Entre Palantir y el Vaticano: Dos visiones de la inteligencia artificial y el destino de lo humano
Un análisis comparativo de La República Tecnológica de Alexander Karp y la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV
Los años 2025 y 2026 han sido, hasta ahora, años de inflexión para la inteligencia artificial. Lo que hasta hace poco era promesa de futura tecnología se ha convertido en infraestructura de poder: desde los sistemas de decisión militar hasta los algoritmos que determinan qué noticias leemos, quién recibe un préstamo o quién es vigilado. En este contexto de aceleración sin precedentes, dos obras han emergido como hitos antagónicos en el debate sobre el destino de la IA y su relación con lo humano.
Leí el mes pasado La República Tecnológica (The Technological Republic), del CEO de Palantir Alexander Karp y el directivo Nicholas Zamiska, publicada en 2024 por Crown Currency. Este artículo, me ha llevado a leer dos libros que no esperaba y papers muy interesantes sobre críticas y nuevos diagnósticos sobre cómo la élite pretende someternos y crear «granjas humanas» donde Centros de Datos cercanos recopilan datos de todos nuestros movimientos, pantallas por doquier nos estimulan y nos ofrecen todo lo necesario para vivir.
No tengo criterio completo sobre cómo pretende esta obra influir en el futuro de la humanidad. Me recuerda al libro Mi lucha (Mein Kampf) de Adolf Hitler, una serie de medias verdades para llevar a empresas como la suya a sustituir a los Gobiernos de buena parte de Occidente. Una Dictadura Fascista Tecnológica, con humanos sometidos en una granja global.
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La segunda es Magnifica Humanitas, la encíclica del Papa León XIV —la primera dedicada íntegramente a la inteligencia artificial— firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada diez días después. Dos textos, dos mundos, dos antropologías enfrentadas.
La comparación no es caprichosa. Karp, formado en filosofía bajo la tradición de la Escuela de Frankfurt y doctorado en Stanford, escribe desde el corazón del complejo militar-industrial-tech estadounidense; su empresa, cofundada con Peter Thiel en 2003 y financiada inicialmente por In-Q-Tel (la rama de inversión de la CIA), gestiona contratos con el Pentágono, el DHS, el FBI y la NSA (ahora incluso en media Europa: Francia, España).
León XIV, por su parte, apela a la tradición de Santo Tomás (tomista) y a los grandes referentes del humanismo europeo —Arendt, Frankl, Guardini— para fundamentar una antropología en la que la dignidad precede a la función. Donde Karp ve software como poder duro, León XIV ve poder sobre almas. Donde uno llama a movilizar a las mejores mentes para la defensa nacional, el otro pide un ayuno tecnológico que recupere la capacidad de discernimiento.
Este artículo examina las tesis centrales de ambas obras a través de cuatro ejes: la neutralidad de la tecnología, la guerra algorítmica, la distribución del poder y el alma de Occidente.
No se trata de buscar un punto medio imposible, sino de hacer visibles las raíces filosóficas de un enfrentamiento que definirá el debate público sobre IA en esta década.
La tecnología como espejo del poder
Ambos autores comparten una premisa de partida: la inteligencia artificial no es neutra. Donde difieren radicalmente es en las consecuencias que extraen de esa premisa. Para Karp, la no neutralidad de la IA implica una exigencia estratégica: si la tecnología inevitablemente encarna los valores de quien la construye, entonces la única respuesta responsable es asegurarse de que sean nuestros valores — los de Occidente, ¿o los de Palantir? — los que dominen la siguiente era tecnológica. La IA es, en su formulación, un instrumento de poder duro que reemplaza a la disuasión nuclear como eje de la geopolítica.
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León XIV llega a la misma premisa por un camino radicalmente distinto. La tecnología no es neutra, escribe, «porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza». Pero donde Karp extrae de ahí una conclusión de dominio — hay que ganar la carrera —, el Papa extrae una conclusión de responsabilidad distribuida: si la IA refleja a quien la diseña, entonces el diseño mismo necesita ser transparente, auditable y corregible por la comunidad, no por una élite. La no neutralidad tecnológica, para León XIV, no es un argumento para monopolizar sino para democratizar.
