El pendulazo o el ancla
Había una vez un barco que parecía moverse mucho y, sin embargo, no iba a ninguna parte. Desde cubierta el espectáculo era magnífico. Unos días escoraba a estribor y los pasajeros de pro se persignaban como si se hundiera la civilización. Otros días escoraba a babor y los mismos pasajeros, con admirable elasticidad vertebral, proclamaban que al fin llegaba el progreso. Los grumetes discutían en cubierta, los camareros servían consignas en bandeja y los músicos de a bordo interpretaban, con profesional entusiasmo, la melodía favorita de nuestra época: la de que todo cambia muchísimo aunque casi nadie sepa explicar hacia dónde.
Los más sesudos lo resumían con una palabra de física de sobremesa: el péndulo. “No se alarmen”, decían con esa serenidad tan propia del comentarista que nunca se moja los zapatos. “Esto va y viene. Hoy un extremo, mañana el otro. Siempre vuelve”. Es una teoría muy consoladora, sobre todo para quienes jamás han tenido que achicar agua.
El inconveniente es que el barco seguía describiendo grandes gestos sin alterar lo fundamental. O peor aún, lo alteraba todo precisamente porque nadie miraba al fondo. Y en el fondo estaba el ancla.
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Durante años nos han explicado la vida pública como si fuese una oscilación mecánica. Un exceso provoca la corrección opuesta y asunto resuelto. Ahora que buena parte de la sociedad reacciona frente a la posmodernidad woke, la misma explicación ha vuelto a la mesa. Juan Soto Ivars ha popularizado el término pendulazo para describir esa reacción bronca y juvenil contra la imposición cultural de los últimos años. La palabra ha hecho fortuna porque nombra algo real. Hay hastío, hay rebeldía y hay, desde luego, ganas de devolver la colleja.
Hasta aquí, bien. O casi. Porque el péndulo solo sirve como metáfora si existe un punto fijo alrededor del cual oscilar. Y ese punto fijo, en una sociedad razonable, se llama sentido común. No hablo del sentido común como coartada del cuñado, sino como ese suelo previo sin el cual no puede haber discusión civilizada. El sentido común es aquello que puede ser pensado y dicho en la esfera pública sin necesidad de pedir perdón por haber conservado intacta la razón. Es lo que permite que un cerdo siga siendo un cerdo y no una construcción narrativa del porcino oprimido. Ahí está precisamente el problema. Lo que hemos sufrido no ha sido solo un movimiento del péndulo. Estamos ante un ancla desplazada. Se ha escorado tanto el barco en la superficie que acabó arrastrando el ancla por el fondo. Y cuando se mueve el ancla ya no basta un balanceo cortés. Hace falta una sacudida capaz de arrastrarla de vuelta.
Durante demasiado tiempo una parte del progresismo no se limitó a defender tesis discutibles, cosa perfectamente legítima en libertad. Hizo algo mucho más ambicioso y mucho más peligroso. Redefinió qué puede discutirse, qué debe callarse y qué está obligado a considerarse decente. El viejo déspota ordenaba obedecer. El nuevo prefiere educarte. Es más barato y, además, se siente moralmente superior. No te mete en la cárcel. Te mete en un taller de deconstrucción.
Por eso la reacción actual desconcierta tanto a los ingenieros del nuevo consenso. Esperaban obediencia fatigada, no resistencia. Esperaban crítica administrable, no rechazo visceral. Empujaron a una generación hacia un catecismo sentimental y ahora se escandalizan de que esa generación frene en seco o, aún más, empuje en dirección contraria. Es la típica escena del matón pedagógico que te arroja escaleras abajo y luego te acusa de violento por agarrarte a la barandilla.
En España esto ha tenido traducción jurídica. En nombre del progreso se han aprobado leyes que no se limitan a castigar abusos concretos, cosa razonable, sino que aspiran a fijar protocolos, lenguajes, pedagogías obligatorias y una determinada imagen moral del ciudadano aceptable. Es decir, no solo regulan conductas. Aspiran a orientar la imaginación cívica. No ordenan simplemente la convivencia. Fabrican el marco mental dentro del cual esa convivencia debe ser pensada a golpe de BOE.
