Fin de la cita
Hay discursos parlamentarios que envejecen. Otros se convierten en profecías. El 31 de mayo de 2018, durante la moción de censura que desalojó a Mariano Rajoy de La Moncloa, el entonces presidente leyó una larga lista de declaraciones de dirigentes socialistas sobre los independentistas. Tras cada una repetía la misma coletilla: "Fin de la cita". Ocho años después, aquellas palabras suenan menos como una réplica parlamentaria y más como el acta notarial de la gran contradicción política del sanchismo.
Rajoy no citaba a dirigentes del Partido Popular. Citaba solo a los socialistas.
Citaba a José Luis Ábalos cuando afirmaba que los independentistas no podían ser aliados del PSOE.
Citaba a dirigentes territoriales que rechazaban cualquier acuerdo que dependiera de quienes habían intentado quebrar el orden constitucional.
Citaba a referentes históricos del socialismo que advertían de los riesgos de convertir a los partidos separatistas en árbitros de la gobernabilidad de España.
![[Img #12991]](https://elnuevodigitalmurcia.es/upload/images/06_2026/2875_rajoy.jpg)
Aquellas declaraciones no procedían de adversarios políticos. Procedían de compañeros de partido. De personas que compartían siglas, historia y proyecto con Pedro Sánchez. Y, sin embargo, sus advertencias fueron olvidadas con una rapidez que hoy resulta tan llamativa como reveladora.
La moción de censura salió adelante y Sánchez alcanzó la presidencia del Gobierno gracias a una mayoría parlamentaria tan heterogénea como decisiva. A partir de ese momento comenzó una nueva etapa política cuyo rasgo más característico ha sido la dependencia creciente de fuerzas nacionalistas e independentistas para sostener la acción del Ejecutivo.
Lo verdaderamente interesante no es que Sánchez llegara al poder. En democracia, alcanzar el Gobierno mediante los mecanismos previstos por la Constitución es perfectamente legítimo. Lo relevante es lo que ocurrió después.
Mientras tanto, la realidad política avanzaba en dirección contraria a las advertencias que ellos mismos habían formulado.
Llegaron los indultos a los dirigentes condenados por el procés.
Llegó la derogación del delito de sedición.
Llegó la modificación de la malversación.
Llegaron las mesas bilaterales de negociación.
Llegó la ley de amnistía y llegaron las negociaciones permanentes con partidos, cuya aspiración declarada sigue siendo alterar el modelo territorial definido por la Constitución de 1978.
Resulta difícil encontrar un ejemplo más evidente de cómo la necesidad de conservar una mayoría parlamentaria puede transformar principios que antes parecían innegociables.
Porque la cuestión fundamental no es qué pensaba Pedro Sánchez en 2018 y qué piensa ahora. Los líderes políticos cambian de estrategia con frecuencia. La verdadera cuestión es qué ocurrió con quienes sostenían una posición y terminaron respaldando la contraria.
Susana Díaz alertaba contra cualquier dependencia política de los independentistas.
Javier Lambán expresó reiteradamente sus discrepancias con determinadas concesiones al nacionalismo.
Guillermo Fernández Vara manifestó reservas similares.
Emiliano García-Page ha mantenido una crítica constante frente a algunas decisiones adoptadas por la dirección socialista.
Felipe González advirtió en numerosas ocasiones sobre los riesgos de determinadas cesiones y sobre el deterioro de consensos básicos de la Transición.
Todos ellos comprendían una realidad elemental de la política española: los partidos nacionalistas nunca regalan su apoyo. Lo negocian. Lo condicionan. Lo cobran.
Y, sin embargo, el PSOE terminó construyendo buena parte de su estabilidad parlamentaria precisamente sobre esa dependencia que tantos dirigentes socialistas habían considerado problemática.
La historia política de estos ocho años puede leerse, en gran medida, como una larga sucesión de líneas rojas desplazadas.
Lo que ayer era imposible pasó a ser necesario.
Lo que ayer era inaceptable pasó a ser negociable.
Lo que ayer se denunciaba como un riesgo para la igualdad entre españoles pasó a presentarse como una herramienta de normalización política.
Cada advertencia fue sacrificada en el altar de la aritmética parlamentaria. Por eso, cuando se repasan hoy aquellas intervenciones de 2018, resulta imposible no apreciar la ironía de la historia. Rajoy pretendía demostrar una contradicción puntual del PSOE en el contexto de una moción de censura. Con el paso del tiempo, aquella intervención terminó adquiriendo un significado mucho más profundo.
No estaba describiendo solo una una sesión parlamentaria.Estaba retratando una forma de entender el poder.
Una política en la que las palabras tienen fecha de caducidad.
Una política en la que los compromisos sobreviven mientras resultan útiles.
Una política en la que las hemerotecas acaban convirtiéndose en el más implacable de los jueces.
Ocho años después, Sánchez sigue en La Moncloa. Ábalos ha caído en desgracia. Lambán (RIP), Vara y otros dirigentes críticos han sido poco a poco apartados o ignorados. Felipe González es tratado con frecuencia como una voz incómoda dentro de su propio espacio político. Los independentistas continúan desempeñando un papel decisivo en la gobernabilidad de España y las hemerotecas permanecen intactas porque las palabras no desaparecen, sino que esperan, esperan...y cuando regresan, suelen hacerlo convertidas en firme sentencia.
Fin de la cita.
Linkedin: Pedro Manuel Hernández López



