La neoesclavitud digital
La identidad digital (ID) se presenta hoy como una pieza clave de la sociedad hipertecnologizada, como una herramienta necesaria para moverse en las redes sociales o realizar trámites administrativos cuyo objetivo es lograr una total transparencia ciudadana. Sin embargo, este ADN digital universal, en el que todos nuestros datos personales estarán depositados, puede ser visto como una realidad endeble para unos, hackeable para otros o incluso como un encerramiento virtual donde los individuos podrían quedar relegados a meros entes biométricos que requerirán, para tener carta de ciudadanía, una verificación legible dentro del universo matrix.
Visto así, la ID creará, probablemente, una forma de vida y de relaciones sociales de cierta esclavitud, al introducir identitariamente al ser humano, para cualquier interacción de reconocimiento social, en una especie de jaula virtual con continuos registros de autentificación y validación. De este modo, los ciudadanos que no participasen de esta neorealidad podrían ser privados de derechos o quedar relegados a una ciudadanía de segunda o tercera división, en una clara situación de discriminación y/o exclusión, creándose un mundo artificioso y dicotómico de hombres visibles (los digitalizados) y de hombres invisibles (los no digitalizados). Aunque, como en todo, los problemas o injusticias no derivarían de la ID en sí, sino del uso o abuso que se haga de la misma.
![[Img #12546]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/04_2026/6502_identidad-digital.jpg)
Asistimos en las últimas décadas a una tiranía globalista, con exigencias y obligaciones geopolíticas de todo tipo, algunas de ellas todavía ignotas para nosotros, de la que resulta casi imposible escapar. La ID será, sin duda, una de ellas… Desde una visión crítica, podríamos atisbar que los ideólogos del pensamiento mundial han ingeniado -para los ciudadanos de este planeta- un sistema de identificación biométrica y facial que, con la excusa de garantizar la accesibilidad y proteger la seguridad de niños y adolescentes en las redes sociales (ciberbullying, grooming, sexting, sextorsion, etc.), servirá de base para ejercer un control poblacional nunca visto hasta ahora.
Control que no sólo se limitará a identificarnos personalmente en todo momento, sino a rastrear nuestras acciones, vigilar nuestros movimientos, conocer nuestra geolocalización y observar cualquier acto humano que hagamos. Con esta artimaña, no sólo cederemos gratuitamente nuestras libertades al Estado, a quien confiaremos todos nuestros datos y privacidades, sino que podríamos convertiremos en ciudadanos dependientes de un sistema digital totalitario del que resultase imposible escapar.
Una ID, la que algunos organismos internacionales como la ONU, la OMS o la UE están promoviendo, que nos será impuesta sibilinamente a todos en la esfera de lo público y quizás, más adelante, incluso en el ámbito de lo privado, emulando lo que profetizó George Orwell en su novela distópica '1984', donde reinaba un Estado de vigilancia total en el que la libertad humana simplemente dejó de existir.
Muchos de los llamados “despiertos” empiezan a vislumbrar que un proyecto así de ID, mal aplicada, podría significar el final de nuestro libre albedrío, tal y como lo conocemos, así como la antesala de una prisión digital irreversible o de imposible retorno. De hecho, si así sucediera, con el desarrollo de la ID se concedería un poder cuasi absoluto a los gobernantes, que podrían utilizarlo para fiscalizar, espiar, censurar o tutelar continuamente cualquiera de nuestras acciones. Caeríamos, pues, en un modus vivendi marcado por la dialéctica del control y del permiso por parte de los respectivos gobiernos, convirtiéndonos en ciudadanos expuestos, si se hiciera un uso maleficente de la misma, al albur de gobernantes absolutistas, corporaciones corruptas o tecnócratas autoritarios.
Ante este escenario dantesco, surge el dilema entre resistir o sucumbir al sometimiento que nos podría traer la neoesclavitud de la ID pues, aunque presenta beneficios indiscutibles, entraña inexorablemente la imposibilidad de asegurar la privacidad de nuestros datos personales, encriptados en espacios virtuales o en nubes cibernéticas, que se verían abocados al peligro de los ciberdelincuentes (robos, suplantación de identidad, creación de identidades clónicas o falsas, extorsión, fraudes, estafas financieras, ciberacoso, daños contra la reputación cibernética, etc.) o al riesgo del control tiránico que los responsables de su custodia podrían ejercer contra nosotros.
Es evidente que cada vez más utilizamos internet para trabajar, comunicarnos o simplemente vivir, de ahí la visión optimista que una ID global resulta ya imprescindible para todos. Sin embargo, la realidad es que dicha ID global entrañaría una amenaza para la libertad de las personas (ciberdelitos), un riesgo de vulnerabilidad frente ataques a nuestras identidades (ciberdesprotección) y un temor a ser continuamente controlados (cibervigilancia).
La cuestión no es si la ID llegará así, tal y como algunos la han diseñado o como otros la imaginamos, sino bajo qué condiciones de ciberseguridad se implementará y sobre qué límites de consentimiento será aceptada. Con todo, quizá el verdadero desafío no consista en digitalizar nuestras vidas, sino en evitar que, en ese proceso, la identidad humana quede reducida solo a lo que pueda ser verificado y autorizado, esto es, en impedir que el homo naturalis se convierta en un mero homo digitalis o, peor aún, que este último sea el único homo real.
Linkedin: José García Férez



