La Sevilla celestial y la Cartagena terrenal
Yo, que soy de Cartagena, lo digo sin anestesia: lo de Sevilla no es normal. Y lo nuestro, tampoco lo es.
Admiro profundamente cómo un sevillano habla de Sevilla. Pero no es una admiración cómoda; es incómoda, incluso hiriente. Porque cuando uno escucha a un sevillano, entiende algo que aquí evitamos asumir: que una ciudad es, sobre todo, el relato que sus habitantes son capaces de construir con el tiempo, sin complejos.
Y en eso, Sevilla es imbatible.
Volví a comprobarlo este lunes pasado cuando me dejé caer por allí. Fui testigo de ello.
Sentado en una terraza, escuché a un sevillano (sin saber que nadie le prestaba atención) explicarle a otro por qué Sevilla no tenía comparación posible.
Hablaba de su ciudad, de su Semana Santa, de su Feria y, en definitiva, de su forma de vivir y de ser. Y lo hacía como si estuviese enamorado, sin titubeos. Y en ese momento entendí todo.
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Allí no dudan. No matizan. No rebajan. Sevilla no es bonita ni interesante: es única, es central, es imprescindible. Y lo dicen con una convicción que termina siendo contagiosa.
Sus escritores no son buenos: son eternos.
Sus toreros no torean: revelan verdades.
Sus imágenes religiosas no procesionan: expresan una forma de entender el mundo.
Todo en Sevilla está elevado a la enésima potencia, porque ellos han decidido elevarlo.
Porque lo relevante no es ni verdad ni necesita serlo. Lo importante es que se lo creen.
“Sevilla tiene un color especial”.
“Hasta el sol duerme en Triana”.
“En Sevilla hay que morir”.
Eso no son meras frases: es una forma de construir realidad.
Y hay un detalle que lo resume todo: el traje regional.
Sevilla tiene el único traje de España que ha trascendido lo folclórico para convertirse en moda y pasarela viva. El traje de flamenca no es un disfraz ni una reliquia: es presencia, es estética, es seguridad, es vanguardia.
Y más aún: en la Feria de Abril, los hombres no van disfrazados. Van en traje de chaqueta con corbata. Elegantes. Naturales. Como si esa fuera la única forma lógica de aparecer por el recito ferial.
Han conseguido que lo propio no sea visto como atraso, sino como referencia. Han convertido lo local en universal. Y ese relato no se queda en lo simbólico: acaba teniendo consecuencias reales.
Una ciudad que se cree importante termina ocupando espacios significativos. Sevilla tiene dos equipos en Primera División —Sevilla y Betis—. Acogió dos expos, decenas de eventos internacionales y desfiles de grandes firmas. Incluso ha sido escenario de producciones globales como Juego de Tronos.
Sevilla aparece. Sevilla suena. Sevilla estuvo y está. No por casualidad. Porque se lo ha creído antes que nadie. Y si aún queda alguna duda, hay un ejemplo que lo resume todo.
San Isidoro y San Leandro, dos grades cartageneros, y sin embargo, Cartagena no los tiene en su escudo. Sevilla, sí. Ella los hizo suyos. Los elevó. Los integró en su identidad hasta el punto de que hoy parecen más sevillanos que cartageneros.
No es que Sevilla tenga más. Es que sabe apropiarse incluso de lo que no nació allí.
Y luego está el dato que desmonta cualquier excusa: una ciudad sin mar que fue el gran puerto del mundo moderno. El Puerto de Indias no se explica solo con mapas o decisiones políticas. Se explica porque Sevilla ya se sentía el centro antes de serlo. Sevilla no pide permiso. Sevilla afirma.
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Y ahora, Cartagena.
Aquí es donde la admiración se convierte en incomodidad. Porque Cartagena es, probablemente, uno de los lugares de España con más razones objetivas para sentirse orgullosa y, sin embargo, hace justo lo contrario.
Imagino la misma escena en Cartagena.
Dos personas hablando en una terraza sobre la ciudad. Y sé perfectamente cómo sonaría:
“No está mal, pero…”
“Aquí falta…”
“Esto en otros sitios…”
Aquí nadie da una lección de cátedra. Aquí nadie afirma. Aquí todo se relativiza.
Tenemos un puerto natural y privilegiado y los cartageneros vivimos de espaldas a él. El teatro romano o el anfiteatro parece como si nos diese pudor sacarlo a conversación. Contamos con siglos de historia que otras ciudades convertirían en bandera y aquí la dejamos en segundo plano, como si Cartagena no apareciese en todo libro de historia.
Somos expertos en quitarnos valor antes de que lo hagan otros. Ese “pero” constante no es humildad. Es debilidad.
El sevillano, en el fondo, se parece mucho a un argentino. Tiene esa forma de hablar de lo suyo con autoridad, casi como si estuviera dando una cátedra. Pienso en Borges, aunque prefiero referirme a Jorge Valdano, que convertía algo cotidiano como el fútbol, en algo elevado.
Eso mismo hace Sevilla consigo misma. Escuchen sus pregones de Semana Santa. Verán, una vez más a lo que me quiero referir.
Cartagena, en cambio, habla en voz baja incluso cuando tiene razones para imponerse. Y así no hay relato que resista. Porque el prestigio no lo gana siempre el que más tiene, sino el que mejor lo cuenta. Y nosotros llevamos demasiado tiempo contándonos mal.
No se trata de imitar a Sevilla. Se trata de dejar de sabotearnos. De dejar de relativizarlo todo. De dejar de escondernos. De dejar de pedir perdón por lo que somos.
Porque al final, el problema no es Sevilla.
El problema somos nosotros.
Linkedin: Antonio Casado Mena



