Prince: renunciar a tu nombre para convertirte en un símbolo
Hay artistas que cambian su sonido, otros que cambian su imagen,… y Prince, que renunció a su nombre para seguir siendo libre.
El excéntrico y genial Prince Rogers Nelson era un músico total, autodidacta, obsesivo, tímido hasta lo patológico y, al mismo tiempo, provocador como pocos sobre un escenario.
Nacido en Minneapolis en 1958, creció en un entorno familiar marcado por la música, pero también por la inestabilidad emocional. De niño apenas hablaba, se refugiaba durante horas en los instrumentos, aprendiendo a tocar guitarra, bajo, piano y batería con una facilidad casi insultante. Muy pronto quedó claro que Prince no iba a ser un músico más: escuchaba la música en su cabeza como un todo y la ejecutaba con una precisión que dejaba boquiabiertos incluso a los técnicos de estudio.
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Cuando debutó a finales de los años 70 con 'For You', dejó de piedra a los ejecutivos de su discográfica al exigir tocar él prácticamente todos los instrumentos. Aquello no era habitual, y mucho menos en un chaval de veinte años. Pero Prince funcionaba así, necesitaba el control absoluto sobre su música.
Con discos como 'Dirty Mind' y 'Controversy' empezó a construir un personaje incómodo, provocador, sexualmente explícito y ambiguo, mientras musicalmente surfeaba por los estilos, creando una mezcla única de funk, soul, pop, rock y Rhythm & Blues.
La explosión definitiva llegó en 1984 con 'Purple Rain', acompañado por The Revolution. Disco, película, manifiesto artístico y, en buena medida, ajuste de cuentas consigo mismo. La película, de carácter autobiográfico, hablaba de un músico brillante pero atormentado, incapaz de comunicarse emocionalmente, algo que encajaba como un guante en su personaje real. El álbum, publicado el 6 de agosto de 1984, y su impactante actuación en la final de la Superbowl lo convirtieron en estrella: más de veinte semanas en el número uno en Estados Unidos, premios Grammy, un Oscar a la mejor banda sonora y una magnífica colección de canciones. 'When Doves Cry', sin línea de bajo y contra todas las normas de la radio comercial, fue número uno, y la épica 'Purple Rain', grabada casi en directo, con lluvia artificial y un solo final que parece no querer terminar nunca, se convirtió en un himno generacional.
Prince era perfeccionista hasta el extremo. Se cuenta que podía grabar decenas de tomas de una misma canción. Muchos de sus músicos reconocen que trabajar con él era una experiencia tan agotadora como transformadora. Su capacidad era legendaria: podía entrar al estudio de madrugada, grabar una canción completa en pocas horas y dejar instrucciones milimétricas para el día siguiente. En directo, además, era un guitarrista feroz y elegante, capaz de hacer llorar a la guitarra y, segundos después, convertir el escenario en una pista de baile.
Paradójicamente, aquel artista hipersexualizado era, en realidad, extremadamente tímido. Una anécdota lo resume bien: en 1985 fue invitado a participar en 'We Are the World'. Acudió al estudio, habló poco, evitó el contacto visual con otras estrellas y, aunque cedió una de las mejores canciones del álbum que acompañaba al clásico, '4 the tears in your eyes', rehusó cantar en la grabación final. No se sentía cómodo rodeado de tanta gente. Aquella mezcla de genio, inseguridad y control absoluto fue una constante en su vida.
Lejos de acomodarse tras el éxito, Prince siguió arriesgando. En 1987 publicó 'Sign o’ the Times', para muchos su obra maestra, y poco después llegó 'Graffiti Bridge' (1990), secuela de 'Purple Rain' y banda sonora de otra película. Un disco irregular para la crítica, pero muy querido por sus seguidores, que contenía joyas como 'The Question of U', una de sus canciones más bellas y sensibles, donde Prince baja el tono, se muestra vulnerable y demuestra que, más allá de la provocación y el erotismo, sabía escribir sobre el amor con una delicadeza extraordinaria.
Otra faceta fundamental de Prince fue la de compositor para otros artistas, especialmente para mujeres, muchas de ellas carismáticas, bellísimas y con carreras impulsadas directamente por él. Canciones como 'Nothing Compares 2 U', inmortalizada por Sinéad O’Connor, 'Manic Monday' para The Bangles, 'I Feel for You' para Chaka Khan, 'The Glamorous Life' para Sheila E. o 'Love… 'Thy Will Be Done' para Martika llevan su firma. Prince tenía un don especial para escribir canciones que parecían hechas a medida de otras voces, aunque, en el fondo, también eran muy reconocibles como suyas.
Su guerra con la industria alcanzó su punto culminante cuando decidió renunciar a su nombre y sustituirlo por un símbolo impronunciable, como protesta por la falta de control sobre su obra. Se escribió además 'slave' en la cara, como declaración de principios. Prince defendió su independencia artística hasta el final, dejando claro que para él la música estaba por encima del negocio.
Su muerte, el 21 de abril de 2016, a los 57 años, dejó al mundo con una sensación amarga, de obra inacabada.
Prince renunció a su nombre para convertirse en un símbolo, sí, pero no solo en el sentido gráfico. Se convirtió también en símbolo de libertad creativa, de riesgo y de valentía artística.
Antes, ahora, y siempre será el artista conocido como Prince.
Linkedin: Rafael García-Purriños



