Sábado, 14 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNAquí Londres llamando…: Y el punk asaltó las ondas
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Rafael García-Purriños

Aquí Londres llamando…: Y el punk asaltó las ondas

 

Un golpe seco de guitarra, tambores de guerra, un eco que parece venir de una radio antigua y… de pronto, Joe Strummer rugiendo: ‘London calling to the faraway towns…’. La guerra está declarada y se acerca la batalla.

 

El eco nos lleva a las emisiones de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial: ‘This is London calling…’. La ciudad amenazada hablando al mundo en tiempos de crisis.

 

The Clash no eligieron esa frase por casualidad. Era política. Era histórica. Era un aviso de emergencia. Pero para entenderlo hay que situarse en Inglaterra, finales de los años setenta. El punk había nacido a mediados de la década como una explosión contra la autocomplacencia y el aburrimiento en el que se estaba convirtiendo el rock progresivo, a causa del virtuosismo sin alma y, en general, la comodidad en la que se instalaba una sociedad en plena guerra fría.

 

En Londres, el paro juvenil, las tensiones raciales y la sensación de derrumbe social hacían que la situación política no fuera precisamente un juego.

 

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Música simple, velocidad, rabia, mensaje. Pero en pocos años empezó a sonar a caricatura. Muchos lo daban por agotado, venía la nueva ola.

 

Joe Strummer venía del pub rock con The 101’ers. Mick Jones y Paul Simonon habían pasado por la banda punk London SS.

 

En 1976 nace The Clash con la dirección del manager Bernard Rhodes. Al principio con Tory Chimes a la batería. Dieron un salto de calidad con la llegada de Nicky ‘Topper’ Headon. No era el típico batería punk, no era solamente rabia. Tenía técnica, groove, oído. De repente el grupo podía ir más allá. Y quería.

 

Desde el principio fueron el ala más politizada del movimiento. Mientras los Ramones ironizaban sobre el aburrimiento adolescente (y Dee Dee, en broma decía, no sin cierta razón, que los punks británicos estaban amargados) The Clash hablaban de paro, explotación, racismo, imperialismo.

 

Strummer no era un ignorante. Hijo de diplomático, lector obsesivo, con una infancia que incluyó Granada (donde vivió por el trabajo de su padre) tenía una conciencia política entonces poco habitual en la escena. En él había más que rabia juvenil.

 

El primer disco, The Clash (1977), producido por Mickey Foote, fue, como el nombre del grupo, un auténtico golpe. Directo al mentón, rápido, urgente, sucio. El mejor disco del primer punk británico.

 

La banda empezó a buscar otros sonidos. Escuchaban reggae en Brixton, soul, ska, rockabilly.  No eran una banda más. Sonaban compactos, precisos, vivos. Había música sosteniendo el mensaje.

 

En 1979 entran en los estudios Wessex con Guy Stevens.

 

Stevens era imprevisible. Venía del blues británico, había trabajado con Mott The Hoople. Bebía sin medida. Gritaba. Lanzaba sillas. Golpeaba escaleras contra la pared para generar tensión. Podía parecer un loco, pero tenía una cosa muy clara: el rock tiene que volver a sonar peligroso, incómodo.

 

Y comienza con ‘London Calling’. Una sirena. Una transmisión de emergencia. El apocalipsis, terminando con un SOS en morse. Strummer habla de guerra nuclear, inundaciones, hundimiento de la civilización, lucha en las calles. Era 1979. Crisis energética, paro, lucha sindical, Thatcherismo, paranoia atómica.

 

El álbum es doble. Diecinueve canciones. Publicado al precio de uno simple porque la banda renunció a parte de sus royalties. Coherencia política llevada al vinilo.

 

‘Brand New Cadillac’ nació casi por accidente, utilizada como calentamiento (y grabada en una sola toma por el productor, directa, rabiosa). ‘Rudie Can’t Fail’ mezcla ska y alegría insolente. ‘Clampdown’ habla de cómo el sistema domestica al rebelde. ‘The Right Profile’ homenajea a Montgomery Clift. ‘Spanish Bombs’ mira hacia la Guerra Civil española. Y luego está ‘Guns of Brixton’. Escrita y cantada por Simonon. Bajo profundo, reggae denso, atmósfera cinematográfica. Pura identidad urbana. Años después, los disturbios en Brixton la convertirían en casi profética.

 

Lo impresionante no es solo la variedad de estilos, sino que suene como un todo. Mick Jones aporta melodía. Strummer nervio y conciencia. Headon precisión. Simonon groove y espíritu callejero. Todo encaja.

 

La portada también es pura historia del rock. La fotógrafa Pennie Smith captura a Paul Simonon destrozando su bajo en el Palladium de Nueva York. Imagen ligeramente borrosa. Perfecta. El diseño, con tipografía rosa y verde, homenajea el primer disco de Elvis. Pero si Elvis levantaba la guitarra con arrogancia, Simonon la estrella contra el suelo. Un estallido de violencia y de ruptura.

 

Después llegaría la vuelta de tuerca de Sandinista!, y los éxitos masivos de Combat Rock. ‘Should I Stay or Should I Go’. ‘Rock the Casbah’. Y también las fracturas. Headon fuera por drogas. Mick Jones expulsado. La química rota. En 1986, The Clash eran historia.

 

Strummer seguiría explorando sonidos mestizos con The Mescaleros hasta su muerte en 2002. Jones buscaría nuevos lenguajes con Big Audio Dynamite, Simonon montó varias bandas, como Havana 3 a.m. Pero ese instante de 1979 fue único en el tiempo. Una banda punk fue la banda del momento a nivel mundial.

 

Porque cuando Strummer dice ‘London calling to the faraway towns…’, Está lanzando una señal. Política. Cultural. Musical.

 

Como si desde una torre de vigilancia o un bunker alguien estuviera diciendo: "Aquí Londres llamando. Escuchad. Algo va mal".

 

Y el mundo escuchó.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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