Miércoles, 04 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa cesión del Valle
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Pedro Manuel Hernández López

La cesión del Valle

 

Con una sola firma y muchas sombras, el cardenal Juan José Cobos ha puesto el Valle de los Caídos y -desde la vengativa ley de Memoria Histórica, de Cuelgamuros- en manos del sanchismo sin que conste, de forma clara y transparente, el beneplácito expreso del Vaticano. No se trata de un gesto pastoral ni de una decisión inocente: es una cesión política, ideológica y moral que traiciona la naturaleza del lugar, la memoria histórica real —no la manipulada— y el propio papel de la Iglesia como institución independiente del poder del Estado.


El Valle de los Caídos no era un problema, era un símbolo muy incómodo y llevaba años siendo un "problema"… pero solo para el Gobierno de Pedro Sánchez. Un símbolo que no controlaba del todo, un espacio que no podía convertir sin resistencia en parque temático de su “memoria democrática”, y una comunidad benedictina que, con mayor o menor acierto, recordaba algo esencial: que el lugar nació como basílica pontificia, no como instrumento del BOE.

 

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Eso cambió el día en que el cardenal Cobos decidió firmar. ¿Firmar qué, cómo, con qué mandato y con qué respaldo canónico?... sigue sin estar explicado de forma convincente. Lo que sí está claro es el resultado: el Estado gana el control político y narrativo del Valle, y la Iglesia pierde autoridad, credibilidad y respeto.


Una cesión sin pedagogía, sin explicación y sin Roma a la vista. El problema no es solo la cesión en sí, sino la forma. No ha habido una explicación pastoral seria. No ha habido una comparecencia clara. No ha habido una pedagogía hacia los fieles. Y, sobre todo, no ha habido constancia pública de un respaldo explícito del Vaticano, algo especialmente grave, al tratarse  de una basílica pontificia, que no es una parroquia de barrio ni un salón parroquial cedido para un concierto.


¿Puede un cardenal firmar algo así sin Roma? Puede. ¿Debe? Esa es la cuestión. Porque cuando se actúa en silencio, deprisa y con el Gobierno más sectario desde la Transición, el silencio no es prudencia: es complicidad.


Sánchez no quería ninguna reconciliación, solo quería el botín.Que nadie se engañe. Pedro Sánchez no buscaba reconciliación, ni paz, ni cierre de heridas. Buscaba un trofeo. Un botín simbólico que exhibir ante su electorado más radical y ante una izquierda que vive de reescribir la historia porque no sabe gestionar el presente.

 

El Valle es para Sánchez lo que las estatuas eran para los iconoclastas: algo que hay que derribar, resignificar o vaciar de sentido. Y ahora, gracias a una firma eclesiástica, podrá hacerlo con sotana ajena.

 

Con esta decisión, la Iglesia española ha quedado desarmada moralmente y no aparece como mediadora, ni como garante de concordia, sino como institución débil, temerosa y dispuesta a entregar su patrimonio moral a cambio de una paz ficticia con el poder.


El mensaje que se envía es devastador: si el Gobierno presiona lo suficiente, la Iglesia cede. Si la campaña mediática arrecia, la Iglesia firma. Si el clima político es hostil, la Iglesia se esconde.


Y cuando una institución milenaria se comporta como una ONG subvencionable, deja de ser referente moral para convertirse en actor decorativo.


Los fieles no fueron consultados ni los historiadores contrarios e independientes a la cuerda sanchista ,  ni los juristas canónicos, ni siquiera muchos sacerdotes. Todo se decidió en despachos, con lenguaje técnico y olor a miedo. Miedo a la persecución mediática. Miedo a perder privilegios. Miedo a molestar al poder.


Pero una Iglesia que actúa por miedo deja de ser Iglesia y pasa a ser gestoría espiritual del régimen de turno.
El cardenal Cobos no ha entregado solo un conjunto monumental. Ha entregado una posición. Ha entregado la idea de que la Iglesia puede decir “no” cuando el poder quiere imponer su relato único. Ha entregado el respeto de muchos creyentes que no pedían cruzadas, sino dignidad.


Pedro Sánchez pasará. Su memoria democrática también. Pero la firma quedará. Y cuando dentro de unos años se estudie cómo el poder político consiguió doblegar uno de los últimos símbolos que no controlaba, habrá que señalar el momento exacto: el día en que un cardenal decidió que era mejor ceder que resistir.


Y esa, por mucho incienso que se queme después, es una derrota moral de proporciones históricas.

 

Linkedin: Pedro Manuel Hernández López

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