El tronco de madera
Lo tengo desde hace varios años y siempre siento gran satisfacción cuando mis manos lo tocan. Se trata de un trozo de tronco de un pino casi bicentenario que a modo de mesa conservo en mi huerto.
Recuerdo que cuando fui a comprar leña para la chimenea vi con lástima un árbol gigante tumbado esperando ser aserrado para convertirlo en astillas y ser quemado.
El operario me dijo que habían tenido que sacrificar el árbol porque se había vencido peligrosamente sobre la vivienda de sus dueños provocando peligro inminente para los habitantes de la casa. Sólo así y con una licencia (cómo no) puedes arrancar de la vida un árbol monumento.
De cualquier forma, me pude traer un trozo de aquel pino para poder disfrutar de su madera cuando mis manos lo tocan.
Ese trozo de madera es en realidad una cápsula del tiempo. Durante casi dos siglos creció en algún bosque cerca de una casa acumulando lentamente anillos que hoy puedo contemplar cuando pongo sobre él el aperitivo. La ciencia puede leer en su corteza una cronología climática; inviernos duros, sequía extrema, veranos sofocantes… pero yo consigo percibir algo más complicado de medir: la sensación de estar tocando el tiempo.
La naturaleza va a otro ritmo. No tiene prisa pero los humanos sí.
![[Img #12177]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/03_2026/2638_gabriel.jpg)
Estamos en una guerra por ganar minutos, donde todo es urgente y todo se necesita para ayer. Siempre llegamos tarde.
Esa batalla nos aleja de lo natural y nos sumerge en una vorágine incontrolada de retos que acaban por engullirnos en nuestro día a día.
La humanidad va demasiado rápido y cuando uno alcanza tanta celeridad cabe preguntarse hacia dónde va y si merece la pena el riesgo que se asume porque el exceso de velocidad suele acabar en catástrofe.
Nuestros abuelos entendían mejor la vida porque no estaban empujándola constantemente, realizaban las cosas “a su debido tiempo”, pero esa época ya pasó y ahora el que no corre se queda atrás.
Al final, se trata de lo de siempre: una competición por sobrevivir. Tienes que ser más rápido, más inteligente y más fuerte que tu competidor, solo así puedes triunfar, salvo que los rehenes de ese ritmo somos nosotros mismos.
Cada día hay más personas estresadas, aquejadas de ansiedad y de problemas cardíacos. Cada vez nuestros jóvenes están más desorientados en este vórtice sin fin porque teniéndolo todo les pedimos (o quieren) más.
Cuando el árbol que ahora me sirve de mesa creció, el mundo era distinto. Los acontecimientos humanos se sucedían mientras el tronco engrosaba apenas unos milímetros cada temporada. Nuestras urgencias, no le importaban.
Pienso que por eso nos atraen más las superficies de madera que las sintéticas por muy conseguidas que estén. Se trata del tiempo. La madera antigua conserva pequeños nudos, ligeras ondulaciones y cambios de color que revelan que el material tuvo una historia previa. No es un objeto industrial homogéneo; es un fragmento de naturaleza que atravesó épocas para entrar en la vivienda.
El momento en que cayó el árbol, marcó el final de su vida como tal y el inicio de otra existencia aunque esta vez sin alma. La misma que yo espero vuele cuando todo se me termine a algún lugar rodeado de árboles magníficos llenos de vida y esplendor. Tiempo al tiempo.
Linkedin: Gabriel Vivancos



