Sábado, 07 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNYellow Balloon. Una canción en busca de banda
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Rafael García-Purriños

Yellow Balloon. Una canción en busca de banda

 

Hoy les voy a invitar a un pequeño viaje musical por la costa oeste de Estados Unidos, en aquellos primeros años felices del movimiento hippie, cuando todavía todo parecía posible. Antes de que Vietnam, el ácido mal digerido, las sectas y la parte más oscura de la contracultura terminaran con tanta despreocupación.  Después también de que la British Invasion barriera de las listas americanas a muchos artistas locales, obligando a la escena de allí a reinventarse.

 

Nos subimos en lo más parecido a la máquina del tiempo que se ha inventado: el tocadiscos. Y nos plantamos en la mitad de los 60 para descubrir el 'sunshine pop', un estilo musical que duró muy poco, pero dejó un puñado de joyas maravillosas, hoy cotizadísimas. Un sonido que fue evolucionando, dando paso por un lado al bubblegum, por otro a la psicodelia, y por otro al pop barroco más elaborado.

 

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Era territorio de productores. Gente que empezó a entender el estudio de grabación como un instrumento, igual que habían hecho antes Phil Spector con su Wall of Sound o Brian Wilson con Pet Sounds. Y los Beatles, claro. Después de Rubber Soul y Revolver, el estudio dejó de ser un taller donde se grababa música para convertirse en un laboratorio donde se creaba.

 

Artesanos del pop como Gary Usher, Curt Boettcher o Gary Zekley. Sin llegar al genio de Wilson, lograron discos llenos de imaginación, melodías y arreglos cuidados al milímetro. A veces se les iba la mano y aquello rozaba lo empalagoso, pero cuando acertaban creaban pequeñas miniaturas perfectas. Lo que el Beach Boy llamó, tratando de definir su proyecto Smile, “pequeñas sinfonías adolescentes para Dios”, por el cuidado de los detalles.

 

La canción como fin en sí misma. Mezclar armonías vocales, ecos, reverbs, un poco de surf, algo de orquesta ligera, órganos, marimbas, incluso sitares. Pop brillante, lleno de detalles. Letras ingenuas, casi infantiles: amor, amistad, sol, estrellas, globos, caramelos…

 

A finales de 1966, Dean Torrence, la mitad de Jan & Dean, necesitaba canciones para un nuevo disco. Recurrió a alguien en quien confiaba: Gary Zekley, compositor y productor Angelino con un instinto especial para la melodía. Zekley le pasó un tema nuevo, 'Yellow Balloon'.

 

Torrence lo grabó, pero Zekley no quedó convencido. Sentía que la canción podía dar más de sí, que todavía no había encontrado su forma definitiva. De hecho, en la versión de Jan & Dean ni siquiera estaban los dos últimos versos del puente, que luego serían clave: “I know the sky’s gonna get lighter / The sun’s gonna shine a little brighter”. Esas líneas, todo un manifiesto sunshine pop, acabarían siendo el alma de la versión definitiva.

 

Como no estaba contento, Zekley empezó a mover el tema por otras compañías. Y ahí aparece otro nombre: Ken Handler, del sello Canterbury. Él sí vio el potencial al instante. Entraron en el estudio con músicos de sesión de primera línea, añadieron líneas de teclado, un ligero trémolo de guitarra, coros, una guitarra de doce cuerdas. Todo pensado para que la canción sonara redonda, luminosa, irresistible.

 

El single salió bajo el nombre de The Yellow Balloon, compitiendo directamente con la versión de Jan & Dean. Zekley, por miedo al lío legal y al batacazo, firmó como productor con seudónimo. Pero la jugada salió bien: en mayo de 1967 la versión de Yellow Balloon entró en el Top 25 de Billboard, mientras la de Jan & Dean se quedaba muy atrás. Muchos DJs pincharon solo esta versión. La cara B del single, en plan broma muy de la época, era la canción al revés: “Noollab Wolley”.

 

El éxito creó otro problema: no existía el grupo. Así que se hizo lo que se hacía en aquella escena: fabricó uno. Se reunió una banda para dar cara al nombre: Alex Valenti a la voz, Paul Kanella a la guitarra, Don 'Grady' Braucht al bajo, teclados, batería de estudio… Gente competente, pero el alma y el corazón seguían estando en el estudio y en la cabeza de Zekley, que produjo el álbum y compuso buena parte del material.

 

El resultado fue el álbum The Yellow Balloon (1967), una colección de canciones cuidadísimas, con melodías luminosas y una producción espectacular: armonías vocales, arreglos orquestales, detalles por todas partes. Un disco que cada vez que se escucha revela algo nuevo.

 

Incomprensiblemente, no se vendió como debía ni tuvo gran repercusión. El grupo se disolvió y nos quedamos sin saber hasta dónde podían haber llegado. Pero nos queda el disco, como una de esas joyas ocultas del pop de la costa oeste.

 

El LP The Yellow Balloon quedó como una obra emblemática del sunshine pop. Y una perla de coleccionista. Solo el single fue éxito, pero el disco entero es una lección de melodía, armonías y producción cuidada.

 

Un grupo que nació porque una canción necesitaba una banda, no al revés. Pop construido desde la idea, desde el estudio, desde la obsesión por la canción perfecta.

 

Un sueño breve. Imprescindible para quien quiera asomarse a un momento en que el pop, aún bajo la lluvia, todavía sonaba a cielo despejado.

 

Ya saben, nunca llueve al sur de California, que decía Albert Hammond.

 

Linkedin: Rafael García Purriños

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