Lo mismo ha sucedido a escala internacional en el mundo corporativo. Durante años no pocas empresas actuaron como catequistas de la nueva sensibilidad. Se diría que el consejo de administración había sido sustituido por una asamblea chamánica con departamento de márketing. Hasta que descubrieron esa herejía antiquísima que el mercado recuerda de vez en cuando en la que la superioridad moral performativa sale cara. Muchas grandes empresas que durante años actuaron como catequistas de la nueva sensibilidad hoy recortan, rebautizan o enfrían sus programas DEI. Reuters y AP han documentado durante 2024 y 2025 la retirada o revisión de estas políticas en compañías como Meta, Target, Walmart, Amazon o PepsiCo. Go woke, go broke les ha despertado de esa ensoñación. El capital, al final, tiene menos fe de la que aparenta y más olfato del que confiesa.
De ahí el error de quienes hablan del pendulazo como si bastara con esperar a que la sociedad se autorregule. No es así. Si el eje se ha movido, oscilar alrededor de él no devuelve la cordura. La aleja con disciplina geométrica. Si lo que hoy se tiene por normal descansa sobre ficciones convertidas en dogma, un simple vaivén no restablece el equilibrio. Apenas cambia el color de la locura.
Chesterton decía que cuando uno se acerca demasiado a un abismo, la única forma de avanzar es retrocediendo. Era una frase escandalosamente sensata. Solo a una civilización muy enferma podría parecerle retrógrado apartarse de un precipicio. Pero incluso esa imagen se queda corta. Porque aquí no solo nos hemos acercado al borde. Nos han movido el mapa y luego nos han dicho que llamemos paisaje a la grieta.
Por eso la metáfora buena no es el péndulo. Es el barco y su ancla. Una sociedad es un barco. Puede cabecear, corregir, equivocarse de rumbo y hasta soportar a su capitán de natación sincronizada. Todo eso entra dentro de la condición humana. Lo relevante es dónde está echada el ancla. Si el ancla permanece en fondo firme, los movimientos de superficie importan menos. Habrá histeria, habrá modas, habrá ministros con vocación de chamán y empresas que cambian de credo con la misma facilidad con la que cambian el logo del mes. Pero el barco no se pierde.
Ahora bien, si el ancla se ha desplazado con tanta legislación desnortada, ya no basta con decir “tranquilos, el péndulo volverá”. No volverá a ninguna parte digna de mención. Oscilará alrededor de un centro falso. Y entonces la corrección necesaria puede parecer brusca, incluso áspera de más. No porque la sociedad se haya vuelto loca de repente, sino porque intenta arrastrar el ancla de vuelta a un lugar habitable.
Lo que se advierte como pendulazo diría que se trata de otra cosa. No estamos viendo un simple exceso reactivo. Estamos viendo a una parte de la sociedad intuir, a veces torpemente y a veces con bastante resquemor, que el problema no estaba en la superficie sino en el fondo. No en el vaivén, sino en el punto de apoyo. No en el griterío de cubierta, sino en la fosa abisal donde algunos han ido hundiendo, ley a ley y consigna a consigna, el sentido común. Es muy posible que para devolver el ancla a un fondo firme y habitable vayamos a presenciar movimientos del barco con mucha mayor intensidad de la que hoy se advierte.
Y mientras media clerecía cultural siga hablando del péndulo con ese aire de profesor de física moral, seguiremos sin mirar al fondo. Seguiremos discutiendo si la oscilación es elegante o grosera, centrista o reaccionaria, sin formular la única pregunta importante. Quién movió el ancla. Y sobre todo, quién pretende ahora convencernos de que lo sensato no es devolverla a su sitio, sino resignarnos a vivir permanentemente escorados.
Linkedin: César Nebot Monferrer



