Lunes, 20 de Abril de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEsos mal llamados líderes
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Lucio Fernández

Esos mal llamados líderes

 

En ocasiones el lenguaje te ayuda a definir correctamente a una persona, un comportamiento, un paisaje, una situación, …

 

Tenemos la tremenda suerte de tener a nuestra disposición para comunicarnos un idioma fantástico: el español. Más de 635 millones de personas hablan este idioma y Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora, Vargas Llosa o Benedetti lo han utilizado a lo largo de la historia de manera magistral para hablar de costumbres, amores, aventuras o ideas.

 

Estamos en la era de la infoxicación, como muy acertadamente definió Alfons Cornella, donde el volumen de datos supera nuestra capacidad de procesamiento, provocando estrés, ansiedad y dificultad para tomar decisiones.

 

El mundo se tambalea por culpa, principalmente, de los conflictos globales en los que estamos inmersos: Ucrania -que quiero recordar que sigue ahí-, Líbano, Irán, … , y por culpa de los sujetos que dirigen los países. En este entorno, la prensa suele utilizar un término que, en mi opinión, no es nada acertado: líderes mundiales.

 

Los medios utilizan este término para referirse a Donald Trump, Giorgia Meloni, Emmanuel Macron, Benjamín Netanyahu, Vladimir Putin, Pedro Sánchez, … ¿De verdad podemos llamar líderes a estos dirigentes?

 

El hecho de gobernar un país, donde cada uno ha llegado a la cima de aquella manera, no te da el poder de ser líder. Sí que tienes el título de mandatario, primer ministro o presidente, pero no el de líder. Al igual que un CEO de una compañía no tiene por qué ser un buen líder.

 

Un líder no manda, influye. No genera miedo, sino confianza. No utiliza el engaño, sino la verdad. No genera corrupción, sino transparencia. En definitiva, un líder tiene por bandera la ética y la coherencia.

 

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Y aquí es donde la conversación debería elevarse, porque cuando hablamos de esos “mal llamados líderes” políticos no estamos simplemente cuestionando a determinadas figuras concretas como Donald Trump, Vladimir Putin, Emmanuel Macron o Pedro Sánchez, sino que estoy poniendo sobre la mesa una reflexión mucho más profunda sobre qué entendemos realmente por liderazgo en el contexto global actual.

 

Porque si algo caracteriza el momento que vivimos no es solo la complejidad geopolítica, ni la acumulación de conflictos abiertos, ni siquiera la velocidad con la que cambia el tablero internacional, sino la sensación creciente de que quienes están al frente de las decisiones más importantes del mundo no siempre actúan desde los principios que, en teoría, deberían definir a un verdadero líder.

 

Es necesario mirar con cierta perspectiva, ya que muchos de estos dirigentes han sido elegidos democráticamente, han alcanzado posiciones de máximo poder y cuentan con estructuras enormes de apoyo, asesoramiento y comunicación, pero aun así generan más división que cohesión, más ruido que claridad y, en demasiadas ocasiones, más incertidumbre que dirección.

 

El problema no reside únicamente en las decisiones que toman, sino en la forma en la que las toman y, sobre todo, en la intención que parece haber detrás de ellas, porque cuando el foco se desplaza del bien común a la supervivencia política, el liderazgo deja de ser una herramienta de construcción para convertirse en un mecanismo de control.

 

En este sentido, uno de los rasgos más preocupantes del liderazgo político actual es la tendencia a priorizar el relato sobre la realidad, construyendo discursos que buscan reforzar posiciones propias o debilitar al adversario, aunque eso implique tensar sociedades, simplificar problemas complejos o incluso alimentar narrativas que poco tienen que ver con los hechos.

 

Y esto, lejos de ser una cuestión menor, tiene un impacto directo en la confianza, que es, al fin y al cabo, el verdadero activo de cualquier líder, porque cuando la ciudadanía percibe incoherencia, oportunismo o falta de transparencia, lo que se erosiona no es solo la imagen de una persona, sino la credibilidad de todo el sistema.

