Pedro Sánchez juega a Peter Pan con España mientras Oriente Medio arde y el mundo cambia
Mientras la teocracia de Irán amenaza con cerrar el Estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial— y mientras los ataques contra la navegación mercante se multiplican, la pregunta que cualquier ciudadano español y europeo debería hacerse es simple:
¿Qué está haciendo Pedro Sánchez para defender los intereses de España y de la Unión Europea?
En las últimas semanas, una veintena de buques ha sido atacada en el entorno al Estrecho de Ormuz: marineros muertos, petroleros en llamas y tripulaciones evacuadas bajo fuego en la gran autopista energética del planeta.
La teocracia de Irán ataca la navegación internacional, bombardea infraestructuras energéticas en la península arábiga, lanza drones contra puertos y petroleros y extiende la guerra por toda la región, desde objetivos en Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos hasta zonas donde operan fuerzas occidentales como Irak y Turquía, alcanzando incluso territorio europeo como Chipre.
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Y mientras el fuego se extiende por Oriente Medio, mientras las rutas del petróleo tiemblan y mientras la estabilidad económica del planeta depende de mantener abierto ese estrecho, España aparece en el escenario internacional representada por el silencio, la ambigüedad y la retirada derivados del cinismo de Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez decidió cesar a la embajadora española en Israel, Ana María Salomón Pérez, obstaculizar la cooperación militar con Estados Unidos —cerrando puertas a las bases, entorpeciendo operaciones y diluyendo el gasto de la OTAN— y cultivar una equidistancia moral que, en tiempos de guerra, no es prudencia ni neutralidad, sino la irrelevancia estratégica más peligrosa que un país puede permitirse.
Y mientras tanto, desde las milicias hutíes en Yemen hasta Hezbollah en Libano y la embajada de Irán felicitan a Sánchez calificando sus acciones de valiosas y dignas de aplauso. Nada como recibir elogios de quienes buscan desestabilizar la región para medir la verdadera eficacia de la política exterior de España.
No es casualidad. Es exactamente lo que ocurre cuando un país abandona el campo de sus aliados. Porque esta guerra no es un debate académico. Es una batalla por algo elemental: la libertad de navegación, la seguridad energética y el equilibrio de poder en Oriente Medio.
Si el estrecho de Ormuz cae bajo el chantaje de la teocracia iraní, se consolidará una hegemonía regional construida a base de misiles, milicias y terror.
España y Unión Europea: firmes y activos con sus aliados
Hay momentos en la historia en que las naciones deben decidir si permanecen de pie junto a sus aliados o si prefieren esconderse detrás de discursos ambiguos mientras otros combaten por el orden internacional del que todos dependemos.
Este es uno de esos momentos. Y por eso hay que decirlo con la claridad que exige la hora:
Sí a esta guerra.
Sí a la defensa de la libertad de navegación.
Sí a la alianza con Estados Unidos, Israel y las monarquías del Golfo.
Porque España y la Unión Europea no pueden permitirse la neutralidad ante una tiranía que pretende dominar la arteria energética del planeta. España y Europa deben estar activamente junto a sus aliados.
El Golfo Pérsico es el gran interruptor económico de la Tierra. Si ese paso se cierra, la inflación se desata, los mercados se estremecen y las economías industriales sienten el golpe en cuestión de días. Negarlo, como insinúa el optimismo retórico de Pedro Sánchez, no es prudencia diplomática: es cinismo cómodo frente a una realidad incómoda.
La arquitectura militar de la región no improvisación nerviosa. La presencia de Estados Unidos en Oriente Medio —con la Quinta Flota de Estados Unidos en Baréin, bases aéreas como Al Udeid Air Base en Catar o Al Dhafra Air Base en Emiratos Árabes Unidos es la obra paciente de setenta años de cálculo estratégico. Presentarlo como una aventura temeraria, como sugiere Sánchez, no es lucidez crítica: es cinismo diplomático disfrazado de prudencia.
La doctrina de seguridad de Israel tampoco es un arcano escondido en archivos secretos. Es conocida desde hace décadas: superioridad militar cualitativa, disuasión creíble y neutralización preventiva de amenazas existenciales. Fingir sorpresa ante esa lógica —como si la supervivencia de un Estado fuese un capricho estratégico— es otra forma elegante del cinismo político de Sánchez.
Y la estrategia de Irán es aún menos misteriosa. Desde la Revolución iraní de 1979 ha seguido un patrón constante: expansión regional mediante milicias aliadas, desarrollo sistemático de misiles y presión permanente sobre las rutas energéticas del Golfo. Diluir u omitir esa evidencia como acostumbra Pedro Sánchez— no es pacifismo ilustrado: es cinismo estratégico frente a una amenaza perfectamente documentada.
Washington y Jerusalén tienen objetivos claros
Para Estados Unidos, el desafío iraní no se limita a Oriente Medio: afecta a la arquitectura global de seguridad. Para Israel, se trata directamente de una cuestión existencial. En la UE, la voz más clara en defensa de la cohesión estratégica occidental es la de Ursula von der Leyen, por recordar que formamos parte de un sistema de alianzas que garantiza nuestra propia seguridad.
Los objetivos estratégicos de esta guerra son transparentes
La contención de la teocracia iraní, un régimen que desde hace décadas utiliza milicias proxy para desestabilizar Oriente Medio, desde Líbano hasta Yemen.
La preservación del equilibrio regional, evitando que un poder revolucionario con ambiciones nucleares adquiera capacidad de intimidación estratégica sobre sus vecinos.
La restauración de la credibilidad de la disuasión occidental tras años en los que demasiados actores autoritarios llegaron a la conclusión de que Occidente prefería debatir que actuar.
Pedro Sánchez parece convencido que el planeta funciona como una Arcadia imaginaria, que la Unión Europea es un cuento de hadas y que España es Nunca Jamás, ese reino infantil donde los problemas estratégicos no existen y donde el capitán de la nave cree gobernar rodeado de niños perdidos y aplausos de utilería, como si la política internacional fuese un capítulo perpetuo de Peter Pan.
Email: Rubén Darío Torres



