No es país para emprendedores
Cuando se pregunta a los alumnos de Bachillerato si se plantean la opción de emprender o hacerse empresarios en un futuro, rara vez hay alguno que contesta positivamente; ni siquiera lo contemplan como una posibilidad más entre otras. Y eso ocurre a pesar de que, desde hace años, se viene intentando paliar esta deficiencia con asignaturas vinculadas al mundo empresarial, como Economía y emprendimiento o Empresa y diseño de modelos de negocio. No es solo una preferencia individual, sino el síntoma de un cambio más profundo.
Hay dos razones principales que lo explican. La primera es generacional. Quien ha crecido en un contexto de crisis (financiera, laboral y, más recientemente, sanitaria) tiende a valorar la estabilidad por encima de casi todo. Frente a la incertidumbre del emprendimiento, el empleo público aparece como refugio: sueldo fijo, previsibilidad y menor exposición al riesgo. Esa búsqueda de seguridad acaba condicionándolo todo. También otras decisiones vitales, como formar una familia. Así, muchos jóvenes retrasan la paternidad indefinidamente, ante las dificultades económicas y un futuro percibido como incierto. Quizá los padres hemos contribuido a esa inseguridad, al educar a nuestros hijos en la protección frente a cualquier adversidad. En vez de enseñarles a afrontar la incertidumbre, como algo inherente a la vida misma, hemos planificado cada etapa de su infancia con minuciosidad: libros sobre estilos de crianza, agendas repletas de actividades extraescolares, itinerarios diseñados para no dejar nada al azar… Con la mejor intención. Pero quizá ese exceso de control ha tenido un efecto inesperado: no hemos eliminado el riesgo, porque no es posible, pero hemos hecho que les resulte intolerable.
![[Img #12267]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/03_2026/2134_giges-2.jpg)
La segunda razón es más preocupante, porque afecta al imaginario social. Desde determinados grupos políticos se presenta con frecuencia al empresario como una figura sospechosa: alguien movido exclusivamente por el beneficio, insensible a las condiciones laborales y, en el mejor de los casos, moralmente ambiguo. Incluso, se le hace directamente responsable de las dificultades económicas de los trabajadores, desviando la atención de las políticas económicas de los gobiernos y de las enormes cargas fiscales con las que se grava la contratación. Este discurso demagógico y populista, repetido incansablemente, ha calado en parte de la sociedad. Y tiene consecuencias: emprender no solo implica asumir riesgos económicos, sino también cargar con una cierta deslegitimación social.
Ambos factores, la búsqueda de seguridad y la desconfianza hacia la figura empresarial, convergen en una misma consecuencia: el debilitamiento del tejido productivo. Porque una economía no puede sostenerse si disminuye de forma continuada la proporción de quienes generan actividad privada mientras aumenta la de quienes dependen de ella. No es una cuestión ideológica; es aritmética. Sin función empresarial no hay creación de riqueza, y sin ella no se sostiene lo demás.
Si queremos revertir esta tendencia hay que actuar en dos planos. El primero es material: facilitar emprender no debería ser una declaración de intenciones, sino una eliminación real de obstáculos.
El segundo plano es cultural. Hace falta reconstruir el imaginario del empresario: ni héroe ni villano, sino figura necesaria. Mostrar ejemplos reales, diversos y cercanos, que rompan con el estereotipo dominante. Explicar que emprender no es solo enriquecerse, sino también construir, innovar y aportar.
En última instancia, la cuestión es si una parte significativa de los jóvenes quiere asumir riesgos y crear sus propias oportunidades de empleo, o si la aspiración de la gran mayoría es refugiarse en la seguridad del sector público. Porque si esa tendencia continúa, el problema no será solo económico, sino de viabilidad social.
Linkedin: Alfonso González Balanzá



