Martes, 10 de Marzo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNSánchez divergente: ética de escaparate, brújula rota, UE y aliados atónitos
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Rubén Darío Torres Kumbrián

Sánchez divergente: ética de escaparate, brújula rota, UE y aliados atónitos

 

Hay líderes que hacen historia. Otros la estudian. Y luego están los que la utilizan como un espejo donde contemplar, fascinados, su propio reflejo. En esta última categoría están Pedro Sánchez y a Donald Trump.

 

A primera vista parecen figuras opuestas, pero los extremos retóricos suelen coincidir en los métodos. Sánchez y Trump comparten una cualidad muy particular: ambos han logrado que España y Estados Unidos empiecen a entenderse peor.

 

Los cambios de opinión de ambos mandatarios son como giros copernicanos. Quienes los critican se equivocan cuando aluden a cambios de principios. Para cambiar de principios se deben tener. Lo que sí poseen son fines: conservar el poder a cualquier precio.

 

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En Estados Unidos, los fieles de Trump justifican lo injustificable con una fe propia de apologistas medievales, contribuyendo así a erosionar la calidad de la democracia estadounidense. En España, los devotos de Sánchez celebran la retórica del presidente con devoción adolescente, cuando agita el eslogan del 'No a la guerra'.

 

El problema es que el mundo no coopera con la retórica y vuelve a recordar que devenir no es el de nuestros anhelos. La guerra entre Israel e Irán —con todas sus ramificaciones regionales— ha devuelto a la política internacional una palabra incómoda para muchos gobiernos europeos: seguridad. Y cuando la seguridad vuelve a la mesa, las consignas suelen pesar menos que las realidades estratégicas.

 

Algunos observadores en España celebran con entusiasmo que los líderes europeos “defiendan a Sánchez” frente a las amenazas económicas de Trump. Es una interpretación equivocada. La Unión Europea no sale al rescate de Sánchez; sale al rescate de sus propios intereses. España forma parte del bloque, y cuando se amenaza a un miembro, Bruselas reacciona como lo hacen siempre las instituciones: por pura autopreservación.

 

Eso no significa que en las capitales europeas exista precisamente entusiasmo por la política exterior del Gobierno español. De hecho, ocurre más bien lo contrario. Desde hace años, numerosos socios europeos observan con creciente perplejidad la divergencia constante de Sánchez en cuestiones centrales de seguridad y defensa del continente. Divergencia que, en tiempos de paz, podía parecer un matiz ideológico; pero que, en un continente rodeado de guerras, empieza a percibirse como un problema estratégico.

 

Conviene, no obstante, no dramatizar en exceso. La historia de las relaciones internacionales tiene una saludable tendencia a sobrevivir a los políticos que la complican. Como decía el viejo adagio monástico: “el abad pasa, pero la abadía queda.” Los gobiernos cambian, los egos se desvanecen y las naciones —afortunadamente— suelen recuperar el sentido común que a veces pierden sus dirigentes.

 

Estados Unidos y España terminarán regresando a lo que han sido durante décadas: aliados, socios y países que cooperan con normalidad dentro del marco atlántico. Cuando eso ocurra, es probable que Trump y Sánchez ocupen el lugar que la historia suele reservar para los líderes demasiado enamorados de sí mismos: unas páginas con cierto sabor a anécdota y pesadilla.

 

El problema es que, hasta que llegue ese momento, los daños no desaparecen por arte de magia. Las relaciones internacionales funcionan como la porcelana: romperlas puede llevar un instante; reconstruirlas exige paciencia, diplomacia y, sobre todo, credibilidad.

 

Y ahí es, precisamente, donde comienza este análisis: en el coste político, estratégico y diplomático que la “divergencia Sánchez” está generando simultáneamente en varios frentes esenciales para la posición internacional de España. No solo en la relación hispano-atlántica con Estados Unidos, ni únicamente en la cada vez más incómoda interlocución con varios socios de la Unión Europea, sino también en la relación con Israel y con los países del Golfo y de Oriente Medio que contemplan con preocupación la estrategia regional de Irán.

 

Una estrategia que, conviene recordarlo, no se limita a la retórica revolucionaria del régimen teocrático de Teherán, sino que incluye desde hace décadas la exportación sistemática de inestabilidad a través de organizaciones armadas afines, el intento de consolidar una esfera de influencia regional y la persistente ambición de acceder a capacidades nucleares militares. Todo ello en una región donde las guerras nunca desaparecen del todo: simplemente hacen pausas antes de volver a escena.

 

En ese tablero convulso —que hoy vuelve a agitarse con violencia— las ambigüedades estratégicas pueden resultar tan elegantes en el discurso como peligrosas en la práctica. Porque la política internacional no es un seminario universitario ni un plató de tertulia moralizante: es, para bien o para mal, un sistema de equilibrios donde la claridad de las posiciones suele valer más que la pureza de las consignas.

 

Por eso conviene recordar una vieja lección de la escuela británica que encarnó Winston Churchill: la política exterior no se mide por la belleza de las palabras, sino por la solidez de las alianzas.

 

Cuando las alianzas empiezan a resentirse, las frases ingeniosas dejan de ser política… y pasan a ser simplemente ruido. Y el ruido, en geopolítica, rara vez disuade a nadie.

 

España comparece hoy en el tablero estratégico con una partitura desconcertante: gesto moral selectivo hacia fuera y cálculo electoral doméstico hacia dentro. Mientras muchos aliados se encaminan sin titubeos hacia el umbral del 4,5 % del PIB en defensa, aquí cada incremento se convierte en una disputa ideológica.

 

En Oriente Medio ocurre algo similar. Tras la barbarie del 7 de octubre perpetrada por Hamás contra Israel, la condena fue correcta; la insistencia posterior, curiosamente selectiva. La tragedia en Gaza es real, pero también lo es la estrategia regional de Irán a través de actores como Hezbolá y Hamas y los Hutíes de Ansar Allah. En diplomacia, no solo importa lo que se dice: importa cuántas veces se dice… y a quién.

 

Y si aún faltaba algo para completar la imagen de aliado poco fiable, ahí están las bases de Base Naval de Rota y Base Aérea de Morón, sosteniendo discretamente el flanco sur de la OTAN. Si España duda demasiado, Marruecos no tendría inconveniente en ofrecer geografía. La geopolítica tiene poco sentido del humor… pero una memoria extraordinaria.

 

Email: Rubén Darío Torres

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