Guardia Civil : Héroes para las medallas, "no aptos" para profesión de riesgo
Hay algo muy obsceno en la forma en que el Gobierno -sobretodo el ministro de Interior- trata a la Guardia Civil y a la Policía Nacional. Una mezcla de cinismo e hipocresía política, cálculo presupuestario y un desprecio clamorosamente silencioso que ya resulta casi imposible de disimular y acallar.
Cuando hay un atentado, una narcolancha embistiendo agentes, un disturbio violento o una operación antiterrorista, ahí aparecen ellos. Siempre ellos. Los que el Estado envía donde nadie quiere ir. Los que se juegan la vida mientras otros comparecen después con gesto solemne, frases medidas y lágrimas de cocodrilo.
Pero cuando llega la hora de reconocerles jurídicamente su labor como "profesión de riesgo", empiezan las excusas, los burocráticos informes y el bloqueo silencioso.
Ahí aparece el ministro Fernando Grande-Marlaska. O, como ya le llaman muchos agentes con amarga ironía y muy merecidamente: 'Marlaska sin Grande'.
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Porque grandeza habría sido defender a quienes sostienen la seguridad del Estado con sus propias vidas, incluso, cuando el Estado parece incómodo con ellos y los olvida.
Conviene ser claros: nadie discute el mérito de policías locales, bomberos, Mossos d'Esquadra o Ertzaintza, que ya cuentan con reconocimientos específicos por penosidad o riesgo. Su trabajo es duro y necesario.
Pero precisamente por eso resulta más incomprensible la obcecada negativa a reconocer en igualdad de condiciones a Guardia Civil y Policía Nacional como 'profesiones de riesgo".
Porque su realidad operativa es idéntica en lo esencial e, incluso mucho más peligrosa, si cabe: enfrentamiento directo con criminalidad violenta, terrorismo yihadista, narcotráfico, disturbios sociales y situaciones extremas, donde sus vidas siempre están en juego.
En el caso de la Guardia Civil, el combate contra el narcotráfico en el Estrecho, las mafias armadas, el terrorismo o los rescates en condiciones límite se ha convertido en rutina de alto riesgo. En el de la Policía Nacional, la lucha contra el crimen organizado, la radicalización violenta o los entornos urbanos hostiles implica una exposición constante a agresiones y tensión extrema.
Y todo ello con una presión psicológica acumulada que deja una huella psicológica indeleble.
Pero el Estado y Marlaska siguen,'erre que erre', sin reconocerlo oficialmente como 'profesión de riesgo'. ¿Por qué? Porque reconocerlo cuesta dinero. Así de simple...como si el resto de profesiones policiales reconocidas fuera gratis.
Ese reconocimiento implicaría jubilaciones anticipadas, mejoras de cotización y compensaciones por penosidad. Mientras Hacienda no quiere abrir esa puerta, el Gobierno sí que encuentra recursos para dilapidar miillones de euros para una estructura paralela de gasto público difícil de justificar en subvenciones ideológicas, observatorios sin impacto real, chiringuitos políticos y ONGs cuya trazabilidad del dinero en muchos casos es opaca o directamente irrelevante para las necesidades del país. También abundan las ayudas internacionales con marcado sesgo ideológico, incluidas partidas de cooperación que se diluyen en programas de "identidad de género” o “transformación social” en terceros países.
Para todo eso sí que hay abundanteb presupuesto, pero para reconocer el riesgo real de quienes protegen nuestras calles y nuestra seguridad con su vida, no.
Ahí está la verdadera fotografía política: dinero para lo que es accesorio y negacion para lo esencial.
El mensaje es devastador. Eil Estado exige permanentemente sacrificio a sus agentes, pero racanea el reconocimiento oficial económico que ese gran sacrificio merece.
El malestar crece porque sienten que se les utiliza cuando hace falta autoridad y seguridad, pero se les ignora cuando toca reconocer su dignidad laboral y honor.
Medallas sí, grandilocuentes discursos también y minutos de silencio, todos los que hagan falta. Pero cuando se apagan los focos, la realidad vuelve: ni reconocimiento efectivo, ni profesión de riesgo, ni voluntad política de afrontar el problema.
Y quizá por eso cada vez más agentes han dejado de ver en Marlaska a un ministro del Interior. Y lo ven solo como el cínico rostro político de una obligadañ renuncia: exigirles todo y no concederles -no solo lo justo- ni siquiera " lo mínimo" a quienes pueden no volver a casa nunca más y morir, no en acto de servicio, sino en un simple "accidente laboral", como ha calificado Marísú -'la Farruquita de Triana' y la candidata a la presidenia de la Junta de Andalucia- en vez de "asesinato"...y eso ¡ qué no tiene ni "opinión" ni "criterio" de nada!, según sus propias palabras.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



