Lunes, 09 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLos mitos fundacionales del sanchismo (I). El 18 de julio no fue el Ejército
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Pedro Manuel Hernández López

Los mitos fundacionales del sanchismo (I). El 18 de julio no fue el Ejército

 

Hay una  mentira fundacional que sigue contaminando el debate público español casi noventa años después: la idea de que el Ejército español se levantó en bloque contra la 'II República'. No es una mera interpretación, ni es un matiz. Es, sencillamente, falso. Y lo grave no es el error histórico, sino su uso político deliberado para justificar un relato moral tan simplista que exonera responsabilidades y anestesia el análisis histórico. En julio de 1936 el Ejército español contaba con aproximadamente 125 generales entre generales de brigada y de división. ¿Cuántos se sublevaron de manera clara y activa contra el Gobierno legítimo? Seis. Repitámoslo despacio: seis. Sanjurjo, Mola, Franco, Goded, Queipo de Llano y Cabanellas. Incluso siendo generosos e incluyendo adhesiones posteriores, el porcentaje no alcanza el diez por ciento. La inmensa mayoría del generalato permaneció leal a la II República.


Este dato --bastante incómodo y verificable-- dinamita el relato oficial que presenta el '18 de julio' como una rebelión militar unánime. No lo fue. De hecho, la historiografía seria coincide en una formulación mucho más precisa: "el golpe de 1936 fue un golpe de coroneles con algunos generales". Y esa precisión cambia por completo la interpretación del desastre.

 

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Los generales, por definición, mandan estructuras; pero quienes mandan tropas reales son los coroneles, tenientes coroneles y comandantes. Son ellos los que controlan los  regimientos, columnas y unidades operativas. Y fueron esos mandos intermedios —ideologizados, coordinados y con mando efectivo— los que ejecutaron el golpe sobre el terreno. Un general sin tropas no decide nada. Un coronel con tropas lo decide todo.


La paradoja histórica es cruel: la República tenía generales, pero perdió la autoridad sobre ellos. Muchos de los generales leales fueron asesinados por los sublevados —Domingo Batet, Núñez de Prado—, encarcelados o apartados. En la propia zona republicana, otros fueron desbordados por milicias, comités políticos y una desconfianza ideológica que confundió neutralidad profesional con conspiración. El resultado fue letal: un Estado que conservaba la legalidad, pero renunciaba al monopolio de la fuerza.


Aquí está el núcleo del fracaso republicano, raramente asumido por sus herederos políticos. No fue una cuestión de falta de legitimidad ni de exceso de enemigos, sino de déficit de poder efectivo. La República no supo —o no quiso— neutralizar a los conspiradores cuando aún era posible. Disolvió la cadena de mando, politizó la disciplina y sustituyó la autoridad del Estado por una amalgama de milicias y comités que podían ser fervorosos, pero no eficaces.


Mientras tanto, los sublevados hicieron exactamente lo contrario: unificaron el mando, impusieron disciplina férrea, controlaron el Ejército de África —la única fuerza profesional y curtida— y aseguraron apoyo exterior inmediato. Ganaron no porque fueran más, sino porque mandaron mejor. La guerra no la decidió la épica; la decidió la organización.


Por eso el mito del “Ejército golpista” no es solo una falsedad histórica, sino una coartada moral. Sirve para evitar una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un régimen legítimo pierda el control del Estado sin que la mayoría de su Ejército se le rebele? La respuesta no está en la traición generalizada, sino en la renuncia al mando.


Persistir en ese mito no es inocente. Permite seguir explotando el 36 como arma arrojadiza, dividir a los españoles en herederos de buenos y malos, y evitar cualquier reflexión seria sobre la fragilidad del Estado cuando la ideología sustituye a la autoridad. La historia, cuando se convierte en consigna, deja de enseñar y empieza a intoxicar.


Conviene decirlo sin miedo y sin nostalgia: no fue el Ejército el que se levantó contra la República; fue la República la que perdió el control del Ejército. La legalidad sin autoridad es solo papel. Y un Estado que renuncia a mandar acaba siendo devorado por quienes no dudan en hacerlo.


España no necesita más mitos morales. Necesita memoria adulta. Y eso empieza por llamar a las cosas por su nombre, aunque incomode.

 

Linkedin: Pedro Manuel Hernández López

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