Monarquía y Constitución blancos de la erosión institucional, la polarización social y las derivas iliberales
I. - Fricción sistémica contra la Constitución y la Monarquía
El sistema político español, articulado en torno a la Constitución Española de 1978 y la Monarquía española, no enfrenta una amenaza unitaria de carácter insurreccional o conspirativo clásico. Lo que se observa, con un grado medio-alto de evidencia, es un proceso acumulativo de fricción sistémica derivado de la interacción de actores internos y externos en un entorno de competencia política intensificada y ecosistemas informativos desintermediados.
Este fenómeno se aproxima a lo que la doctrina OTAN y UE conceptualiza como “entorno de contestación híbrida de baja intensidad”: no hay ruptura del orden, pero sí desgaste progresivo de sus mecanismos de legitimación.
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II.- Arquitectura de las operaciones
El análisis permite identificar cuatro capas operativas que, sin constituir una estructura jerárquica única, generan efectos convergentes.
Capa política-institucional: Fragmentación parlamentaria, ciclos electorales continuos y uso de instrumentos constitucionales (mociones, recursos, bloqueos) como extensión de la competición política. La consecuencia es percepción de inestabilidad.
Capa informacional: El ecosistema digital —plataformas, agregadores, redes— actúa como amplificador de conflicto. Informes del European External Action Service documentan campañas de desinformación en Europa orientadas a exacerbar divisiones territoriales, cuestionar la legitimidad institucional y erosionar figuras simbólicas del Estado. España no es objetivo primario, pero sí teatro secundario. Este fenómeno se enmarca en la lógica de “information disorder” descrita por Renee DiResta.
Capa sociopolítica: Aumento de la polarización afectiva (rechazo al adversario como ilegítimo), fenómeno descrito por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Este elemento es crítico: transforma conflictos políticos ordinarios en conflictos existenciales percibidos.
Capa internacional: Actores estatales y redes transnacionales con agendas propias. Entre ellos, Rusia bajo Vladimir Putin ha desarrollado doctrinas de influencia informativa; otros líderes como Viktor Orbán o Donald Trump operan como referentes ideológicos, no necesariamente como coordinadores operativos.
III.- Métodos y tipología de las operaciones
El análisis no identifica una cadena de mando unificada ni una arquitectura operativa centralizada. Sin embargo, se constata la existencia de repertorios tácticos compartidos o imitativos entre actores heterogéneos, cuya convergencia genera efectos acumulativos de erosión sobre la legitimidad institucional, en línea con la teoría de sistemas complejos de Thomas Schelling.
Operaciones informativas y economía de la atención. En el entorno mediático contemporáneo, caracterizado por desintermediación y competencia por visibilidad, la información deja de ser solo vehículo de conocimiento para convertirse en activo de movilización y confrontación. La lógica dominante no es la veracidad, sino el impacto, la polarización y la circulación.
Saturación narrativa. Producción continua de controversias de alta carga emocional en torno a ejes simbólicos (monarquía, identidad nacional, memoria histórica), lo que impide estabilizar el debate público y favorece la percepción de crisis permanente. Ejemplo: erosión mediática de Leonor de Borbón como vector simbólico.
Deslegitimación selectiva. Cuestionamiento sistemático de instituciones según su utilidad táctica: impugnación de tribunales cuando sus resoluciones son adversas, crítica a la Monarquía española y desconfianza hacia órganos reguladores. No es un fenómeno ideológicamente homogéneo.
Sensacionalismo contra símbolos institucionales. Incremento de obras centradas en figuras del Estado, en particular la Monarquía española. Publicaciones contra Felipe VI o Letizia Ortiz responden a incentivos comerciales, pero actúan como vectores de amplificación en entornos polarizados, reforzando narrativas de deslegitimación.
Amplificación digital. Uso intensivo de redes sociales para viralizar contenidos polarizantes, generar mayorías ficticias y erosionar consensos. La evidencia de automatización es consistente en Europa, aunque de atribución heterogénea.
Judicialización estratégica. Traslado del conflicto político a instancias judiciales, generando un bucle: política → tribunales → medios → opinión pública → política, que incrementa la visibilidad del conflicto y tensiona la separación de poderes.
Internacionalización del conflicto. Proyección de narrativas internas hacia audiencias externas para obtener legitimidad, condicionar percepciones y ejercer presión indirecta.
Métodos que operan como un sistema. La interacción entre saturación narrativa, amplificación digital y deslegitimación selectiva genera fricción constante. El elemento crítico no es la intensidad, sino la persistencia, en línea con dinámicas de polarización afectiva descritas por Cass Sunstein, configurando una erosión gradual de la confianza institucional.
IV.- Conclusiones y consecuencias
España está en un ecosistema de confrontación política intensificada, amplificado por dinámicas digitales de intensidad media, persistentes y de alta frecuencia, con actores internos y externos que erosionan la Monarquía y la Constitución.
La escalada retórica sostenida, alimentada por ciclos de controversia de intensidad media y alta frecuencia, se proyecta sobre el plano institucional y genera tensiones que trascienden lo discursivo: un problema para la convivencia social y la Seguridad Nacional.
La hipótesis más consistente es la de una convergencia funcional sin coordinación centralizada, concepto próximo a la lógica de sistemas complejos de Thomas Schelling.
Actores distintos, con objetivos distintos, generan efectos acumulativos similares: debilitamiento de la confianza institucional, incremento de la polarización y reducción del espacio de consenso, en línea con los procesos de erosión democrática analizados por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt.
Los episodios señalados —publicaciones de carácter sensacionalista y controversias en torno a la Monarquía española— deben interpretarse dentro de la economía de la atención, concepto desarrollado por Herbert A. Simon, donde la explotación de símbolos institucionales responde a incentivos comerciales y a la lógica del impacto inmediato.
Este tipo de contenidos, dirigidos a figuras como Felipe VI o Letizia Ortiz, no constituyen evidencia de una operación coordinada, pero sí indicadores de clima en un entorno informativo saturado, coherente con la noción de “esfera pública fragmentada” descrita por Jürgen Habermas.
Su relevancia estratégica emerge en la fase de amplificación: al ser absorbidos por circuitos digitales polarizados, estos materiales se integran en narrativas de deslegitimación, contribuyendo a la normalización del cuestionamiento institucional. Este fenómeno erosiona progresivamente la obediencia voluntaria al sistema que sustenta la Constitución Española de 1978, en línea con la “polarización afectiva” de Cass Sunstein.
El efecto agregado se manifiesta en una doble deriva: fatiga democrática con desmovilización de segmentos moderados y radicalización de minorías activas, y vulnerabilidad estructural frente a injerencias externas. Cuanto mayor es la fragmentación interna, menor es la resiliencia frente a la explotación informativa.
Email: Rubén Darío Torres



