Viernes, 15 de Mayo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNBonnie Tyler: corazón roto, voz eterna. Voz rota, corazón eterno
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Rafael García-Purriños

Bonnie Tyler: corazón roto, voz eterna. Voz rota, corazón eterno

 

Estos días, mientras Bonnie Tyler permanece ingresada en un hospital de Portugal recuperándose de una complicada operación, con noticias alarmantes sobre su salud, muchos hemos recuperado sus canciones con esa mezcla extraña de cariño y nostalgia que provocan los artistas que llevan toda la vida ahí, con nosotros, cuando son realmente grandes.

 

A Bonnie Tyler, además, cuesta imaginarla frágil. Quizá porque su voz siempre sonó como alguien que ya había sobrevivido a unas cuantas tormentas antes de ponerse detrás de un micrófono.

 

Todo empezó en el sur de Gales, en una familia numerosa, humilde, de padre minero. Gaynor Hopkins, que así era su nombre, creció entre lluvia, pubs, fábricas, minas y canciones sonando en la radio mientras trabajaba de dependienta y cantaba donde podía.

 

Estaban lejos aún los grandes himnos, la melena cardada al viento, los videoclips espectaculares, los estadios enteros coreando estribillos épicos. Solo había una chica rubia, testaruda, con una voz potente y unas ganas enormes de salir de allí.

 

Sin embargo, la leyenda de Bonnie Tyler empieza con una operación de garganta.

 

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A mediados de los setenta empiezan a llegar las primeras oportunidades. Algunas canciones funcionan razonablemente bien. ‘Lost in France’, ‘More Than a Lover’… pequeños éxitos, actuaciones en televisión, parecía que algo empezaba a moverse.

 

Pero entonces llegan los problemas en las cuerdas vocales. Nódulos. Quirófano. Pierde la voz. Los médicos le dicen que, después de la operación, no puede hablar durante semanas. Y Bonnie Tyler hace exactamente lo contrario. Habla antes de tiempo. Se impacienta. Fuerza la voz. Y aquella recuperación imperfecta termina cambiándolo todo, porque esas cuerdas vocales nunca volvieron a vibrar igual. Afortunadamente.

 

Porque de pronto apareció aquella voz rota, áspera, rugiente, como si Janis Joplin y Rod Stewart hubieran quedado atrapados dentro de la misma garganta. Una voz llena de humo, de cicatrices, tremendamente humana. Y entonces llegó ‘It’s a Heartache’. Y el mundo entero se puso a escuchar.

 

Estados Unidos, Europa, radios sonando sin parar. De pronto, aquella chica galesa de voz rota estaba en todas partes.

 

Fuera del escenario siempre mantuvo una imagen cercana. Tal vez por su origen humilde, nunca tuvo el aire sofisticado de otras estrellas de los setenta u ochenta. Más bien parece una mujer directa, divertida, con ese humor británico y esa naturalidad nada impostada. Como si siguiera sorprendiéndose un poco de todo aquello. Está, además, involucrada en gran número de organizaciones caritativas, especialmente con los niños discapacitados o con necesidades especiales, o la lucha contra el cáncer, además de su ayuda para la recuperación de animales callejeros enfermos o heridos en Portugal, donde reside gran parte del año.

 

Luego llegaron los ochenta, y con ellos el hombre adecuado para convertir aquella voz en algo gigantesco: Jim Steinman.

 

Steinman venía de crear junto a Meat Loaf algunas de las canciones más exageradas, teatrales y descomunales de la historia del rock. Todo en él era exceso: amores imposibles, tormentas emocionales, motocicletas infernales, pianos y arreglos de orquesta capaces de derrumbar murallas. Y entendió enseguida que Bonnie Tyler no estaba hecha para canciones pequeñas. Literalmente, describió su voz como ‘muy sensual y devastadoramente heroica’.

 

Por eso, le imaginó ‘Total Eclipse of the Heart’. Y aquello fue otra dimensión.

 

La canción empieza casi como un susurro triste, y va in crescendo constante hasta terminar como si el mundo estuviera explotando detrás de los músicos, antes de volver otra vez a la tristeza sencilla. Coros fantasmales, cambios de intensidad, dramatismo desatado… y Bonnie Tyler en medio de todo aquello, sujetando la canción con una voz que parecía romperse y levantarse al mismo tiempo.

 

Los años ochenta hechos canción, sí, pero lo cierto es que, escuchada hoy, sigue funcionando. Porque debajo de toda aquella producción gigantesca hay emoción de verdad.

 

Y en el escenario, además, Bonnie Tyler se transformaba. Era energía pura. Esa melena rubia salvaje, las cazadoras con hombreras enormes, el cuerpo inclinándose hacia el micrófono mientras la voz salía como un torrente imparable para, de repente, quebrarse del todo.

 

Luego llegó otra colaboración preciosa, delicada, junto a Mike Oldfield. ‘Islands’.

 

Oldfield construye ahí una atmósfera llena de niebla, de distancia. Todo suena lejano y melancólico, como una despedida mirando al mar. Y Bonnie aparece justo en el centro, ya no rugiendo, sino acariciando las palabras con esa mezcla tan suya de fragilidad y fuerza, con esa sensación de que siempre había algo un poco roto detrás de cada frase.

 

Con los años llegaron las modas, los altibajos, el inevitable desgaste. Pero sus canciones nunca desaparecerán del todo. ‘Holding Out for a Hero’ sigue sonando hoy tal y como se concibió en 1985, pura adrenalina ochentera imposible de resistir. Y quizá por eso emociona tanto verla todavía ahí.

 

Porque Bonnie Tyler nunca transmitió perfección. Transmitía resistencia.

 

La de alguien que convirtió una cicatriz en identidad, una garganta dañada en una voz irrepetible y una colección de tormentas personales en canciones enormes.

 

Desde aquí, queda rezar por su pronta recuperación.

 

Linkedin: Rafael García-Purriños

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