Miércoles, 04 de Marzo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNCuando el dato no basta
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Manuel Ballester

Cuando el dato no basta

 

Hay épocas en las que abundan los datos y escasea la comprensión. Se publican estadísticas, se desclasifican documentos, se acumulan cifras que describen con creciente precisión lo que ocurrió.

 

Pero saber más no equivale necesariamente a entender mejor. Quien ha sufrido fiebre, vómitos y dolor de cabeza sabe que los síntomas, por evidentes que sean, no constituyen todavía un diagnóstico: una indisposición pasajera y un embarazo pueden compartir señales, y no significan lo mismo. También en la vida económica acumulamos cifras, indicadores y proyecciones. Pero el dato, por preciso que sea, no sustituye al juicio que lo interpreta.

 

[Img #11934]En medicina y en economía, el problema no es la falta de información, sino la falta de forma: entender qué pasa y, por tanto, qué hay que hacer.

 

La forma no es un adorno añadido a los hechos. Es aquello que permite reconocerlos como significativos. Sin forma, los datos permanecen yuxtapuestos; con forma, adquieren estructura. Y sólo cuando los hechos se ordenan en una estructura inteligible puede ejercerse el juicio.

 

El juicio no consiste en añadir opinión a la información. Consiste en situarla. En distinguir lo relevante de lo accesorio, lo coyuntural de lo decisivo, el síntoma de la causa. En ausencia de esa operación, la abundancia de cifras puede producir una ilusión de claridad que, en realidad, encubre desorientación.

 

Toda decisión responsable —sea clínica, empresarial o institucional— presupone ese momento previo de configuración. Antes de actuar hay que comprender qué está realmente en juego. Y comprender no es acumular más datos, sino interpretarlos desde un marco que les otorgue sentido.

 

A ese marco que convierte la información en comprensión lo llamamos relato. No compite con el dato: lo interpreta.

 

En la vida económica esto resulta decisivo. Las cifras describen resultados; no siempre revelan qué está ocurriendo con la confianza o con la responsabilidad que sostiene a las instituciones.

 

De ahí nuestro nombre: Giges. Se trata de un viejo mito, un antiguo relato que cuenta la historia de un hombre que descubre un anillo capaz de hacerlo invisible. Gracias a esa invisibilidad puede actuar sin ser visto y obtener ventajas sin afrontar consecuencias externas. La cuestión que plantea el relato no es sólo si lo descubrirán, sino algo más inquietante: qué ocurre con un hombre —y con una comunidad— cuando la acción se separa de la responsabilidad.

 

El mito introduce una pregunta que ninguna estadística puede formular por sí sola: ¿qué tipo de personas y de instituciones se configuran cuando actuar sin ser visto equivale a actuar sin consecuencias? Son, en el fondo, aquellas que aprenden a pensarse impunes. En el ámbito económico, donde la cooperación descansa sobre expectativas compartidas y sobre la palabra dada, la erosión de esa conexión entre acto y consecuencia no es un detalle menor.

 

Toda sociedad opera desde algún relato, explícito o implícito. Allí donde sólo vemos incentivos y controles, puede instalarse la idea de que lo decisivo es no ser descubierto. Allí donde recordamos que cada acción nos configura y configura el espacio común, la responsabilidad deja de ser un mero mecanismo de vigilancia para convertirse en condición de posibilidad de la confianza.

 

El grupo Giges nace con esa convicción: no añadir ruido a la conversación pública, sino ofrecer un marco desde el que comprenderla. No negar la importancia de los datos, sino integrarlos en una visión que permita juzgar lo que significan. Porque una sociedad puede archivar miles de documentos y, sin embargo, no saber todavía qué le ha sucedido. Y quizá la tarea más urgente no sea acumular más información, sino recuperar la capacidad de interpretar lo que tenemos delante.

 

Linkedin: Manuel Ballester

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