Guerra, derecho y poder en el siglo XXI (I). La guerra entre la ley y la razón de Estado
Las guerras no solo se libran con misiles y ejércitos. También se combaten en un terreno mucho más ambiguo donde chocan la ley, la política y la razón de Estado.
El reciente ataque llevado a cabo por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán ha reabierto un clásico debate del Derecho Internacional: la tensión permanente entre "legalidad" y "legitimidad", dos conceptos que con frecuencia suelen confundirse en el debate público pero que responden a planos distintos.
La legalidad internacional descansa hoy sobre el sistema jurídico --creado tras la Segunda Guerra Mundial-- y articulado en torno a la "Carta de las Naciones Unidas". Este tratado establece un principio fundamental: la prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, salvo en dos supuestos concretos. El primero es, la legítima defensa ante un ataque armado; y el segundo es, la autorización expresa del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Sobre el papel, el sistema parece claro. La guerra preventiva no está contemplada de forma explícita en el derecho internacional vigente y cualquier acción militar fuera de esos dos supuestos plantea serias dudas sobre su legalidad. Desde este punto de vista estrictamente jurídico, el ataque contra Irán abre un debate inevitable. ¿Existía un ataque o una amenaza previa iraní que justificara la legítima defensa de Israel o de Estados Unidos...? ¿Hubo autorización del Consejo de Seguridad...? Si la respuesta a ambas preguntas fuera negativa, esta operación muy difícilmente podría considerarse plenamente conforme a la legalidad internacional.
El problema comienza precisamente ahí, cuando la realidad geopolítica se enfrenta a la arquitectura jurídica del sistema internacional. El derecho internacional fue diseñado para un mundo en el que las amenazas eran más visibles y las guerras se declaraban formalmente entre Estados.
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El siglo XXI ha creado, sin embargo, escenarios muy distintos: proliferación nuclear, terrorismo transnacional, milicias “proxy” y conflictos híbridos que desafían las categorías clásicas del derecho. Los riesgos ya no siempre se presentan como un ataque convencional inmediato, sino como procesos graduales que pueden desembocar en amenazas estratégicas irreversibles.
Es en este punto donde aparece el concepto de legitimidad internacional. A diferencia de la legalidad, la legitimidad no se basa únicamente en normas escritas, sino en la percepción de que una acción responde a una necesidad política o moral reconocida por una parte significativa de la comunidad internacional.
En el caso de Irán, el debate gira en torno a la percepción de amenaza que representan su programa nuclear, su red de milicias regionales y su abierta confrontación con Israel. Para el gobierno israelí, la posibilidad de que Teherán alcance una capacidad nuclear militar constituye una amenaza existencial. Desde esta perspectiva estratégica, la acción militar preventiva se presenta como una medida necesaria para garantizar la supervivencia del Estado.
Estados Unidos, aliado histórico de Israel y potencia central del orden internacional desde 1945, se mueve en un terreno similar. Su política exterior ha recurrido en ocasiones a la idea de la anticipación estratégica: actuar antes de que la amenaza se materialice plenamente. Este razonamiento ha aparecido en distintos debates sobre seguridad internacional y refleja la tensión permanente entre la lógica del derecho y la lógica del poder.
Así, mientras el debate jurídico se pregunta si el ataque cumple las condiciones establecidas por la Carta de las Naciones Unidas, el debate político se centra en otra cuestión distinta: si la acción era necesaria para evitar un mal mayor en un escenario potencialmente más peligroso en el futuro.
La historia reciente ofrece numerosos precedentes de esta tensión. Diferentes intervenciones militares han mostrado cómo la legalidad internacional puede quedar cuestionada mientras algunos gobiernos defienden la legitimidad estratégica o moral de sus decisiones. En esos casos, la discusión no se resuelve en tribunales, sino en el terreno mucho más ambiguo de la política internacional.
La paradoja es que el sistema internacional se sostiene precisamente sobre ese delicado equilibrio. Si la legalidad desaparece, el orden internacional se convierte en una pura lucha de poder. Pero si la legalidad ignora por completo las realidades estratégicas, corre el riesgo de volverse irrelevante.
El ataque contra Irán reabre así una cuestión tan antigua como la propia diplomacia: ¿debe prevalecer siempre la norma jurídica, incluso cuando los Estados perciben amenazas existenciales, o existe un margen para acciones que —aunque discutibles desde el punto de vista legal— se consideran legítimas desde la lógica de la seguridad?
El derecho internacional aspira a limitar la guerra, pero no puede eliminar por completo las dinámicas de poder que dominan la política mundial. Entre la legalidad y la legitimidad se abre así un espacio gris en el que los Estados toman decisiones que a menudo desafían los límites de las normas existentes.
La política internacional sigue moviéndose, en el fondo, en ese incómodo espacio gris donde el derecho intenta contener a la fuerza y la fuerza intenta reinterpretar al derecho. Entre la legalidad y la legitimidad se juega, todavía hoy, la estabilidad del orden mundial.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



