Genesis y el legado de una generación sin maestro
Todo melómano tiene un hermano mayor que le enseñó a escuchar. El mío fue Paco. En su habitación, los discos giraban constantemente: cassettes, vinilos, portadas abiertas, el sonido del polvo en la aguja y esa luz tenue que hacía que cada acorde pareciera venir de otro mundo.
Pero siempre me he preguntado una cosa: si Paco era mi guía, ¿quién fue el suyo? ¿Cómo, sin nadie que lo introdujera en ese universo, descubrió por sí mismo tesoros como Selling England by the Pound, un disco de 1973, ajeno a su tiempo, a su entorno, a todo lo que sonaba en la radio de aquellos años? Supongo que hay personas que nacen con una brújula interior, con la capacidad de reconocer la belleza, aunque nadie les haya explicado todavía dónde buscarla. Y este hallazgo, esa joya británica, es una especie de mensaje en una botella lanzado desde otra época que llegó, años después, a mis manos.
Se publicó en noviembre de 1973, cuando el rock sinfónico vivía su momento de gloria y, a la vez, empezaba a asfixiarse bajo su propio peso. Había virtuosismo por todas partes, pero también exceso, vanidad. Genesis, sin embargo, logró un equilibrio perfecto entre lo grandioso y lo íntimo. Selling England fue (y sigue siendo) el punto más alto de esa cuerda floja.
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Ahí estaban los cinco en su mejor forma: Peter Gabriel, el maestro de ceremonias, con su voz, sus historias y sus máscaras; Tony Banks, y un teclado que no busca lucirse sino servir a la canción, Steve Hackett, cuya guitarra se multiplica hasta el infinito o se vuelve íntima y susurrante; Mike Rutherford, sosteniendo todo con precisión británica; y Phil Collins, en la retaguardia, con una batería que es a la vez pulmón que respira y corazón que late. Juntos crearon un sonido que no pertenecía a ningún lugar y, sin embargo, era profundamente inglés, con su niebla, su melancolía, su ironía.
Gabriel, maestro del simbolismo, usa la metáfora de una Inglaterra vendida al peso, con sus valores convertidos en mercancía. Las letras del álbum están llenas de referencias a la vida cotidiana británica: personajes anónimos que caminan entre la modernidad y la nostalgia de los tiempos perdidos. El país que había dado a Shakespeare, a J.M.W. Turner y a los Beatles parecía perderse en los supermercados y en la televisión. Pero Genesis no se limita a lamentarlo; lo convierte en arte, en una pintura sonora donde conviven lo antiguo y lo moderno, lo poético y lo cotidiano.
Las letras están llenas de imágenes brillantes, de dobles sentidos y metáforas. Gabriel usa el inglés como un instrumento, y lo hace sonar como un idioma antiguo, lleno de mitología, humor y melancolía. “Can you tell me where my country lies?”, es la primera frase del disco, y esa pregunta, ¿dónde yace mi país?, sigue resonando medio siglo después.
A partir de ahí, el disco fluye como un sueño. Llega “I Know What I Like (In Your Wardrobe)”, una sátira sobre la conformidad y la rutina. En “Firth of Fifth”, esa obra maestra, Tony Banks construye un himno inmortal, con una de las mejores introducciones de teclados de la historia del rock, y un solo de guitarra de Hackett que flota sobre el piano como si ambos instrumentos se buscaran desde vidas anteriores. Y luego “The Battle of Epping Forest”, con su desfile de personajes y su humor británico, casi una novela de Dickens pasada por la psicodelia. Después, con “After the Ordeal” y “The Cinema Show” alcanzan momentos de gran belleza: la música se olvida del tiempo, y uno podría quedarse a vivir en ese sonido. “Aisle of Plenty” cierra el álbum repitiendo los ecos del inicio, como si el viaje fuera circular, como si Inglaterra (o su alma) se vendiera y se recuperara al mismo tiempo.
Con el tiempo, Genesis cambiaría. Peter Gabriel se iría en busca de otros caminos, Hackett seguiría su viaje solitario, y la banda tomaría un rumbo más pop con Collins al frente. Pero Selling England by the Pound quedó como el testamento de una época dorada, una cumbre que ningún otro disco del género logró igualar en equilibrio y alma.
Lo asombroso es que un disco tan británico, tan cargado de referencias locales, sea tan universal. Tal vez porque habla de la pérdida, de la búsqueda, de la identidad, de ese intento de aferrarse a algo verdadero mientras todo cambia.
A veces pienso en Paco poniéndose aquel vinilo por primera vez, sin guía, su sorpresa al escuchar ese inicio casi pastoril, la voz de Gabriel abriéndose paso entre los teclados, y ese instante en que la música se eleva y uno comprende que está frente a algo eterno. Me gusta pensar que, como yo, se quedó quieto, con los ojos cerrados, mientras la aguja trazaba su camino por el surco.
Cuando lo pongo, no sólo escucho a Genesis: veo a Paco, su forma de mirar la música, su curiosidad infinita, su falta de prejuicios.
Y eso es este disco: un encuentro. Entre la historia y la emoción, entre lo clásico y lo moderno, entre un hermano que descubrió un sonido sin guía y otro que lo recibió como un legado.
Linkedin: Rafael García-Purriños



