'Artemis II': mirar a la Luna... mientras la Tierra agoniza
El lanzamiento con éxito de la misión 'Artemis II' ha devuelto al mundo una imagen que parecía reservada solo a los libros de historia: un cohete elevándose entre fuego y estruendo para llevar al ser humano más lejos de la órbita terrestre de lo que nunca había llegado. La hazaña técnica es incuestionable. La épica, innegable. La emoción, legítima.
Más de medio siglo después de las 'misiones Apolo', toda la humanidad vuelve a mirar a la Luna con ambición y deseo de permanencia -no ya como un gesto simbólico de la Guerra Fría- sino como la antesala de futuras bases, de nuevas misiones y quizá, algún día, de una presencia estable fuera de nuestro planeta Tierra.
Pero en medio de la fascinación surge una pregunta que no conviene silenciar: ¿vale la pena semejante inversión mientras aquí abajo persisten el hambre, la miseria, las guerras , el analfabetismo y enfermedades devastadoras, como la "ELA" o tantas patologías raras y neuro- degenerativas que siguen condenando a miles de familias a la desesperación y a la muerte en vida...?
No es una objeción menor ni un recurso sentimental ni mucho menos una pregunta retórica. Es una cuestión muy profunda y eticamente moral y de justicia.
Mientras celebramos que unos astronautas baten récords a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, millones de seres humanos siguen atrapados en la crudeza de una realidad viva e insoportable: niños que se acuestan sin comer, hospitales sin medios suficientes, familias enteras devastadas por la guerra o por enfermedades degenerativas para las que la investigación no avanza o lo hace a paso de tortuga, y no por falta de recursos económicos, sino por la voluntad política para aplicarlos.
La ELA, por ejemplo, continúa siendo una de las grandes tragedias silenciosas de nuestro tiempo. Cada diagnóstico es una sentencia quad vitam para el paciente y emocional para su entorno. Y junto a ella, un inmenso universo de enfermedades raras, muchas veces olvidadas por la política, por la industria y por la propia agenda pública.
Es inevitable pensar cuántos laboratorios podrían financiarse, cuántas terapias podrían investigarse, cuántos equipos médicos podrían reforzarse con presupuestos que, vistos desde la Tierra, parecen astronómicos.
Sin embargo, intelectualmente. sería muy deshonesto convertir esta cuestión en una oposición simplista entre ciencia espacial y justicia social.
La exploración espacial ha sido históricamente una inmensa fuente de avances tecnológicos que después han terminsdo beneficiando nuestra vida cotidiana: sistemas de nuevas telecomunicaciones y de innovadores materiales, mejoras en monitorización médica, miniaturización electrónica, técnicas de imagen y desarrollos aplicables, incluso a la medicina de precisión.
La conquista del espacio no es un capricho romántico; también es una inversión en progreso y conocimiento. Pero, es por eso precisamente, por lo que la reflexión debe ir más al fondo.
El problema no es que exista Artemis II. El verdadero quid es que el mundo ha asumido como normal una insoportable y grave contradicción : somos capaces de enviar seres humanos más allá de la órbita terrestre y --al mismo tiempo-- incapaces de garantizar algo tan básico como una vida digna y justa para millones de personas.
La pregunta no debería ser si hay que elegir entre la Luna y la Tierra. La verdadera pregunta es ¿por qué las sociedades más avanzadas del planeta no son capaces de hacer ambas cosas.
¿Por qué hay recursos para la épica tecnológica y no siempre para las urgencias vitales de los humanos?
¿Por qué encontramos miles de millones para mirar al cielo y, sin embargo, seguimos sin ninguna respuesta eficaz para quienes miran cada día la enfermedad, la pobreza o la guerra a los ojos?
La respuesta no está en la falta de dinero, sino en las prioridades y la voluntad de reconocerlas y de aplicarlas.
La historia juzga siempre a las civilizaciones, no solo por lo que construyen, sino por aquello que deciden ignorar. Podemos, sin duda, admirar el avanzadisimo ingenio humano que impulsa a "Artemis II" hacia la Luna, pero no deberíamos permitir que esa admiración nos haga olvidar la crudeza del suelo que pisamos.
Porque mientras unos hombres orbitan en la inmensidad, aquí abajo, siguen muriendo miles de personas esperando un novisimo tratamiento, una ayuda especial o simplemente una esperada oportunidad que nunca llega.
La Luna seguirá ahí mañana...dentro de unos años y siempre, pero para muchos enfermos, para muchos analfabetos y hambrientos, para muchas víctimas de la guerra... mañana, quizá ya sea demasiado tarde.
Y ahí es donde debe detenerse el lector. No para rechazar el progreso, sino para preguntarse qué clase de progreso justo y necesario queremos.
Porque quizá la grandeza de una civilización no consista en llegar más lejos que nunca, sino en evitar que los suyos sigan cayendo en el abandono de sus necesidades básicas y en el olvido de todos sus derechos fundamentales.
De poco sirve plantar la bandera de la humanidad en otro mundo si, en este, seguimos tolerando con franca indiferencia que miles de personas mueran por enfermedades olvidadas, de hambre y de pobreza o por la insesibilidad de quienes nos gobiernan.
Conquistar la Luna es admirable...pero conquistar la dignidad humana debería ser obligatoriamente inaplazable.
Si somos capaces de llegar a las estrellas, también deberíamos ser capaces de impedir que la Tierra siga pareciéndose --cada vez más y para demasiados-- a un verdadero infierno en el que estamos obligados a vivir.
Y si no lo hacemos, quizá el verdadero fracaso no esté en el espacio exterior, sino en el espacio interior de nuestra "propia conciencia colectiva".
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



