La hora del ejército europeo…o Europa desaparece
Origen de la Idea: la Comunidad Europea de Defensa (CED)
La idea de un ejército europeo no es una fantasía de sobremesa ni un capricho federalista de tiempos recientes. Nació entre las ruinas humeantes de la posguerra, cuando Europa comprendió que su división era su condena. En 1950, la proyectada Comunidad Europea de Defensa quiso fundir bajo un mismo mando las fuerzas de Francia, Alemania Occidental y otros aliados. Era un intento audaz: domesticar los viejos antagonismos mediante la disciplina común de las armas.
Pero en 1954 la Asamblea Nacional francesa cerró la puerta. El proyecto naufragó, víctima del temor a perder soberanía y del vértigo que produce toda cesión de poder real. Sin embargo, aunque el tratado cayó, la idea no murió. Quedó latente, como una brasa bajo la ceniza, aguardando el viento.
Desde entonces, cada crisis ha devuelto la pregunta al centro del tablero geopolítico:
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¿Puede Europa garantizar su seguridad sin depender enteramente de otros?
La CED fue el primer intento serio de responder afirmativamente. Fracasó en lo político, pero sembró en la conciencia continental una convicción persistente: que la autonomía estratégica no es un lujo ideológico, sino una necesidad histórica.
OTAN: De la Guerra Fría a la Caída del Muro
Bajo la larga noche de la Guerra Fría, Europa durmió al amparo del paraguas nuclear de la OTAN. Fue Estados Unidos quien sostuvo el muro invisible frente al coloso soviético. La defensa del continente no se discutía: se garantizaba desde Washington. Europa aprendió a coordinarse, a maniobrar unida, a estandarizar calibres y doctrinas; pero no a mandar por sí misma.
Y entonces cayó el Muro de Berlín. Con su derrumbe no solo se desmoronó una frontera, sino una certeza estratégica. La amenaza se difuminó, la Unión Europea se expandió hacia el Este y la OTAN redefinió su misión. En ese nuevo tablero, más incierto y menos binario, surgió una pregunta incómoda: ¿puede Europa actuar sola cuando sus intereses lo exigen?
Desde entonces, la idea de un “núcleo duro” europeo no es un susurro académico, sino un dilema de poder. Porque la historia enseña que quien no decide su defensa, delega su destino.
La Guerra de Ucrania: el despertar de Europa
La guerra no volvió a Europa en 2022; volvió en 2014, cuando Rusia desgarró Crimea y prendió el Donbás con soldados sin bandera y estrategia sin escrúpulos. Desde entonces, el continente vive bajo la evidencia brutal de que la fuerza sigue dictando fronteras cuando no encuentra resistencia.
Hablar hoy de un ejército europeo no es lirismo federal, sino aritmética del poder. Y esta década de hierro ha dictado sentencia irrevocable: la paz sin armas y la libertad sin defensa no son virtudes, sino antesalas de la rendición.
Ejército Europeo como Soberanía Estratégica Europea
La Comisión Europea, bajo el liderazgo firme de Ursula von der Leyen y con el impulso resuelto del Comisario de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius, ha devuelto al centro del escenario una idea que ya no admite demora: un ejército europeo como expresión tangible de soberanía estratégica.
Kubilius no empuña sable ni dirige columnas en el campo de batalla. Su misión es más decisiva: forjar la arquitectura del poder. Coordina presupuestos para que la voluntad tenga músculo; alinea capacidades tecnológicas para que la innovación sea ventaja; teje alianzas industriales para que Europa produzca lo que necesita; consolida recursos humanos y materiales para que la ambición se transforme en fuerza real.
No es retórica institucional. Es construcción paciente de poder. Y Europa, si quiere seguir siendo dueña de su destino, debe convertir su prosperidad en potencia y su unidad en fuerza organizada.
La creación de un ejército europeo choca con tres murallas: soberanía cerrada, industria fragmentada y presupuestos insuficientes. Son inercias antiguas, no excusas. Se superan mediante integración, coordinación, inversión, innovación, interoperabilidad, planificación, voluntad, liderazgo y decisión estratégica. La autonomía estratégica otorgaría a la Unión Europea poder real de decisión. La alternativa es brutal: forjar fuerza o susurrar derrota.
Un modelo multinivel del poder europeo
Andrius Kubilius no habla de un uniforme común ni de una bandera en la manga. Habla de poder organizado. De un sistema donde política, industria, tecnología y operaciones laten al mismo compás; donde la fuerza no se mide solo en batallones, sino en velocidad de reacción, superioridad tecnológica e inquebrantable voluntad política.
En la cúspide, un Consejo Europeo de Defensa decide despliegues y prioridades con autoridad real, mientras un Comisario coordina industria, innovación y financiación para que la estrategia no sea retórica, sino capacidad tangible. Porque sin dirección política unificada, la potencia es ruido.
En el nivel operativo, cuarteles generales multinacionales planifican y sostienen; brigadas integradas —tierra, mar y aire— permanecen listas; unidades de guerra electrónica, ciberdefensa, drones e inteligencia aseguran que Europa combata en el siglo XXI y no en la nostalgia del XX.
En el nivel táctico, fuerzas de reacción rápida intervienen sin dilación, apoyadas por sensores, plataformas autónomas y redes compartidas. Movilidad, interoperabilidad, comunicación segura: la logística como columna vertebral del poder.
Pero Kubilius va más allá: la defensa empieza en la fábrica y se perfecciona en el laboratorio. Integrar industrias para evitar duplicaciones, acelerar la innovación en sistemas antiaéreos, inteligencia artificial y guerra electrónica, garantizar producción masiva de municiones y equipos críticos. Programas conjuntos, financiación común, adquisiciones estratégicas sin despilfarro ni rivalidades estériles.
El mando sería dual: soberanías respetadas, pero reglas de despliegue acordadas; planificación multilateral ante escenarios de alto riesgo; supervisión democrática para que la espada responda a la ley. Un Ejército Europeo escalable, modular, coordinado con la OTAN pero capaz de actuar cuando Europa lo exija.
El Ejército Europeo no es un sueño tecnocrático: es la columna vertebral de una Europa que comprende, al filo de la historia, del presente y el devenir, que el poder que no se organiza se disuelve. Quien no forja su defensa no solo pierde fuerza: abdica de su destino y se condena a la irrelevancia y a ser dominado.
Email: Rubén Darío Torres