 

Lo paradójico es que, en paralelo, seguimos utilizando el término “líder” con una ligereza que debería hacernos reflexionar, como si el hecho de ocupar una posición de poder implicara automáticamente la capacidad de influir de manera positiva, de generar confianza o de actuar con coherencia, cuando la realidad nos demuestra, una y otra vez, que no siempre es así.

 

De hecho, si analizamos con cierto rigor el comportamiento de muchos de estos dirigentes, observamos patrones que se alejan claramente de lo que cabría esperar de un liderazgo sólido, como la dificultad para asumir errores, la tendencia a externalizar responsabilidades, la utilización estratégica del conflicto o la toma de decisiones orientadas más al corto plazo que a la construcción de soluciones sostenibles.

 

Con todo este contexto la palabra “líder” empieza a perder sentido, porque un verdadero líder no necesita reforzar constantemente su posición, ni construir enemigos para justificar su discurso, ni manipular la percepción para mantener el control, sino que basa su legitimidad en la coherencia, en la capacidad de generar confianza y en su compromiso con un propósito que va más allá de su propia permanencia.

 

Si lo llevamos a una analogía sencilla, podríamos decir que muchos de estos “mal llamados líderes” se comportan más como gestores de poder que como constructores de futuro, lo que explica, en gran medida, por qué el mundo avanza con tanta incertidumbre a pesar de contar con recursos, conocimiento y talento más que suficientes para afrontar los grandes retos globales.

 

Esto me hace pensar que quizás el problema no es que falten personas capaces de liderar, sino que el sistema, tal y como está configurado, no siempre favorece que ese tipo de liderazgo emerja o se mantenga, premiando en muchas ocasiones perfiles que destacan más por su capacidad de competir, resistir o imponerse que por su habilidad para construir, integrar o transformar.

 

Es aquí cuando la analogía con la empresa aparece casi de forma natural, aunque no sea el foco principal, porque al igual que ocurre en el ámbito político, también en las organizaciones se confunde con frecuencia el acceso al poder con la capacidad de liderar, lo que genera estructuras donde la posición pesa más que la influencia y donde el cargo sustituye, de forma peligrosa, a la legitimidad.

 

Sin embargo, la gran diferencia es que en la política las consecuencias de un mal liderazgo tienen un alcance mucho mayor, ya que impactan en sociedades enteras, en economías completas y, en algunos casos, en la estabilidad global, lo que hace todavía más relevante abrir este debate con honestidad y sin matices innecesarios.

 

Porque, en el fondo, la pregunta que deberíamos hacernos no es si determinados dirigentes son o no líderes, sino qué estamos dispuestos a aceptar como liderazgo en el mundo que estamos construyendo, y hasta qué punto estamos normalizando comportamientos que, si los observáramos en otros contextos, nos resultarían claramente inaceptables.

 

Y aquí es donde todo se vuelve especialmente relevante, porque el lenguaje no es inocente, y seguir llamando “líderes” a quienes no actúan como tales no sólo genera confusión, sino que también contribuye a consolidar un modelo que, lejos de inspirar, termina desgastando la confianza colectiva.

 

Por eso, quizá ha llegado el momento de ser más precisos, más exigentes y, sobre todo, más honestos, empezando por dejar de utilizar palabras que no reflejan la realidad que tenemos delante. Los medios de comunicación deberían ser los primeros que utilizaran de manera correcta nuestro maravilloso idioma y llamar a cada cosa por su nombre.

 

El liderazgo implica influir de manera positiva, construir confianza y actuar con coherencia en beneficio de los demás. Supone dejar un legado donde las personas puedan desarrollarse desde la libertad, la transparencia, la ética, el respeto mutuo, construyendo sociedades más justas, más libres y más sostenibles.

 

Linkedin: Lucio Fernández

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