Jueves, 09 de Abril de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa entropía en nuestras vidas
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Gabriel Vivancos

La entropía en nuestras vidas

 

El principio fundamental de la segunda ley de la termodinámica nos dice que en cualquier sistema aislado (como el universo), la entropía total siempre tiende a aumentar con el tiempo. Nunca disminuye de forma espontánea.

 

La entropía es el desorden o la aleatoriedad de un sistema. Esto significa que, pese a nuestros continuos esfuerzos, todo acaba siempre desordenado…como la habitación de nuestros hijos.

 

La segunda ley de la termodinámica es también una explicación de nuestra propia existencia. Nacemos con todo nuevo, crecemos y nos oxidamos y finalmente todo se desordena desapareciendo…o transformándose. 

 

Nacer, es un acto improbable de orden. Es un cuerpo que se organiza en una estructura ordenada, con sus órganos, músculos, huesos y en el caso del ser humano también con conciencia. Pero conforme van pasando los años inexorablemente la ley se va haciendo cada vez más presente, las articulaciones se deterioran, los órganos envejecen, lo que antes era simple ahora exige esfuerzo y pese a nuestro continuo empeño por evitarlo, finalmente todo se desordena para siempre.

 

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Durante un tiempo, siempre muy breve, esa estructura se mantiene, respiramos, pensamos, amamos pero después la entropía nos vuelve a engullir y el orden que fuimos deja de sostenerse. La energía se transforma (primera ley de la termodinámica) la forma se disuelve y lo que éramos se reintegra en un “Todo” más amplio.

 

Si lo pensamos no es el fin, es una vuelta al principio. Venimos de la Nada y volvemos a ella. se acabó la singularidad (o el ego, como diría Manuel Sans Segarra).

 

A veces creo que es importante tener esto muy presente para poder apreciar esta maravillosa anormalidad que es la vida. Durante un instante el caos se ordena y el orden te permite experimentar sensaciones y sentimientos que son un auténtico regalo. Esa figura que somos tiene contorno, identidad, historia, quizá hermosa o compleja, pero siempre irrepetible y cuando vienen mal dadas siempre nos quedará el consuelo de que nuestro orden no es para siempre, que todo volverá a ser como al principio.

 

Hace unos días, procesionando en silencio por las calles de Totana, cuando el cansancio hacía mella después de varias horas de desfile y mi espalda y mi brazo se quejaban con fiereza, deseé llegar cuanto antes a la iglesia de recogida. Tras un tiempo divisé a lo lejos el tan anhelado campanario y una sensación de júbilo me invadió. Caí en la cuenta que al principio de la procesión, todo era orden; las filas bien formadas, las túnicas impecables, los pasos firmes y sincronizados, pero poco a poco, casi imperceptiblemente y con la aparición del cansancio, algún nazareno se retrasaba, las filas se abrían ligeramente y en definitiva era imposible mantener el orden del inicio. 

 

Tomé conciencia que mi deseo de llegar significaba una contradicción puesto que ello suponía que la procesión se disolvía, las túnicas se guardaban, las calles volverían a sus voces mezcladas sin estructura y que lo que en ese momento era una forma organizada se iba a transformar en una multitud sin patrón.

 

Aun así, por el cansancio, seguí deseando que todo terminara, porque además era inevitable, pero aquellos pensamientos me hicieron disfrutar más que al principio, al fín y al cabo nadie puede parar el desorden, es como la “Nada” de la “Historia Interminable” de Michel Ende que lo engulle todo. No merece la pena resistirse. Cogí con fuerza el báculo y continué hasta el final.      

 

Linkedin: Gabriel Vivancos

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