La diferencia es filosófica, no meramente política. Karp opera dentro de un marco utilitarista-maquiavélico: lo que importa es el resultado (¿quién gana la carrera?), y los medios se juzgan por su eficacia. León XIV opera dentro de un marco ontológico: lo que importa es la naturaleza de la persona humana, anterior a cualquier cálculo de resultado. La dignidad, sostiene, «no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada».
Esta divergencia tiene implicaciones prácticas enormes. Si la IA es solo un instrumento de poder, el Estado y las corporaciones que la controlan son los actores legítimos para decidir su rumbo.
Si la IA refleja una visión del ser humano, entonces cada ciudadano tiene derecho a cuestionar qué visión encarna y a exigir que sea compatible con su dignidad. No es lo mismo regular un arma que cuidar una herramienta que moldea la vida cotidiana de miles de millones de personas.
La guerra en la era de los algoritmos
Si existe un punto donde la distancia entre ambas visiones se convierte en abismo, es la guerra. Karp no solo acepta la militarización de la IA: la celebra como un imperativo civilizatorio. Su empresa, Palantir, ha desarrollado el Maven Smart System, una plataforma de vigilancia global capaz de monitorear 49.000 aeropuertos y procesar hasta 5.000 objetivos al día — frente a los aproximadamente 100 del sistema anterior. Para Karp, este salto no es un problema ético sino un avance estratégico: quien controle la infraestructura algorítmica de la vigilancia y la selección de objetivos controlará el siglo XXI.
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La frase, de un auténtico sicópata, revela la lógica subyacente: en un mundo donde el enemigo no duda en usar tecnología para destruir, la reticencia moral del lado occidental es, en la formulación de Karp, «comodidad moral sobre responsabilidad histórica». Cuando ingenieros de Google protestaron contra el Proyecto Maven en 2018, o cuando empleados de Microsoft cuestionaron los contratos militares de la empresa, Karp lo interpreta no como conciencia ética sino como cobardía privilegiada: la capacidad de ser moral sin pagar el precio de la inseguridad, porque otros — los soldados, los civiles en zonas de conflicto — lo pagan por ellos. La guerra ya no es moral, ni sigue los argumentos morales de Tsun Tzu, es la ley del más fuerte. Nada diferente a lo que hacían los corsarios del siglo XV con la Armada Española en el Atlántico.
El argumento tiene una fuerza retórica considerable. ¿Quién puede oponerse a defender Occidente frente a regímenes que no respetan derechos humanos? Pero León XIV desmonta esta lógica desde la raíz. No se trata de ser «bueno» mientras el otro es «malo»; se trata de reconocer que la tecnología de guerra autónoma transforma la naturaleza misma del conflicto. Las armas con inteligencia artificial, escribe, «bajan el umbral del recurso a la violencia» y convierten la defensa en «previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos». Cuando la guerra se vuelve algorítmica, no se vuelve más moral: se vuelve más fácil de empezar.
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León XIV va más allá de la crítica puntual para cuestionar el marco teórico mismo. La tradición de «guerra justa», que ha intentado moralizar el conflicto armado desde Agustín y Tomás de Aquino, resulta insuficiente ante un contexto donde los combatientes son algoritmos, las decisiones se toman en milisegundos y la línea entre agresión y defensa se diluye en la «guerra híbrida» y la desinformación.
El Papa propone, en cambio, cinco vías de responsabilidad: desarmar las palabras (la retórica que normaliza la violencia), construir paz en justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo como alternativa al algoritmo.
La tensión es irresoluble dentro de los marcos actuales. Karp opera desde un realismo que asume el conflicto como permanente y busca ganarlo; León XIV opera desde un idealismo que asume la guerra como fracaso relacional y busca superarla.
Ambos reconocen, cada uno a su manera, que la IA ha cambiado las reglas del juego. La diferencia es que Karp quiere reescribirlas a favor de Occidente, mientras León XIV quiere cambiar el juego mismo.
