Martes, 17 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLos mitos fundacionales del sanchismo (II). La República idealizada: lo que el relato oficial no cuenta
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Pedro Manuel Hernández López

Los mitos fundacionales del sanchismo (II). La República idealizada: lo que el relato oficial no cuenta

 

La II República española ha sido elevada por el relato oficial contemporáneo a una suerte de paraíso democrático abortado por la maldad ajena, a un régimen modélico, progresista y pacífico destruido por fuerzas reaccionarias empeñadas en frenar el auténtico avance de la historia. Esta imagen -cómoda y emocional- resulta muy útil políticamente para el sanchismo y sus aliados. Pero, como casi siempre ocurre con los mitos, no resiste el contraste con los hechos históricos.

 

La República nació en 1931 con una legitimidad incuestionable, pero también con graves déficits estructurales que sus dirigentes no supieron —o no quisieron— corregir. Desde el primer momento fue un régimen profundamente polarizado, incapaz de integrar a una gran parte sustancial del país. No hubo voluntad real de consenso, sino una lógica de vencedores y vencidos trasladada al nuevo marco institucional.

 

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El periodo republicano estuvo marcado por una violencia política constante: quema de iglesias, asesinatos, golpes fallidos, insurrecciones armadas,  y una radicalización progresiva del discurso público. La revolución de Asturias de 1934 —un levantamiento armado contra un Gobierno legítimo— suele ser tratada hoy como un episodio incómodo que se minimiza o se justifica. Sin embargo, supuso la ruptura explícita del marco constitucional por parte de una izquierda que solo aceptaba la legalidad cuando gobernaba.

 

Tampoco se suele recordar que la República politizó la justicia, tensionó al máximo la relación con el Ejército y convirtió la administración en campo de batalla ideológica. Las depuraciones, los ceses arbitrarios y la utilización partidista del poder minaron la confianza en las instituciones. No fue un Estado neutral, sino un Estado en disputa permanente.

 

Nada de esto justifica el golpe de 1936. Pero explicarlo no es justificarlo. Comprender no es absolver, aunque el actual discurso oficial se empeñe en confundir ambas cosas. La República no cayó del cielo ni fue destruida por una conspiración demoníaca aislada. Fue un régimen frágil, mal gestionado y erosionado desde dentro.

 

El problema para el sanchismo es evidente: una República idealizada sirve como arma moral; una República real obliga a matizar, a pensar y a asumir responsabilidades históricas. Por eso se prefiere el mito al análisis. Porque el mito exonera y el análisis incomoda.

 

Hoy, esa idealización se utiliza para dividir a los españoles entre demócratas hereditarios y sospechosos perpetuos. Un maniqueísmo infantil que no busca entender el pasado, sino instrumentalizarlo. La historia deja de ser maestra y pasa a ser coartada.

 

La República no fue un cuento de hadas truncado. Fue una oportunidad histórica desperdiciada por la incapacidad de construir un Estado inclusivo y estable. Negarlo no honra a la democracia. La infantiliza.

 

Linkedin: Pedro Manuel Hernández López

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