
Hubo un tiempo en que la política se explicaba mejor con espadas que con gráficos. En Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, cuatro hombres sin pedigrí determinante ni pasado que los encadene podían encontrarse, reconocerse y comprometerse en algo tan improbable como una lealtad voluntaria. No era el miedo el que los unía, sino la amistad. No la sospecha, sino la cooperación. Aquello que la teoría política buscaba formalizar, Dumas lo representó de forma intuitiva: una comunidad donde cada uno encuentra su lugar sin dejar de ser individuo. Uno para todos y todos para uno.
Conviene recordar ese ideal justo cuando abrimos el borrador de la renta. Porque hay algo inquietante en esa escena doméstica. Uno observa las cifras y percibe que, una vez más, el Estado habla con la claridad de los números. No es tanto una conversación como una notificación bien ordenada, donde Hacienda detalla cuánto hemos ganado y, sobre todo, cuánto considera oportuno quedarse. Y este año, además, muchos contribuyentes murcianos comprobarán que han aportado más… incluso sin haber mejorado realmente su situación.
La escena tiene algo de duelo desigual. Uno sale del supermercado con menos bolsa y más factura y horas después descubre que, sin embargo, es fiscalmente más próspero. Es una prosperidad curiosa pues no alcanza para llenar el carro, pero sí para engordar la recaudación. Una riqueza más parecida al gato de Schrödinger que a una barra de pan pues en el papel está ahí y en la vida real no se deja encontrar.
Para entender este pequeño prodigio conviene viajar lejos sin salir de Murcia. Una guerra, un shock energético, mercados nerviosos. Todo suena abstracto hasta que se concreta en la luz, en la gasolina, en la cesta de la compra. La geopolítica no se vota, pero se paga. Y se paga en efectivo. Pero este viaje no termina en el supermercado. Tiene una segunda parada, más silenciosa y más eficaz: la Agencia Tributaria. Porque mientras los precios suben y los salarios intentan no quedarse atrás, el IRPF permanece admirablemente inmóvil. Sus tramos no se mueven, como si vivieran en un mundo donde la leche no cambia de precio. Y así ocurre lo inevitable: uno gana un poco más para no perder demasiado… y acaba pagando bastante más como si hubiera mejorado mucho.
La AIReF estima que, en España, la falta de deflactación del IRPF en un contexto de inflación genera miles de millones adicionales de recaudación cada año. Traducido a escala murciana, hablamos de entre 100 y 150 millones de euros anuales que no responden a una prosperidad repentina, sino a una aritmética más sobria que consiste en tributar más por lo mismo.
La paradoja es evidente. El ciudadano gana más para vivir igual, pero paga más como si viviera mejor. El sistema fiscal, en cambio, no duda pues cree firmemente en ese progreso… y lo grava con disciplina y entusiasmo.
Durante mucho tiempo quisimos ver en todo esto una especie de contrato equilibrado. Una versión moderna, menos romántica pero funcional, de aquel espíritu de los mosqueteros. Hacienda somos todos, se nos decía. Y uno podía aceptar la fórmula como quien acepta una regla de honor: todos contribuimos porque todos participamos.
Pero la inflación tiene la mala costumbre de revelar la verdad de los sistemas. Porque cuando los precios suben y los tramos no se mueven, el combate cambia de naturaleza. Ya no hay intercambio entre iguales. Hay técnica. Hay cálculo. Y, sobre todo, hay ventaja. Y la estocada es limpia. No hace falta anunciarla. No hay duelo previo ni aviso formal. Basta con dejar que la inflación avance y que el sistema fiscal mantenga la guardia. El contribuyente, mientras tanto, entra en la pista con la sensación de que solo está defendiendo su posición. Pero cuando quiere darse cuenta, ya ha cedido terreno… y puntos.
Luego llegan las noticias, los informes, las investigaciones de la UCO que nos recuerdan que lo recaudado tiene destinos inconfesables. Y entonces el viejo lema de “para todos” termina de desdibujarse. Puede que Hacienda seamos todos en el momento de contribuir. Pero no parece tan evidente en el momento de repartir.
Al final, lo que parecía un pacto entre iguales se revela con otra índole. Menos épica, más eficaz. Menos visible, más rentable. Un sistema donde la técnica importa más que la lealtad… y donde la ventaja no siempre está donde parecía.
Porque en esta esgrima fiscal no todos empuñan la misma espada. La inflación avanza, el contribuyente retrocede… y la estocada llega sin aviso bajo el lema: Inflación para todos… y recaudación para uno.