¿Quién decide? Democracia, élites y subsidiariedad
El tercer eje de confrontación es la pregunta por la autoridad: ¿quién tiene la legitimidad para decidir el rumbo de la IA? Aquí las respuestas de ambos autores revelan antropologías políticas radicalmente opuestas.
Karp defiende abiertamente un modelo de gobernanza tecnocientífica. Los grandes avances tecnológicos —la bomba atómica, el programa Apollo, la propia internet— fueron siempre producto de fondos públicos y dirección estatal, argumenta.
La IA, como la nueva frontera estratégica, requiere lo mismo: equipos pequeños, financiación masiva del Estado, liderazgo «founder-led» que no dependa de ciclos electorales ni de la presión de una opinión pública mal informada. Su modelo de referencia explícito es Lee Kuan Yew, el líder de Singapur que combinó eficiencia tecnocrática con autoritarismo controlado.
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La crítica al pluralismo es explícita. Karp acusa a la cultura occidental contemporánea de sufrir un «pluralismo vacío e inconsistente» que impide la acción decidida. La sociedad necesita restaurar una identidad común — cultural, espiritual, nacional — capaz de sostener grandes proyectos colectivos. No es casual que Palantir haya propuesto un «nuevo Proyecto Manhattan para la IA» junto con la restauración del servicio militar obligatorio: el poder técnico necesita una comunidad política que lo sostenga, y esa comunidad no se construye con diversidad abstracta sino con convicciones socialmente compartidas.
León XIV propone exactamente lo contrario. La encíclica insiste en la subsidiariedad: ningún nivel de poder debe arrogarse la decisión sin consultar a los niveles inferiores. «No sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos», escribe, refiriéndose tanto a las corporaciones tecnológicas como a los estados. El Papa propone un modelo de corresponsabilidad en el que comunidades, familias, instituciones educativas y gobiernos comparten la tarea de definir los límites y usos de la tecnología.
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La imagen que León XIV utiliza para ilustrar esta divergencia es la de Babel frente a Jerusalén. Babel representa el poder concentrado, el lenguaje único, la eficiencia que aplasta la diferencia bajo la ambición de una torre que alcance el cielo. Jerusalén representa la cooperación, la responsabilidad compartida, cada familia construyendo su tramo de muralla. La imagen es poderosa porque captura exactamente lo que Karp propone — una torre tecnológica dirigida por élites — y lo que León XIV teme: que en nombre de la eficiencia se sacrifique la pluralidad humana.
La pregunta de fondo no es técnica: es política en el sentido más profundo. ¿Quién tiene derecho a decidir qué hace la IA con nuestras vidas? ¿Los ingenieros que la construyen, los estados que la financian, o las personas a las que afecta? Karp responde con una jerarquía de competencia; León XIV responde con una comunidad de responsabilidad.
El alma de Occidente: entre la técnica y la persona
El cuarto eje es quizás el más revelador, porque toca la raíz profunda de ambas visiones: ¿qué significa ser humano en la era de la IA?
Karp diagnostica una crisis de identidad en Occidente que tiene tres dimensiones: un liderazgo gubernamental mediocre, una inversión tecnológica poco ambiciosa y una sociedad «desprovista de cultura y alma nacional». Su diagnóstico no es meramente político: es espiritual en un sentido secular.
Karp, que no se identifica como particularmente religioso, reconoce sin embargo el valor de las instituciones religiosas —el cristianismo y el judaísmo —como pilares de una civilización que ha perdido su sentido de propósito. La solución que propone es una restauración cultural puesta al servicio del poderío tecnológico: hay que recuperar el alma de Occidente para construir mejores armas.
Es una paradoja fascinante. Karp necesita la dimensión espiritual de Occidente —su «alma»— pero la subordina a la dimensión técnica. El espíritu es útil en tanto motiva a las personas a servir al Estado y a la causa civilizatoria. No es un fin en sí mismo sino un recurso estratégico. La tradición religiosa, en este marco, funciona como un sistema operativo social que genera cohesión, propósito y disposición al sacrificio — exactamente lo que una nación necesita para ganar una guerra tecnológica.
