Martes, 24 de Marzo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEuropa decide, Sánchez vuelve prescindible a España
  • Buscar
Rubén Darío Torres Kumbrián

Europa decide, Sánchez vuelve prescindible a España

 

Hay momentos en el devenir de la realidad en los que las palabras dejan de ser suficientes. No porque carezcan de valor —toda civilización se sostiene, en última instancia, sobre el lenguaje— sino porque la realidad exige algo más denso, más sólido, más irreversible: decisión. Europa se encuentra hoy exactamente en ese umbral. Durante años, incluso décadas, cultivó una retórica prudente, a veces elegante, a menudo ambigua. Pero la ambigüedad, en geopolítica, no es una posición: es un vacío que otros llenan.

 

El tablero internacional ha entrado en una fase de aceleración donde las inercias del pasado ya no ofrecen refugio. Las tensiones en Oriente Medio, la redefinición de alianzas estratégicas y la creciente competencia entre potencias han obligado a los actores relevantes a abandonar la comodidad del matiz permanente. En este contexto, la Unión Europea —tan frecuentemente acusada de indecisión— ha comenzado a articular algo que durante demasiado tiempo evitó: una voluntad estratégica reconocible.

 

[Img #12181]

 

No es casualidad que esta inflexión haya cristalizado en el Consejo Europeo de los días 19 y 20 de marzo de 2026, donde Europa, lejos de la retórica complaciente, comenzó a hablar el lenguaje inequívoco del poder. Tampoco es casualidad que haya coincidido con una convergencia clara con actores como Estados Unidos, Israel, Japón y el Reino Unido. No se trata de subordinación ni de adhesión ideológica, sino de algo más profundo: la comprensión de que el orden internacional no se sostiene con declaraciones bienintencionadas, sino con la coordinación efectiva de poder, intereses y determinación.

 

En ese viraje, la claridad estratégica de Ursula von der Leyen ha resultado decisiva. Su liderazgo no ha inventado Europa: la ha recordado. La ha devuelto a su propia lógica de actor histórico, consciente de que la seguridad no se delega y de que la ambigüedad, en tiempos de fractura global, equivale a la irrelevancia. A su lado, el impulso del comisario Andrius Kubilius apunta en la misma dirección: reforzar la arquitectura de defensa europea no como gesto, sino como condición de existencia política.

 

Kaja Kallas, Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, ha resultado decisiva en este viraje, ejerciendo con firmeza su mandato de articular y presidiendo el Consejo de Asuntos Exteriores con la finalidad de garantizar que la voz europea no se diluya ante los desafíos internacionales.

 

A la acción de la UE, hay el comunicado conjunto del 20 de marzo de 2026 firmado por Francia, Alemania, Italia, el Reino Unido, los Países Bajos y Japón, ha expresado su condena a los ataques e interrupciones en el estrecho de Ormuz y su disposición a contribuir a garantizar la seguridad de ese paso marítimo estratégico. Se trata de un paso previo a la acción que no introduce una doctrina revolucionaria. Hace algo mucho más importante: restituye el principio de realidad. Reconoce que la estabilidad no es un estado natural, sino una construcción política que exige compromiso, claridad y, llegado el caso, firmeza.

 

Sin embargo, en medio de este proceso de maduración estratégica, emerge una disonancia que no puede ser ignorada: Pedro Sánchez.

 

La posición de Sánchez se ha deslizado hacia una ambigüedad que no protege nada ni a nadie y no estar alineado con los países que suscribieron el comunicado del 20 de marzo no es un gesto menor, es una señal política de primer orden y desmarcarse no transmite independencia, transmite una desconexión que tendrá un coste para España.

 

La relación con Israel es parte de una arquitectura de seguridad más amplia y Sánchez está atrapado en una retórica de consignas vacías que revelan una huida del entorno estratégico. La política exterior no es un ejercicio de autoafirmación moral. Es un ejercicio de responsabilidad que implica asumir que las decisiones —o la ausencia de ellas— tienen consecuencias que trascienden el ciclo político interno.

 

Mientras Japón redefine su papel en el sistema internacional con una lucidez que hace apenas una década habría parecido impensable, y mientras el Reino Unido reafirma su compromiso con la seguridad global con una coherencia notable, en el corazón de Europa se perfila con creciente nitidez un eje de Estados que han optado por la claridad estratégica frente a la ambigüedad.

 

Alemania, pilar industrial y político del continente, ha abandonado definitivamente las vacilaciones de otra época para asumir que su seguridad y su prosperidad están indisociablemente ligadas al vínculo transatlántico y a la estabilidad de Oriente Próximo. Italia, lejos de los titubeos que en otros tiempos la caracterizaron, se alinea hoy con una lógica de responsabilidad internacional que entiende el equilibrio de poder como condición previa de la paz.

 

 

A este núcleo se suman con firmeza Francia, cuya tradición estratégica nunca ha sido incompatible con la defensa de sus aliados; Países Bajos y Dinamarca, que han demostrado una consistencia notable en el respaldo a las arquitecturas de seguridad occidentales; así como República Checa y Austria, cuya posición ha sido especialmente clara en su apoyo político a Israel en momentos de presión internacional.

 

En el flanco oriental, la determinación adquiere incluso un tono existencial: Polonia y los Estados bálticos -Lituania, Letonia y Estonia- no interpretan la seguridad como un ejercicio retórico, sino como una necesidad histórica que no admite equívocos. Para ellos, la alianza con Estados Unidos no es una opción ideológica, sino una garantía de supervivencia.

 

Así emerge una constelación de Estados que, desde distintas tradiciones políticas y sensibilidades nacionales, convergen en una misma premisa: la seguridad no se declama, se construye; y las alianzas no se cuestionan en voz alta cuando son el fundamento mismo de la estabilidad.

 

Pedro Sánchez se atrinchera en una ambigüedad estéril que no es prudencia, sino renuncia encubierta, parálisis, inacción, y un discurso disfrazado de estrategia. Pero el mundo no espera a los titubeos: los castiga. En ese escenario, su legado no será el de quien evitó conflictos, sino el de quien desdibujó a España hasta hacerla prescindible, erosionando su voz, su credibilidad y su lugar en el tablero internacional.

 

Email: Rubén Darío Torres

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.