El impuesto oculto… y el problema que nadie está mirando en las empresas
En los últimos años hemos normalizado un fenómeno fiscal que apenas se debate en público y que, sin embargo, está teniendo efectos profundos tanto en el bolsillo de las personas trabajadoras como en la operativa diaria de las empresas: la progresividad en frío.
El mecanismo es conocido, pero rara vez se explica con claridad. Cuando la inflación eleva los salarios en términos nominales, pero los parámetros del IRPF, como tramos, mínimos y reducciones, no se actualizan en la misma proporción, el contribuyente paga más impuestos sin haber mejorado su capacidad económica real. A veces, incluso habiéndolo empeorado, debido a la inflación.
No hay una subida formal. No se aprueba expresamente en el Parlamento. No se anuncia en rueda de prensa. Pero ocurre.
![[Img #12615]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/05_2026/1706_jose-ramon.jpg)
Y ocurre de forma acumulativa. Diversos análisis de organismos como Funcas han puesto de manifiesto cómo, en los últimos años, la falta de indexación del IRPF a la inflación ha incrementado la carga fiscal efectiva, especialmente en las rentas bajas y medias. Es, en esencia, una transferencia silenciosa desde el contribuyente hacia la recaudación pública.
Hasta aquí, el debate podría parecer estrictamente fiscal. Pero no lo es. Porque cuando el sistema deja de ser neutral, empieza a alterar comportamientos. Y ahí es donde la cuestión trasciende la política tributaria y entra de lleno en la gestión empresarial.
El segundo elemento, mucho menos analizado, es el diseño fiscal en torno al Salario Mínimo Interprofesional.
En 2026, el SMI se sitúa en 17.094 euros brutos anuales. Se han introducido mecanismos para que, en ese entorno, la tributación efectiva sea reducida o prácticamente nula. Aparentemente, la intención es clara: proteger el poder adquisitivo de los salarios más bajos.
El problema aparece inmediatamente después. Cuando una persona trabajadora cercana al SMI realiza horas extra, percibe nocturnidad, accede a un incentivo de productividad o mejora mínimamente su salario, entra en una zona del sistema donde no solo empieza a tributar, sino que además pierde de forma radical reducciones y beneficios fiscales.
El resultado es un tipo marginal efectivo demasiado elevado para niveles de renta muy bajos, si se consideran conjuntamente el IRPF, las cotizaciones y la retirada de dichos beneficios.
Y esto no es una abstracción técnica. Se traduce en decisiones concretas dentro de las empresas: trabajadores que rechazan hacer horas extra, dificultad para incentivar la productividad, sensación de agravio cuando cobrar más no se traduce en ganar más, tensiones en la organización de turnos y una creciente complejidad en el diseño de políticas retributivas.
Dicho de forma directa, el problema no es cuánto se paga en el SMI, sino qué ocurre cuando alguien intenta ganar un poco más.
Y es ahí donde ambos fenómenos, la progresividad en frío y el diseño fiscal del SMI, se combinan y amplifican sus efectos.
Porque la persona trabajadora no parte de un sistema actualizado a la realidad económica, sino de uno que ya ha incrementado su carga fiscal de forma silenciosa. Y cuando mejora su renta, lo hace dentro de un esquema donde desaparecen mecanismos de protección y aumenta rápidamente su tributación efectiva.
El resultado es una zona del sistema en la que el esfuerzo adicional tiene una traslación negativa en renta disponible.
En términos económicos, es un desincentivo. En términos empresariales, es un problema operativo. Porque cuando el sistema penaliza, aunque sea de forma indirecta, el paso a ganar algo más, lo que se resiente no es únicamente la nómina. Se resiente la productividad, la organización del trabajo y, en última instancia, la competitividad de la empresa.
El debate sobre el SMI es necesario. Y el debate sobre pagar impuestos de forma justa, también. Pero el problema no se arregla poniendo parches alrededor del salario mínimo. El problema de fondo es que el IRPF no se ha ajustado suficientemente a la subida de los precios.
Lo razonable sería actualizar las tablas, los mínimos y las reducciones del IRPF para que quien cobra el SMI no pague, pero que quien lo supere empiece a pagar poco a poco, de forma gradual y proporcional. No con saltos bruscos ni con pérdidas de renta que el trabajador no entiende.
El Gobierno suele decir que deflactar el IRPF beneficia a los ricos. Pero esta explicación es demasiado simple. Deflactar no significa regalar impuestos. Significa evitar que Hacienda cobre más a una persona solo porque su salario ha subido por la inflación, aunque en realidad pueda comprar lo mismo o incluso menos que antes.
Además, el mayor impacto no lo sufren solo las rentas altas. Lo sufren especialmente las rentas bajas y medias, porque son muchas más personas y porque cada euro de renta disponible les importa mucho más.
Si un trabajador cobra algo más solo porque todo está más caro, pero sigue viviendo igual o peor, no parece razonable que pague más IRPF. Y si, además, cuando hace horas extra, percibe algún plus por su trabajo o cobra un pequeño incentivo por su productividad, buena parte de ese esfuerzo se pierde en impuestos o en la desaparición de ayudas fiscales, el mensaje que recibe es muy claro: esforzarse más no siempre compensa.
Si ganar más no implica ganar mejor, el sistema atrapa a las rentas bajas, desincentiva su progreso y deja a las empresas sin una palanca esencial para crecer: una mano de obra que no está motivada por el esfuerzo, la productividad y la mejora salarial real.
España necesita un IRPF progresivo, sí. Pero progresivo de verdad. No un sistema que recauda más por inflación, que protege artificialmente un punto concreto de renta y que, justo después, penaliza fiscalmente a quien intenta mejorar.
Linkedin: José Ramón García Mateo



