo cruel.

 

Hay una verdad estratégica tan antigua como Tucídides: la derrota comienza cuando se sabe lo que debe hacerse… y no se hace. Saber y no actuar no es neutralidad. Es complicidad con el fracaso. Peor aún: es una forma superior de irresponsabilidad. Quien no sabe puede alegar ignorancia. Quien sabe y no actúa, elige. El conocimiento que no se transforma en acción es un lujo intelectual. Y en geopolítica, los lujos se pagan con soberanía.

 

Europa sabe que Rusia ha militarizado su política exterior; que China convierte la tecnología en poder duro; que Estados Unidos ya no garantiza protección automática; que el flanco oriental es poroso; que el ciberespacio es un nuevo campo de batalla; que la bioseguridad es defensa nacional con bata blanca. Lo sabe todo. Y, sin embargo, avanza a paso de tortuga burocrática, mientras el tiempo histórico galopa.

 

Una civilización sin defensa es como un perro embalsamado sin dientes. No puede ladrar, no puede mostrar nobleza, dejo robarse el pedigrí, y cuando llega el lobo o la hiena es solo una marioneta.

 

La defensa colectiva europea se construye con industria militar competitiva, con cadenas de suministro seguras, con interoperabilidad real, con inversión masiva, con doctrina común y con preparación social para el sacrificio. Lo demás es literatura.

 

No basta con moverse. Hay que moverse a la velocidad correcta. No a paso administrativo, no al ritmo de los ciclos electorales, no al compás de la opinión pública anestesiada, sino a la velocidad de un perro pastor europeo en alerta: rápido, concentrado, incansable, territorial, letal si es necesario.

 

Rubén Darío Torres Kumbrián, Political Scientist. European Warden. Shield Aloft, Chains Broken — For European Liberty!

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