Miércoles, 04 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNUna Banda, un sótano, una casa rosa y un último baile de despedida
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Rafael García-Purriños

Una Banda, un sótano, una casa rosa y un último baile de despedida

 

The Band comienzan a finales de los años cincuenta, cuando Ronnie Hawkins, cantante de rockabilly de Arkansas, se instaló en Ontario, Canadá. Con él viajaba el batería sureño Levon Helm, que ya tenía ese acento y ese sentido del ritmo que serían marca de la casa.

 

Hawkins fue reclutando a jóvenes músicos locales que acabarían formando una banda llamada The Hawks: Robbie Robertson a la guitarra, Rick Danko al bajo y voz, Richard Manuel al piano y voz, y el multiinstrumentista Garth Hudson, de formación clásica, y que aceptó entrar en la banda con la condición de que le pagaran por impartir “clases de música” para no tener que admitir que tocaba rock and roll.

 

Cuando el grupo se separó de Ronnie a mediados de los sesenta, ya era una máquina perfectamente engrasada. Se mudaron a Nueva York y empezaron a mezclar el rock and roll con blues, country y soul. El sueño de Gram Parsons hecho realidad por una banda canadiense.

 

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En esa época cambiaron también su nombre por The Band. Ese nombre les viene de cuando tocaban con Dylan, la gente preguntaba quiénes eran esos músicos, y la respuesta solía ser: “son la banda”. Les gustó porque suena humilde, como si no quisieran destacar, como si fueran solo el grupo de acompañamiento de alguien, pero, al mismo tiempo, tiene un punto casi arrogante: no una banda cualquiera, la banda.

 

El gran giro llegó en 1965, cuando trabajando como músicos de sesión conocieron a Bob Dylan. Dylan estaba enchufando su guitarra eléctrica y el mundo del folk le cayó encima. Necesitaba una banda que aguantara la presión. La encontró en ellos. Las giras de 1965 y 1966 fueron durísimas. Abucheos, insultos, tensión cada noche. Tocaban mientras el público gritaba “¡Judas!”. Poco después se refugian en Woodstock, en la famosa Big Pink.

 

Bob Dylan se estaba recuperando de su accidente de moto, apartado del ruido y de la presión, y ese retiro forzoso creó un clima muy particular. Músicos, guitarras, amistad, una grabadora y tiempo. Empezaron a tocar y a registrar canciones de manera informal. Aquellas sesiones acabarían siendo conocidas como The Basement Tapes. Más que un disco, eran un ambiente: convalecencia, camaradería y música hecha por el puro placer de tocar.

 

De ahí salió también su primer gran álbum como The Band, Music from Big Pink. Un disco que no se parecía a nada de su tiempo. Mientras el rock se hacía cada vez más grandilocuente, ellos miraban hacia atrás: góspel, country, folk, rhythm & blues. Una obra maestra con verdaderos himnos como “The Weight”, “Tears of Rage” o “I Shall Be Released”, entre otros.

 

Lo que hacía especial a The Band era que no había un líder claro. Cantaban varios. Richard Manuel podía romperte por dentro con su fragilidad. Rick Danko sonaba urgente, casi nervioso. Levon Helm era pura fuerza. Garth Hudson pintaba paisajes con su órgano Hammond. Y Robbie Robertson escribía y ordenaba todo aquello. Funcionaban como una pequeña comunidad musical.

 

Pero la carretera pasa factura. Años de giras, excesos y desgaste fueron dejando huella. A mediados de los setenta, Robbie Robertson tuvo la idea de terminar antes de romperse del todo. Despedirse bien. Así nació el concierto de despedida de 1976 en el Winterland de San Francisco. Acción de Gracias. Cena para el público. Amigos invitados. Y Martin Scorsese.

 

El genial cineasta neoyorquino filmó mucho más que un concierto. Filmó un final. The Last Waltz está rodada como cine, no como reportaje. Las luces, los encuadres, los primeros planos. Las caras. El cansancio. La conciencia de que algo se acaba. Por el escenario pasaron Ronnie Hawkins, Dr. John, Bob Dylan, Van Morrison, Joni Mitchell, Neil Young, Ringo Starr, Ron Wood, Stephen Stills, Neil Diamond, Paul Butterfield, Eric Clapton, Emmylou Harris, Muddy Waters, entre otros. Toda una constelación de estrellas y amigos.

 

The Last Waltz es probablemente la mejor película de conciertos que se ha hecho. Porque entiende algo que casi nadie más ha entendido: que la música también tiene finales, y que filmar un final es distinto a filmar un espectáculo. Después se han hecho cientos de películas de giras, de conciertos, de estadios llenos. Pero realmente, no hacía falta. Como The Band, The Last Waltz no es una película musical, es la película musical.

 

Después, The Band se fueron reuniendo de forma intermitente, pero ya era otra cosa. Richard Manuel moriría años después, en 1986. Rick Danko también (1998). Levon Helm luchó hasta el final, en 2012, con la música como refugio, Robby Robbertson nos dejó en 2023, Garth Hudson en 2025.

 

Aquella noche de 1976 quedó como la verdadera bajada del telón. The Band fue una banda de canciones, de raíces, de carretera, de músicos excepcionales tocando juntos, sonando como uno.

 

Y gracias a Scorsese, su adiós quedó grabado en la memoria de todos los aficionados a la música y al cine. No es una película con un final triste, sino el último baile de una fiesta realmente mágica.

 

La magia del cine, como de la música, los ha convertido en jóvenes para siempre.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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