Viernes, 17 de Abril de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNIrán, Israel, EE UU y la UE: del lenguaje moral a la lógica de la supervivencia
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Rubén Darío Torres Kumbrián

Irán, Israel, EE UU y la UE: del lenguaje moral a la lógica de la supervivencia

 

Europa no ignora lo que ocurre en Irán; lo sabe con precisión clínica y, sin embargo, actúa como si ese conocimiento no obligara a nada decisivo. En 2025, la República Islámica ejecutó al menos 1.639 personas -un aumento del 68% respecto a las 975 de 2024- según el informe de febrero de 2026 de 'Iran Human Rights' (Oslo) y 'Together Against the Death Penalty' (París), cifra considerada “mínimo absoluto” por la opacidad del régimen.

 

Amnistía Internacional sostiene que Irán es el país con más ejecuciones per cápita del mundo, solo superado en términos absolutos por China, cuyas cifras no son verificables. No son desviaciones puntuales: es un sistema que ha integrado la muerte como instrumento de gobierno, una arquitectura que castiga, escenifica y comunica.

 

[Img #12424]Las 48 mujeres ejecutadas en 2025 -máximo en más de dos décadas-, las once ejecuciones públicas y el hecho de que casi la mitad fueran por delitos de drogas en procesos sin garantías mínimas no son anomalías, sino una lógica de control mediante el terror legalizado.

 

Pero estas cifras quedan ensombrecidas por enero de 2026. Un informe de Time (marzo 2026), basado en fuentes del ministerio de Salud iraní, situó en al menos 30.000 los muertos en 48 horas, frente a los 3.000 oficiales. El sistema sanitario colapsó y se recurrió a remolques frigoríficos para transportar cadáveres.

 

UE: condena sin consecuencias

 

Mahmood Amiry-Moghaddam, director de Iran Human Rights, lo formuló en febrero de 2026: “El mensaje es que tienen el poder de matar cada día”. No era solo interno; era externo. Y Europa lo recibió.

 

Lo recibió, lo reconoció e integró en su cálculo. La Unión Europea ha condenado estas prácticas; el Servicio Europeo de Acción Exterior emitió declaraciones en enero y marzo de 2026 contra ejecuciones y represión, y el Consejo aprobó sanciones ese mismo mes. Todo forma parte del expediente.

 

Pero la cuestión no es la condena, sino su jerarquía política. La UE no ha convertido la abolición de la pena de muerte en condición estructural de su relación con Irán; no la ha fijado como requisito ni como línea roja.

 

Raphaël Chenuil-Hazan lo dijo en París en febrero de 2026: “Pongan la pena de muerte en el centro de todos los acuerdos”. Europa no lo ha hecho. Y en política internacional, lo no condicionado termina siendo tolerado.

 

España: diplomacia con jerarquía de costes

 

La política exterior de Pedro Sánchez no es incoherencia, sino jerarquía de costes. Frente a China, primer ejecutor mundial en términos absolutos y opaco en sus cifras, la interdependencia limita la presión.

 

Frente a Irán, con 1.639 ejecuciones en 2025, la lógica es preservar interlocución. Tras enero de 2026, cuando Time (25 enero 2026) sitúa hasta 30.000 muertos en 48 horas de represión con colapso sanitario, nada altera la relación.

 

En cambio, frente a Benjamin Netanyahu, donde el coste de la crítica es bajo y la presión interna alta, la posición es más dura. No es contradicción: es patrón. Intensidad crítica inversamente proporcional al coste político.

 

La sociedad civil española no convierte estos datos en presión sostenida. Hay información, no urgencia. Sin coste interno no hay acción externa. La indignación sin consecuencias es inacción.

 

El resultado es estructural: no importa qué se condena, sino qué se está dispuesto a arriesgar. Si 30.000 muertos en 48 horas y 1.639 ejecuciones anuales no alteran nada, el problema no es Irán. Es Europa y España.

 

El fin de la moral como lenguaje operativo del poder

 

En última instancia, lo que se observa en Oriente Medio no es una guerra de valores, sino una colisión de arquitecturas de seguridad. Estados Unidos no estructura su política hacia Irán desde los derechos humanos como variable decisiva, sino desde la preservación de un sistema de aliados cuya estabilidad considera vital para su posición global. Ese sistema incluye a Israel como pivote militar en el Mediterráneo oriental; a Arabia Saudí como eje energético y contrapeso en el Golfo; a Emiratos Árabes Unidos como nodo financiero regional; y a Jordania y Egipto como Estados amortiguadores cuya estabilidad limita el colapso.

 

En ese marco, la confrontación con Irán es estructural: impedir la consolidación de una esfera de influencia articulada a través de redes estatales y paraestatales -Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen, y estructuras en Siria e Irak- que erosionan el monopolio de la fuerza estatal y reconfiguran el equilibrio regional mediante guerra asimétrica.

 

Israel no actúa desde abstracción doctrinal, sino desde densidad estratégica extrema: un Estado de profundidad limitada, rodeado por actores hostiles o inestables, que interpreta la consolidación de capacidades militares en Gaza o el sur del Líbano como problema de supervivencia. No es castigo, sino prevención; no justicia, sino continuidad.

 

La política de Washington no es cruzada moral ni incoherencia selectiva, sino gestión de alianzas bajo presión constante. En estos sistemas, la prioridad no es la perfección ética, sino la estabilidad. Las potencias no eligen entre buenos y malos, sino entre riesgos. Cuando está en juego la supervivencia de una red de aliados -Israel, Arabia Saudí, Emiratos, y el eje egipcio-jordano- la política exterior es contención, disuasión y equilibrio duro.

 

La Unión Europea no actúa desde la ausencia de información, sino desde la gestión del coste. Conoce la magnitud de las ejecuciones en Irán, registra sus incrementos y acompaña el ciclo de sanciones y condenas, pero no eleva esos hechos al nivel de condición estructural de su política exterior.

 

La moral está presente en el discurso, pero no opera como criterio vinculante en la decisión. En su lugar, prevalece una lógica de estabilidad, interlocución y control del riesgo sistémico. El resultado no es la negación de los principios, sino su subordinación funcional: la moral no desaparece del lenguaje europeo, pero deja de ser el instrumento operativo que ordena la acción del poder.

 

No es narrativa. Es continuidad estratégica. La moral no desaparece, pero deja de ser lenguaje operativo del poder.

 

Email: Rubén Darío Torres

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