Jueves, 14 de Mayo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa guerra preventiva (V). Epílogo: Cuando el derecho se arrodilla ante la fuerza
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Pedro Manuel Hernández López

La guerra preventiva (V). Epílogo: Cuando el derecho se arrodilla ante la fuerza

 

La serie 'Guerra, derecho y poder en el siglo XXI' ha tratado de examinar un fenómeno incómodo, pero cada vez más evidente, el progresivo divorcio entre el derecho internacional proclamado y la realidad del poder que lo aplica —o lo ignora— según convenga. Tras el final de la Guerra Fría muchos creyeron que el mundo entraba en una era regida por normas ya establecidas, instituciones multilaterales y consensos jurídicos. Tres décadas después, la evidencia apunta en dirección contraria: el sistema internacional vuelve a organizarse -como tantas veces ya lo hizo- en la historia, alrededor de la "fuerza", la "capacidad tecnológica" y los "intereses estratégicos" de los Estados.

 

Las guerras contemporáneas ya no se justifican solo por invasiones territoriales clásicas. Se presentan como operaciones preventivas, acciones contra el terrorismo, defensa de minorías, protección de rutas estratégicas o, incluso, intervenciones humanitarias. El lenguaje jurídico se ha sofisticado --pero con mucha frecuencia-- su función no es limitar el poder, sino legitimar decisiones previamente tomadas por razones geopolíticas. El derecho internacional se convierte así en un campo de batalla interpretativo donde cada actor invoca los principios que más le convienen.

 

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El siglo XXI ha demostrado también que la arquitectura institucional -surgida tras el  año 1945- muestra claros signos de agotamiento. El sistema del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -concebido para evitar conflictos entre grandes potencias- queda paralizado precisamente cuando esas potencias forman parte del problema. El veto se ha transformado en un instrumento de bloqueo más que en una garantía de equilibrio. Mientras la diplomacia se estanca, las decisiones estratégicas se desplazan hacia alianzas militares, coaliciones circunstanciales y acuerdos bilaterales que  escapan a los tradicionales marcos jurídicos.

 

A esta transformación se suma un factor decisivo: la revolución tecnológica aplicada al poder militar. La guerra ya no se libra únicamente con ejércitos sobre el terreno. Hoy también se combate en el ciberespacio, en los satélites, en la inteligencia artificial y en el control de infraestructuras críticas. La superioridad tecnológica se ha convertido en una forma de soberanía efectiva. 


Los Estados que dominan estos ámbitos amplían su potencial capacidad de imponer hechos consumados antes, incluso, de que el "derecho" tenga tiempo de reaccionar. Europa -y particularmente España- observan este escenario desde una posición ambigua. Durante décadas este continente se acostumbró a vivir bajo el paraguas de la "seguridad" proporcionado por Estados Unidos y a confiar en la "estabilidad" del orden internacional liberal. 


Sin embargo, el mundo que hoy emerge exige algo más que unas meras y simples declaraciones normativas o apelaciones retóricas al multilateralismo: exige capacidad estratégica, cohesión política y conciencia de los riesgos.

 

Para España el debate no es teórico. Nuestra posición geográfica, nuestras alianzas y nuestras vulnerabilidades estratégicas convierten estos cambios en un asunto  principal de seguridad nacional. Desde la inestable  estabilidad del Mediterráneo occidental hasta la presión migratoria o la amenaza latente sobre Ceuta y Melilla, la transformación del sistema internacional tiene consecuencias muy directas e importantes para nuestro país. De esta modesta serie pueden extraerse algunas valiosas e importantes conclusiones muy claras:


Primera. El derecho internacional sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. Las normas solo son eficaces cuando existen Estados capaces y muy dispuestos a defenderlas.


Segunda. El mundo entra en una etapa de competencia estratégica entre potencias. La presión económica,la tecnológica y la militar serán una constante "en" y "de" las próximas décadas.


Tercera. Europa debe decidir si quiere ser un actor estratégico o un simple espacio o tablero geográfico donde otros --moviendo sus fichas-- proyecten su poder.


Cuarta. España necesita una política exterior y de defensa basada en el realismo geopolítico, estratégico y en la defensa firme de sus intereses nacionales.

 

El siglo XXI no ha abolido la vieja tensión entre "derecho" y "poder", sino que la ha hecho mucho más visible. El derecho internacional va a seguir siendo una aspiración civilizadora indispensable, pero su eficacia dependerá de la "voluntad política" y de la "capacidad real" de los Estados para sostenerlo. Porque la historia nos demuestra que "cuando el derecho carece de la fuerza que lo respalde, no desaparece el poder, lo que desaparece es el derecho".

 

Linkedin: Pedro Manuel Hernández López

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