Cómo hacer reír a un ayatolá
El ayatolá Jomeini solo se rio una vez en su vida (según su hijo Ahmed). Pasó del asombro a una mueca de estupefacción, de la mueca a la sonrisa y de la sonrisa a una risa franca y abierta. Ese fue el inesperado final de su entrevista con Oriana Fallaci.
Fallaci se plantó en Teherán en 1979 a los pocos meses de instaurarse el nuevo régimen nacido de la revolución islámica. Vestida con un chador y descalza, sentada en el suelo frente al líder, Fallaci, que procedía de la resistencia antifascista italiana, que veía “el poder como un fenómeno inhumano y odioso” y que consideraba “la desobediencia hacia los opresores como la única manera de aprovechar el milagro de haber nacido” dejó registrada para la posteridad otro ejemplo de cómo entrevistar a un político.
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Empezó con cosillas como que si no consideraba que su movimiento era más parecido al del fascismo y que sus seguidores (que lo amaban) no eran más bien una sarta de fanáticos. Le cuestionó por las libertades que había prometido defender y que ahora negaba, por la segregación en las mujeres que antes no existía o por qué sus leyes y sus jueces condenaban a muerte a homosexuales y a adúlteras aunque estuvieran embarazadas. En fin, estas fruslerías. El ayatolá tendría que tener la tensión por las nubes. “Por ejemplo, este chador que me obligaron a ponerme para venir a verlo, y que usted insiste en que todas las mujeres deben usar. Dígame, ¿por qué las obliga a esconderse, abrigadas bajo estas prendas incómodas y absurdas, que les dificultan trabajar y desplazarse?” El hombre estaba a punto del parraque. “Y, sin embargo, incluso aquí, las mujeres han demostrado que son iguales a los hombres. Lucharon como ellos, fueron encarceladas y torturadas. Ellas también ayudaron a hacer la revolución”. Y si no fuera bastante, antes de que el otro tomara aire, añadió: “No me refiero solo a la prenda, sino a lo que representa. Es decir, la condición de segregación a la que se ha vuelto a condenar a las mujeres tras la revolución. El hecho de que no puedan estudiar en la universidad con hombres, ni trabajar con ellos, por ejemplo, ni ir a la playa ni a la piscina con hombres. Tienen que darse un chapuzón, sin nadar, con el chador puesto. Por cierto, ¿cómo se nada con un chador?” El otro no acertó a balbucear más que: “Porque la vestimenta islámica es para mujeres jóvenes, buenas y decorosas”. “Es muy amable de su parte, imán”, dijo. Y, sin darle tiempo a reaccionar, continuó: “Y ya que lo dice, me voy a quitar este estúpido trapo medieval ahora mismo. Listo. Pero dígame algo. Una mujer como yo, que siempre ha vivido entre hombres, mostrando el cuello, el pelo, las orejas, que ha estado en la guerra y ha dormido en primera línea, en el campo de batalla, entre soldados, según usted, ¿es una mujer inmoral, atrevida e indecorosa?” El hombre ya no lo soportó más, se levantó y se fue.
Fallaci tuvo que esperar un día o dos a que el otro reanudara la entrevista. El hijo Ahmed le advirtió previamente que, por favor, no mencionara nada de lo del chador. Fue entonces, en ese reencuentro cuando el ayatolá la miró con asombro, del asombro pasó a la mueca y de la mueca a la risa, la única risa que tuvo en su vida. Ahí recuperó su humanidad.
El combate contra el horror, el abuso, la arbitrariedad y la injusticia desde la inteligencia, la honestidad y la valentía descoloca incluso al adversario que se cree “un enviado”. No todos los poderosos temen a las armas. Algunos temen mucho más a las preguntas. El problema es que los realmente poderosos jamás se expondrían a una Fallaci.
Linkedin: Marco Antonio Oma Jiménez



