Martes, 24 de Febrero de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa fatiga de estar siempre disponible
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Gabriel Vivancos

La fatiga de estar siempre disponible

 

Vivimos en un mundo plagado de avances tecnológicos que se supone que están ahí para facilitarnos la vida y lo cierto es que su función la cumplen, pero también generan la ansiedad de estar siempre al otro lado.

 

El móvil se ha convertido en una extensión de nuestro cuerpo que va con nosotros allá donde vamos y si por descuido se nos olvida en algún sitio, no estamos tranquilos hasta que lo recuperamos. No es urgencia, es otra cosa: la sensación de que siempre debería estar ahí, al otro lado de la pantalla, listo para responder.

 

Estar disponible se ha convertido en una forma silenciosa de responsabilidad. No firmamos ningún contrato, pero lo asumimos igual.

 

Cuando alguien nos llama corremos como gamos para ver de quién se trata y responder con el tono que corresponda según la llamada entrante.

 

Lo peor es que esta disponibilidad la arrastramos del trabajo a la casa y de la casa al trabajo y muchas veces ambos ámbitos se entremezclan para formar una tormenta perfecta.

 

El cansancio que produce no siempre se nota, no es el agotamiento evidente de una larga jornada de trabajo, es un cansancio de fondo, constante que siempre está ahí.

 

Vivimos en una alerta suave pero permanente, incluso cuando nos relajamos en el sillón, una parte de nosotros sigue ahí, en línea.  

 

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Los whatsapp del trabajo, los audios de los amigos, los correos, las notificaciones y llamadas no pedidas. Todo llega al mismo sitio: el bolsillo. No existen compartimentos estanco.

 

Pero esta disponibilidad tiene varios precios que hay que pagar. El primero es que nos perdemos el presente. Contestamos mientras caminamos, comemos o mientras estamos con alguien. Estamos en dos sitios a la vez pero realmente en ninguno de ellos y esto también cansa aunque no nos demos cuenta porque nuestro cerebro tiene que realizar un esfuerzo extra para poder llegar a ambos lados.

 

El segundo precio que hay que pagar es más alto, porque estar disponible todo el tiempo nos aleja paradójicamente, de nosotros mismos. Perdemos nuestra intimidad, nuestro espacio privado e irreductible donde sólo puede llegar uno mismo.

 

Hay algo profundamente íntimo que se pierde cuando no podemos desaparecer un tiempo sin dar explicaciones, sin darnos explicaciones.

 

A veces el problema no es el tiempo que dedicamos a responder, sino la imposibilidad de no hacerlo. El silencio se interpreta como descuido o falta de interés. Nadie te dice que lo tengas que hacer, pero todos esperan que lo hagas y si no se genera preocupación o enojo.

 

En realidad, no estamos cansados de relacionarnos con los demás, el ser humano es sociable por naturaleza, simplemente anhelamos espacios donde no se nos necesite, donde podamos perdernos y guardar silencio aunque solo sea un rato para poder escucharnos.

 

No se trata de desaparecer del mundo sino de volver a habitar el nuestro unos momentos sin la obligación constante de demostrar que seguimos ahí.

 

Al menos mientras he redactado este artículo he conseguido unos instantes de desconexión pero ahora el mundo de fuera está esperándome y la mirada al móvil se hace inevitable. ¡Qué así sea! 

 

 

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