León XIV ofrece una inversión radical de esta jerarquía. Su diagnóstico no es que Occidente carezca de alma, sino que ha perdido la capacidad de discernimiento ético. No es la falta de propósito lo que lo amenaza, sino la incapacidad de distinguir entre lo que es técnicamente posible y lo que es humanomente deseable. Frente a esta crisis, el Papa propone lo que ha llamado una «educación en el ayuno de la IA»: la práctica deliberada de prescindir de la tecnología para recuperar la capacidad de pensar, sentir y decidir por uno mismo.
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El contraste alcanza su punto más agudo en la cuestión del transhumanismo. Karp no aborda el tema directamente, pero la lógica subyacente de su proyecto — superar los límites de la disuasión nuclear mediante software, expandir las capacidades humanas a través de la fusión hombre-máquina — es funcionalmente alineada con las promesas transhumanistas. León XIV, en cambio, lo rechaza explícitamente: «el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite». La Encarnación divina, en la teología cristiana, es la respuesta radical a la promesa de superar la mortalidad por la técnica: Dios no elige trascender lo humano, sino asumirlo.
Karp diagnostica un vacío espiritual y propone llenarlo con propósito tecnológico. León XIV diagnostica un exceso de técnica y propone recuperar el espacio de lo humano mediante la renuncia voluntaria. Para uno, la respuesta a la crisis de la civilización es más tecnología con más sentido. Para el otro, es menos tecnología con más presencia.
Conclusiones y mi visión desde el punto de vista tecnológico y humano: Dos civilizaciones en tensión
Al final de este recorrido, lo que emerge no es una diferencia de grado sino de especie. Alexander Karp y León XIV no simplemente discrepan sobre la regulación de la IA o los límites de su uso militar: ofrecen dos modelos civilizatorios irreconciliables sobre qué significa ser humano y qué tipo de sociedad queremos habitar.
Karp ofrece una «república» donde la técnica define quién manda, es decir que el quorum de esta república es el que tiene el mando de la tecnología. A modo de Dictadura, quien no está de acuerdo o discrepa, puede ser eliminado, excluido o apartado. En su visión, el poder se mide por la capacidad de controlar la infraestructura algorítmica, y la legitimidad viene de la competencia técnica, no de la representación democrática. Es una propuesta coherente, intelectualmente seria y peligrosamente seductiva: en un mundo donde China, o incluso Rusia no se detienen ante consideraciones éticas, ¿puede Occidente permitirse el lujo de la reticencia moral?
León XIV ofrece una humanitas donde la dignidad define qué manda. En su visión, la tecnología es un medio al servicio de la persona, y ningún argumento estratégico puede justificar sustraerla del escrutinio ético colectivo. Es una propuesta valiente, humana, contra-cultural y, para muchos, ingenua: en un mundo donde los autócratas acumulan poder sin escrúpulos, ¿puede la dignidad servir de escudo?, ¿puede someterse a la élite que lo maneja todo?
La respuesta honesta es que ninguna de las dos visiones es suficiente por sí sola. Karp tiene razón en que la indiferencia estratégica es un lujo peligroso; León XIV tiene razón en que la eficacia sin ética es una catástrofe inhumana.
La tensión entre ambos no se resolverá con un compromiso tecnocrático: se resolverá —o no— con una conversación civilizatoria que involucre no solo a CEOs y papas, sino a ciudadanos, ingenieros, docentes y familias.
Ambas obras confirman, cada una desde su trinchera, que la IA no es un problema técnico: es el problema humano de esta generación. La pregunta no es qué puede hacer la IA, sino qué queremos que haga con nosotros — y quién tiene el derecho de decidirlo. Esa pregunta, formulada por un filósofo-CEO desde Palo Alto y por un Papa desde el Vaticano, define el mapa intelectual y moral de la década que estamos comenzando.
La lucha es desigual y a mi criterio, estamos perdiendo los humanos ante los Dictadores del anillo único.
Linkedin: Aquilino García



