El problema de Cartagena somos los cartageneros
Cartagena vive atrapada en una contradicción que ya no se puede disimular: aspiramos al progreso, pero rechazamos sistemáticamente las herramientas necesarias para alcanzarlo. Y lo más incómodo de admitir es que, en demasiadas ocasiones, el freno no viene de fuera. El problema de Cartagena, en gran medida, somos los cartageneros.
Durante décadas hemos visto cómo la ciudad perdía servicios, oportunidades e infraestructuras sin que existiera una reacción social proporcional en la calle. Y, en no pocas ocasiones, no solo hemos permanecido pasivos, sino que hemos contribuido activamente a bloquear iniciativas que podían haber cambiado el rumbo.
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Teníamos una cárcel. Se cerró. Se planteó la construcción de una nueva macrocárcel, con inversión y empleo asociados. La respuesta fue un rechazo frontal. Aún recuerdo —y soy testigo de ello— las pintadas que aparecieron por la ciudad: “no a la macrocárcel”. El resultado: ni lo uno ni lo otro.
Se propuso una conexión marítima con Argelia, una oportunidad real para abrir Cartagena al comercio y al turismo internacional de pasajeros. También se descartó. El miedo a la llegada de población procedente del norte de África, muy presente en el debate social de la época, pesó más que la ambición de crecer.
Un puerto mayor en La Manga, con potencial económico evidente, tampoco prosperó por su impacto ambiental y la falta de legitimidad urbanística; y, en su lugar, no quedó más que la sensación de una oportunidad perdida. En La Perdiguera, tres chiringuitos bastaron para generar el rechazo de ciertos colectivos ideologizados bajo una bandera ecologista y, como casi siempre, todo quedó en nada. La unión de La Manga con San Javier, clave para la movilidad, tampoco dio lugar a nada.
Pero el problema no es solo lo que no hicimos. Es lo que hemos permitido que se deteriore sin generar una respuesta colectiva a la altura.
Podíamos haber hecho de La Manga un enclave único en Europa, un espacio cuidado, atractivo, incluso exclusivo. Teníamos los elementos: ubicación, clima, paisaje. Y, sin embargo, ni siquiera fuimos capaces de articular un paseo marítimo continuo de extremo a extremo. La oportunidad convertida en inercia.
Las baterías de costa, que podrían ser un activo patrimonial de primer orden, se han convertido en símbolos de abandono. Espacios históricos degradados, sin proyecto, sin relato, sin uso.
La bahía de Portmán sigue siendo una herida abierta. Uno de los mayores desastres medioambientales del Mediterráneo continúa, décadas después, sin una solución definitiva. Y lo más preocupante no es solo la inacción institucional, sino la ausencia de una presión social sostenida que obligue a resolverlo.
El anfiteatro romano, oculto bajo una plaza de toros hoy completamente en ruina y prácticamente destruida, representa de forma casi literal lo que somos: una ciudad con un valor extraordinario sepultado bajo capas de indecisión, abandono y falta de voluntad.
Los terreros de las antiguas fábricas refuerzan esa misma idea. Espacios que hablan de un pasado industrial potente, pero también de un presente incapaz de decidir qué quiere ser. Lugares detenidos, sin transformación, sin dirección.
El patrón se repite: proyectos que no avanzan, oportunidades que se diluyen, patrimonio que se degrada, decisiones que nunca se toman… y, como consecuencia directa, una ciudad que año a año pierde población y ve marcharse a quienes podrían haber construido su futuro.
No se trata de aceptar cualquier iniciativa sin crítica. Una ciudad debe debatir, exigir y proteger su entorno. Pero Cartagena parece haber interiorizado una cultura del “no” casi automática, combinada con una preocupante tolerancia hacia el deterioro.
El resultado es visible: menos inversión, menos dinamismo, menos expectativas.
Quizá ha llegado el momento de asumir nuestra parte de responsabilidad. De entender que el futuro de la ciudad no depende solo de administraciones o inversores, sino también de la actitud de quienes la habitan.
Porque una ciudad no se paraliza de golpe. Se va apagando poco a poco, a base de decisiones que no se toman, proyectos que no se defienden y oportunidades que se dejan escapar.
Cartagena tiene todo para ser mucho más de lo que es. Pero para eso necesita algo esencial: una ciudadanía dispuesta a construir más de lo que está dispuesta a impedir.
Linkedin: Antonio Casado Mena



