Miércoles, 22 de Abril de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLas neuronas espejo en la empresa
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Gabriel Vivancos

Las neuronas espejo en la empresa

 

Anoche, en el libro que estoy leyendo aprendí que la mente humana no se puede entender sin la capacidad que tienen ciertas células nerviosas para activarse como si nosotros mismos estuviéramos haciendo lo que vemos que hacen otros.

 

Estas células se descubrieron en los años 90, en el ámbito de la neurociencia, observando cómo los cerebros se activaban no sólo al realizar una acción, sino también al ver a otro hacerla.

 

El ser humano no sólo replica lo que ve, también lo siente. Forma parte de nuestra capacidad de aprendizaje y es precisamente una diferencia esencial con el resto del reino animal.

 

Estas células reciben por ello el nombre de neuronas espejo puesto que detectan la intención que hay detrás de un determinado comportamiento y por tanto permiten intuir o deducir lo que los demás piensan o sienten en ese momento. Se podría decir que son, de algún modo, la base biológica de la empatía.

 

Son tan imprescindibles para la interacción social que su alteración produce trastornos del espectro autista puesto que estas personas tienen serias dificultades para entender la mente de los demás.

 

Estamos pues, normalmente diseñados para copiar, sentir y sincronizarnos con los demás.

 

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En la vida cotidiana nuestras neuronas espejo están continuamente en funcionamiento, porque somos seres que vivimos rodeados de otros y en consecuencia influimos y nos influyen sin cesar.

 

En una empresa, por ejemplo, ocurre constantemente.

 

No hace falta que nadie diga “estamos tensos” para que la presión exista. Basta con que alguien (sobre todo el líder) entre a una reunión con el gesto rígido, la voz cortante, los movimientos bruscos, para que el ambiente, quizá relajado con antelación, se transforme en hostil. Lo mismo sucede al revés: una persona serena que escucha con atención real, puede bajar el volumen emocional de toda una sala sin ni siquiera proponérselo.

 

Las neuronas espejo no sólo replican gestos, también amplifican climas.

 

Por eso hay equipos que parecen respirar juntos y otros sin embargo viven en una fricción constante. En los primeros hay una coherencia invisible, gestos de comprensión sostenidos, silencios que no incomodan, ritmos compartidos. En los segundos, por contra, cada interacción arrastra una pequeña tensión que nadie dice pero todos, aunque sea de forma inconsciente, sienten.

 

No se trata de forzar emociones, porque las neuronas espejo detectan lo impostado y sería peor el remedio que la enfermedad. Se trata más bien de tomar conciencia de que cada gesto tiene eco en el otro y que lo que sentimos importa, incluso cuando no lo decimos.

 

Habrá momentos en que, incluso, sea necesario mostrarse molesto, porque realmente lo estemos, pero seguro que hay otras tensiones que podemos evitarnos y evitarles a los demás. Y aquí es donde cobra mucha relevancia “las formas”.

 

Un amigo psicólogo me habló de su teoría del “bocadillo de sobrasada”: “Dile a alguien que se coma la primera rebanada de pan solo y luego la sobrasada sola para terminar con la otra rebanada, todo separado. Le será intragable. Ahora dile que se coma el pan untado en sobrasada, seguro que lo disfruta”.

 

La reprimenda siempre debe ir untada de lo positivo y lo negativo porque sólo así podrá ser digerido y entendido por nuestro interlocutor.

 

Al final, una organización que funciona no es sólo lo que hace. Es también el sentimiento de orgullo por ser parte de ella. Es el refuerzo positivo por el sentido de pertenencia a algo y a alguien con quienes nos identificamos. Y esa sensación, difícil de medir, imposible de ignorar, se construye en gran parte a través de esos pequeños espejos invisibles que todos llevamos dentro. 

 

Linkedin: Gabriel Vivancos

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