Miércoles, 20 de Mayo de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNViajeros de otro tiempo
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Marco Antonio Oma Jiménez

Viajeros de otro tiempo

 

No ha mucho que consuetudinarios designios del siglo me colocaron en medio de una sala de espera de un aeropuerto europeo cualquiera, en medio de una semana cualquiera y a mitad de mes. Y allí contemplé la siguiente escena. Frente a la terminal se detuvo un autobús blanco de cuyas entrañas emergió la tripulación completa de un vuelo transoceánico, con la proa apuntando hacia los cielos de Corea o tal vez China. Surgieron como si bajaran de un pedestal en movimiento. Sus maneras parecían esconder el secreto de un orden antiguo. Todos iban perfectamente envueltos en uniformes sin una sola arruga, de un azul heráldico y cortes milimétricos. Ellas, las azafatas, con una expresión encantadora pero aristocrática, poseían la delicadeza imperturbable de las muñecas de porcelana: rostros de una simetría irreal, labios encendidos con precisión geométrica y cabellos recogidos como flores de viento. Ellos, azafatos y oficiales de vuelo, componían el contrapunto monacal: varoniles, con un perfecto corte degradado, coronados en ocasiones por marciales gorras de plato, y el caminar recto de quien transporta una dinastía sobre los hombros.

 

[Img #12807]

 

En medio de un vestíbulo atestado de ropa deportiva, turismo low cost, auriculares aislantes y un personal de seguridad aburrido hasta que el hastío dice basta, aquella tripulación parecía pertenecer a otro tiempo. No iban hacia la zona de embarque como quien va a trabajar, sino como quienes asisten a una ceremonia sagrada. En su pulcritud, en su formalidad reverencial, en su grave y gracioso ademán, parecían conservar una mística de la aviación que el resto del mundo ya había olvidado.

 

Sé que a la mayoría le parecerán absolutamente irrelevantes las conclusiones que yo extraiga a partir de una revelación íntima y tan trivial como esta, si es que se puede extraer alguna. Pero creo que esta extrañeza estética no era baladí; en el fondo, me revelaba una grieta cultural mucho más honda. En la sociedad occidental contemporánea, el aeropuerto es el templo del hiperindividualismo, un espacio donde el fin supremo es la autorrealización, la comodidad personal y la desconexión del entorno. Para mí, espectador occidental, educado en la idea de que la libertad consiste en romper amarras y 'volar en solitario', la rigidez y el sentido del deber de esa comitiva tenían un aire de irrealidad.

 

[Img #12804]Es muy probable que yo esté bajo el influjo del mito de las buenas formas y la cortesía, que sea un nostálgico de otros tiempos que, a decir verdad, nunca he conocido, o que sea simplemente un iluso. Y es muy probable que también haya caído bajo el hechizo del mito oriental de la sociedad limpia, ordenada, respetuosa, con conciencia colectiva… a la que da lugar eso que llaman cultura confuciana. Pero reconozco que no puedo evitar sentir envidia. Veo a esos jóvenes en ese cortejo y me pregunto por qué nosotros y nuestros jóvenes hemos perdido todo ese sentido estético.

 

Hay un proverbio chino, muchas veces atribuido a Mencio o a Confucio, que dice: "Sólo cuando se tienen hijos se llega a comprender la gratitud hacia los padres". Para los que vivimos en el lado oeste del mundo suele ser una revelación íntima y casi siempre tardía —si es que acaso llegamos a tener descendencia—. En el confucianismo implícito en las culturas de Asia Oriental, la piedad filial no es un lastre sufrido, sino un lazo sagrado de continuidad. Los padres se entregan por entero para que sus hijos alcancen la excelencia. Y el éxito, el decoro y la conducta intachable de esos hijos son la forma natural de devolver esa deuda de amor. Nosotros también nos entregamos por nuestros hijos. Pero me muevo en una sociedad en la que la idea de tener una 'deuda' con los padres se mira a menudo con recelo y en la que a veces parece que hay que pedirles perdón por haberlos traído al mundo. No hablemos ya de la transmisión de los valores familiares. En esa prisa moderna por ser absolutamente libres y romper amarras con todo, se tiende a privatizar la madurez, relegando el agradecimiento a un descubrimiento tardío y estrictamente personal.

 

¿Desbarro? Seguramente. Pero creo que no del todo.

 

Linkedin: Marco Antonio Oma Jiménez

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