España: antisemitismo camuflado en antiisraelismo
La International Holocaust Remembrance Alliance no clausura el debate: lo disciplina. Criticar a Israel es legítimo; deja de serlo cuando deriva en doble rasero, negación de su existencia o imputación colectiva.
En España existe una zona híbrida: no todo antiisraelismo es antisemitismo, pero parte del antisemitismo actual se camufla como tal. 2024–2026 no lo inventa: lo acelera.
Su rasgo es la intermitencia: un fenómeno reactivo, episódico y de rápida activación. El riesgo está en la zona gris donde el lenguaje se degrada sin coste: la crítica se vuelve insinuación, la emoción sustituye al juicio y el silencio normaliza la ambigüedad.
No es Israel: es España y los españoles frente a nuestras derivas cognitivas. Lo que no se nombra en política no se evita y aquí se consuma en antisemitismo. Cuando llega la realidad, ya no hay matices: o gobierno o deriva. El resto es evasión o negación. Derivas paralelas se traducen en islamofobia y antiinmigración.
El antisemitismo contemporáneo en España no destaca por su espectacularidad, sino por su forma: difusa, reactiva y semánticamente desplazada. No aparece como sistema doctrinal, sino como constelación de actitudes y marcos narrativos que emergen según el contexto internacional.
Hannah Arendt habría reconocido no una ideología organizada, sino una mutación del prejuicio en lenguaje ordinario: aquello que, al circular sin reflexión, se normaliza como “sentido común moral”. El riesgo no está en la excepción, sino en la banalidad de la reiteración.
Niveles: un fenómeno bajo en stock, alto en activación
Los datos de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, OBERAXE y observatorios especializados sitúan a España en un nivel comparativamente bajo de antisemitismo estructural en Europa. Sin embargo, esta baja densidad no equivale a irrelevancia: la clave no es el stock, sino la capacidad de activación.
Desde 2023–2024 se observa un aumento significativo de incidentes, especialmente tras la escalada del conflicto Israel-Gaza en octubre de 2023: en Estados Unidos, la ADL registró más de 8.800 casos en 2023 (≈+140% respecto a 2022), y en el Reino Unido el CST más de 4.100, el nivel más alto registrado; en Europa, Francia y Alemania reportaron incrementos de dos dígitos.
En España, el Observatorio de Antisemitismo (FCJE) refleja el mismo quiebre: tras el 7 de octubre de 2023 los incidentes pasan de decenas a varios centenares en 2023–2024, concentrados en el último trimestre y con fuerte presencia en redes y episodios de hostilidad pública.
Este patrón sugiere un antisemitismo reactivo: latente pero intensificable bajo alta carga emocional internacional. La paradoja es clara: mientras el conjunto de delitos de odio se mantiene relativamente estable, el antisemitismo muestra picos desproporcionados, indicando una dinámica específica de movilización simbólica vinculada a coyunturas geopolíticas. En el espacio digital, la difusión de contenidos de odio amplifica el fenómeno y reduce su umbral de legitimación.
Vectores: tres estratos superpuestos
El antisemitismo en España opera como capas históricas parcialmente activas:
Antisemitismo clásico residual: de raíz religiosa o racial. Socialmente deslegitimado, pero no desaparecido; actúa como fondo latente activable en crisis.
Antisemitismo cultural latente: sedimentación histórica de estereotipos que no estructuran el discurso público, pero condicionan su recepción.
Antisemitismo transfigurado y dominante: núcleo contemporáneo. Se expresa como crítica radical a Israel que, en ciertos contextos, deriva en atribución colectiva. Opera un desplazamiento del Estado a la identidad.
Esta última es la zona más inestable: donde la crítica pierde precisión analítica y adquiere densidad moralizante.
Izquierdas: universalismo moral y riesgo de transferencia
En sectores de izquierda, el marco poscolonial tiende a concentrar la carga normativa sobre Israel. No implica antisemitismo necesario, pero sí riesgo de derivación. El problema no es la crítica, sino la economía de equivalencias: cuando la asimetría política se vuelve narrativa totalizante, el Estado deja de analizarse y pasa a moralizarse, pudiendo reemerger “lo judío” como categoría difusa.
Derechas: alineamiento estratégico y residuos semánticos
En las derechas liberal-conservadoras predomina un filo sionismo geopolítico. El antisemitismo explícito es marginal, pero en los márgenes populistas persisten matrices conspirativas difusas. No es antisemitismo doctrinal, sino su sombra semántica: formas que pueden reactivarse según el contexto.
Zona gris: el verdadero espacio de riesgo
La verdadera fricción no aparece en el antisemitismo explícito, que es fácil de identificar y condenar, sino en ese territorio intermedio donde se mezclan, sin orden ni conciencia de sus límites, el anti-israelismo político, la indignación moral difusa y ciertos ecos de estereotipos históricos que reaparecen disfrazados de juicio contemporáneo.
En ese sentido, el marco de la International Holocaust Remembrance Alliance no pretende clausurar el debate, sino establecer un perímetro mínimo de inteligibilidad. Sin embargo, ese perímetro pierde eficacia allí donde, en la práctica discursiva, la diferencia entre crítica política legítima y deriva hacia la generalización identitaria se vuelve borrosa o directamente irrelevante.
Es precisamente en esa zona de ambigüedad donde el lenguaje deja de asumir plenamente sus consecuencias. Lo que comienza como crítica se desliza hacia la insinuación, la insinuación se estabiliza como hábito retórico, y el hábito, repetido sin reflexión, termina por naturalizar formas de percepción que ya no distinguen con claridad entre análisis político y carga identitaria.
España es un país donde el antisemitismo puede activarse con rapidez bajo condiciones internacionales específicas.
Arendt advertiría que el peligro no reside en la convicción ideológica extrema, sino en la erosión progresiva del juicio. Allí donde el lenguaje deja de discriminar con precisión, la política deja de pensar. Y cuando el pensamiento abdica de su función crítica, lo que emerge no es una ideología coherente, sino una inercia moral: una repetición sin examen, una circulación de lugares comunes que vacían el significado y automatizan la sospecha. En ese ecosistema, la responsabilidad individual se diluye en la comodidad del consenso implícito.
Y en ese punto, la zona gris deja de ser analítica y se vuelve antisemita.
A partir de ahí, ya no hablamos de error, sino de renuncia a la capacidad misma de distinguir. Y cuando esa renuncia se normaliza lo inaceptable deja de percibirse, y comienza a desplazarse hacia la tragedia.
Email: Rubén Darío Torres



