Martes, 02 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNLa gran mentira de la productividad
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Lucio Fernández

La gran mentira de la productividad

 

Existe una creencia profundamente arraigada en el mundo empresarial: la productividad depende de trabajar más rápido. Durante décadas hemos perseguido ese objetivo con una disciplina casi obsesiva. Hemos incorporado tecnología, digitalizado procesos, multiplicado indicadores y llenado nuestras agendas de reuniones destinadas, supuestamente, a mejorar la eficiencia. Sin embargo, mientras las herramientas avanzan a una velocidad sin precedentes, la sensación de agotamiento dentro de muchas organizaciones sigue creciendo.

 

Quizá ha llegado el momento de admitir que estamos buscando la productividad en el lugar equivocado.

 

La irrupción de la inteligencia artificial ha reabierto este debate. Cada semana aparecen nuevas aplicaciones capaces de automatizar tareas, generar contenidos, analizar datos o agilizar procesos. El discurso dominante presenta esta revolución tecnológica como la gran oportunidad para transformar las empresas. Y probablemente lo sea. Pero no por las razones que solemos escuchar.

 

La verdadera aportación de la inteligencia artificial no consiste en hacer cosas extraordinarias, consiste en eliminar actividades que nunca deberían haber ocupado tanto tiempo de nuestros profesionales. La tecnología no crea productividad por sí misma; simplemente pone frente al espejo las ineficiencias que llevamos años aceptando como normales.

 

Cuando una organización tiene personas altamente preparadas dedicando una parte importante de su jornada a tareas repetitivas, burocráticas o de escaso valor añadido, el problema no es tecnológico. Tampoco es un problema de talento. Es un problema de diseño organizativo.

 

Durante demasiado tiempo hemos confundido ocupación con productividad. Hemos premiado agendas llenas, correos respondidos a cualquier hora y una disponibilidad permanente que, en muchos casos, ha terminado sustituyendo al verdadero rendimiento. Sin embargo, una persona ocupada no es necesariamente una persona productiva. Del mismo modo que una empresa con mucho movimiento no es necesariamente una empresa competitiva.

 

La productividad sostenible surge cuando las personas pueden dedicar la mayor parte de su energía a aquello para lo que realmente fueron contratadas. Parece una afirmación evidente, pero basta observar el funcionamiento de muchas organizaciones para comprobar hasta qué punto seguimos alejados de ese principio básico.

 

Y es en este momento cuando nos encontramos con uno de los grandes desafíos empresariales de nuestro tiempo: la fidelización del talento.

 

Todavía existe la tentación de explicar la rotación exclusivamente desde una perspectiva salarial. Sin embargo, la experiencia demuestra que las personas raramente abandonan una organización únicamente por dinero. Con frecuencia abandonan la frustración, la sensación de estar perdiendo el tiempo, los entornos donde la burocracia pesa más que el propósito, donde la falta de autonomía limita la capacidad de aportar valor y donde los obstáculos internos terminan consumiendo la energía que debería destinarse al cliente, a la innovación o al crecimiento.

 

La nueva fidelización no se construye con discursos motivacionales ni con campañas internas cuidadosamente diseñadas. Se construye eliminando fricciones. Fricciones que dificultan el trabajo, que ralentizan las decisiones, que convierten tareas sencillas en procesos complejos y que hacen que profesionales brillantes terminen sintiéndose mediocres.

 

Por eso resulta especialmente preocupante observar cómo algunas organizaciones están comprando tecnología más rápido de lo que están desarrollando criterio para utilizarla.

 

La historia empresarial demuestra que las ventajas competitivas basadas exclusivamente en herramientas tienen una duración limitada. Lo que realmente marca diferencias sostenibles es la capacidad de aprendizaje. No ganarán las empresas que tengan acceso a la inteligencia artificial. Ganarán las que aprendan antes que sus competidores a integrar esa tecnología en una cultura organizativa inteligente.

 

Y esa capacidad de aprendizaje depende, fundamentalmente, del liderazgo.

 

Hoy en día la información es abundante y la tecnología cada vez más accesible. En este ámbito el papel del líder cambia radicalmente. Ya no se trata de controlar más. Se trata de facilitar más. Ya no se trata de supervisar cada decisión. Se trata de desarrollar criterio en los equipos para que puedan tomar mejores decisiones sin necesidad de supervisión constante.

 

Las organizaciones que prosperarán en los próximos años serán aquellas capaces de combinar tecnología avanzada con liderazgo humano. Aquellas que entiendan que la inteligencia artificial puede automatizar tareas, pero no sustituir la confianza, el propósito, la cultura o la capacidad de inspirar a otros.

 

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Existe una tendencia peligrosa a pensar que el futuro de la competitividad se juega exclusivamente en el terreno tecnológico. Sin embargo, la verdadera batalla seguirá librándose en el ámbito de las personas. Las empresas continuarán diferenciándose por la calidad de sus líderes, por la fortaleza de sus equipos y por su capacidad para construir entornos donde el talento quiera permanecer y crecer.

 

En ese contexto, conceptos que durante años fueron considerados secundarios empiezan a revelar su auténtica dimensión estratégica. La felicidad en el trabajo, el bienestar, la sostenibilidad o el desarrollo profesional ya no son cuestiones accesorias. Son factores directamente relacionados con la capacidad de una organización para generar resultados de manera consistente.

 

La gran pregunta que deberían hacerse hoy muchos comités de dirección no es qué herramienta de inteligencia artificial incorporarán el próximo año. La pregunta verdaderamente relevante es mucho más incómoda: ¿hemos construido una empresa donde las personas puedan rendir al máximo nivel?

 

Porque la productividad del futuro no dependerá únicamente de la tecnología que utilicemos. Dependerá, sobre todo, de nuestra capacidad para crear organizaciones más inteligentes, más humanas y mejor diseñadas. Organizaciones donde las personas no tengan que dedicar su talento a sobrevivir dentro del sistema, sino a generar valor para el negocio, para los clientes y para ellas mismas.

 

Quizá entonces descubramos que la productividad nunca estuvo en las máquinas, siempre estuvo en las personas.

 

Linkedin: Lucio Fernández

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