Yo, mi, me, conmigo
Venimos afianzando de un tiempo a estos días, en plena batalla cultural, las puertas de nuestros domicilios, nuestras mentes, nuestros hablares en que aquello que nos daba luz propia a Europa, a España, no se licuase de forma alguna. Me refiero a la solidaridad que siempre ha sido una más de la casa. El mundo de los 'yoes', del individualismo, sigue haciendo lo posible para colarse por las rendijas que menos pensamos.
Los días previos a la Semana Santa, cierto partido político, ha sufrido en sus carnes todo tipo de agravios donde el “yo, mi, me, conmigo”, patalea día sí y día también. No les extrañe que, estos u otros, busquen con ardor guerrero la foto clave ante un paso procesional para hacer ver que soy uno más. ¡Pobres infelices! Recuerdo a medias cuando una santa española comentaba que después de una hora del fallecimiento, aún, el narcisismo que llevamos dentro supervive. Ello lo dice todo.
Las sociedades posmodernistas en las que vivimos han experimentado un profundo giro cultural donde el individuo, sea como sea, aspira a ser “otro dios”: ser el centro de la vida social, simbólico y emocional. Este fenómeno se entrelaza con el auge del narcisismo, el énfasis en la autorrealización personal e incluso, la proliferación de espiritualidades alternativas, al mismo tiempo que observamos un debilitamiento de los compromisos colectivos tradicionales que tanto bien nos han dejado en herencia.
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La idea de ser uno mismo, seguir la propia pasión o alcanzar el máximo potencial lo tenemos presentes en ámbitos educativos, laborales o mediáticos. La cultura contemporánea de la que padecemos hoy sigue estando atravesada por una tensión constante entre el deseo de la autonomía y la necesidad de pertenencia. Por un lado, se valora la libertad individual y la autenticidad. Por otro, los seres humanos seguimos necesitando vínculos, reconocimiento mutuo y sentido de comunidad.
Jorge Freire (Madrid,1985), filósofo y ensayista, en su libro 'Hazte quien eres', toca de lleno el asunto que llevamos entre manos. No solo hemos de mirar a la comunidad, al colectivo, ello sería quedarse a mitad de camino, ya que nadie salta por encima de su sombra. Me explico. “Al yo autosuficiente le avergüenza la cicatriz situada en el centro de su cuerpo”. Tras leer tales páginas, te quedas con el meollo del asunto. Nos corresponde en esta vida buscar una vida hacendosa. La hacienda es como una forma de ikebana en que, al cuidar el jardín, éste devuelve el reflejo de nuestro buen hacer. El Hacendoso no depreda ni asilvestra: adehesa lo que toca.
La existencia es, ante todo, un tejemaneje. Aplicarse la regla de Píndaro sería algo excelente: injertarse con provecho en el tejido social. Ser como el árbol que crece y da su fruto echando raíces en la tierra. Cosa bien distinta es crecer a la velocidad del eucalipto y, cuando sacas una cabeza al vecino, robarle la merienda. “Quien siembra un entorno armónico, siembra también su propia armonía”. La bravura del instinto no se diluye, sino que densifica en la nobleza de las formas.
En una época dominada por el deseo de diferenciarse, nada hay más noble que aspirar a una honrosa generosidad. Decía Balzac que la pasión del incógnito era un placer de príncipes. Para experimentar la dicha es preceptivo ser un don nadie.
La clave no está en elegir entre individuo o comunidad, sino en repensar sus articulaciones, donde el individuo, de por sí, debe dar en la esfera pública, todo lo bueno que se espera de él y no vivir de apariencias que perfuman antes que nos demos cuenta.
El giro cultural hacia el individuo ha abierto nuevas posibilidades de libertad, expresión y desarrollo personal. Sin embargo, también ha generado desafíos significativos en términos de cohesión social, sentido colectivo y bienestar emocional. El narcisismo, la búsqueda de autorrealización y el auge de espiritualidades alternativas son manifestaciones del mismo proceso: la centralidad del “yo” por encima de todo lo que me rodea.
Frente a ello, resulta fundamental reflexionar sobre cómo reconstruir los lazos colectivos sin negar la importancia a la individualidad. En un mundo cada vez más complejo e interconectado, el equilibrio entre el “yo” y el “nosotros” no es solo un ideal, sino una necesidad urgente. Para que todo ello sea efectivo: No basta con vivir, pues la vida es una variable meramente fisiológica, aplicable tanto a la persona como a un molusco. Ser hacendoso, invertir en la mejora propia se encuentra consigo al final del día. Y es entonces cuando te das cuenta de que es el hacer sus cosas lo que le hace ser quien es y no el que vive de apariencias,
¡Feliz Semana Santa!



