Martes, 16 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEntre dos mares y un sueño roto
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Antonio Casado Mena

Entre dos mares y un sueño roto

 

Hay lugares que envejecen. Otros, simplemente, se alejan de aquello que estaban destinados a ser

Hay lugares que producen tristeza.

 

No porque sean feos. No porque estén abandonados. Ni siquiera porque hayan desaparecido.

 

Producen tristeza porque muestran con crudeza lo que pudieron llegar a ser.

 

Eso es lo que me ocurre cada vez que paseo por La Manga.

 

Camino por sus avenidas, observo sus edificios, recorro sus playas, atravieso el viejo zoco y no puedo evitar preguntarme qué pasó. Qué ocurrió para que uno de los proyectos más singulares y prometedores del Mediterráneo acabara convirtiéndose en la sombra de sí mismo.

 

Hace unos días volví a recorrer aquel zoco. Sigue siendo hermoso. Todavía conserva algo de aquella personalidad que lo hizo diferente. Sus pasillos, sus plazas, sus comercios y sus rincones transmiten una sensación difícil de explicar. Se percibe que detrás de aquel proyecto hubo una idea. Una visión. Un gusto por las cosas bien hechas. Se nota que alguien soñó aquel lugar antes de construirlo.

 

Pero también se percibe el paso del tiempo. La decadencia inunda sus calles. 

 

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La sensación de que aquello que un día fue símbolo de modernidad y prosperidad hoy sobrevive más por la fuerza de los recuerdos que por la energía de su presente. Y, sin embargo, el problema de La Manga nunca ha sido la falta de belleza.

 

Pocas franjas de tierra existen en Europa con semejante privilegio geográfico. Dos mares distintos abrazando un mismo territorio. Amaneceres sobre el Mediterráneo. Atardeceres sobre el Mar Menor. Kilómetros de playa. Un clima excepcional. Un enclave único en el corazón del Mediterráneo.

 

La naturaleza hizo su trabajo. Fuimos nosotros quienes no supimos estar a su altura. Porque hubo un tiempo en que La Manga era vanguardia. Y quienes lo vivieron lo recuerdan perfectamente.

 

No había autovías. Las comunicaciones eran peores que las actuales. Llegar hasta aquí requería tiempo, paciencia y ganas. Y, sin embargo, la gente venía.

 

Venían franceses, alemanes, italianos y turistas de media Europa atraídos por un lugar que representaba modernidad, exclusividad y futuro.

 

En los bancos se cambiaban marcos alemanes, francos franceses, liras italianas y libras esterlinas. Los puertos deportivos bullían de actividad. Los restaurantes estaban llenos. Las discotecas marcaban tendencia. Había casinos, zonas de ocio, comercios elegantes y una sensación permanente de prosperidad.

 

Por sus avenidas circulaban coches que entonces parecían reservados para las grandes ciudades europeas. Había movimiento, actividad, ilusión y una confianza colectiva en que aquel rincón entre dos mares estaba llamado a convertirse en uno de los grandes referentes turísticos del Mediterráneo.

 

No era la facilidad para llegar lo que atraía a la gente. Era el deseo de estar aquí. Porque La Manga no era un destino más. Era el destino.

 

Aquí llegaron empresarios, arquitectos, inversores y visionarios convencidos de que estaban participando en algo extraordinario. Y probablemente tenían razón.

 

La Manga tenía condiciones para convertirse en uno de los lugares más exclusivos de Europa. No necesitaba parecerse a Marbella. Podía haber sido mejor.

 

Tenía mejores playas, una singularidad geográfica irrepetible y una personalidad propia que ningún otro destino podía copiar. Estaba llamada a convertirse en una referencia mediterránea, en una puerta entre Europa y África, entre tradición y modernidad, entre naturaleza y desarrollo.

 

Pero en algún momento dejamos de construir un proyecto y empezamos simplemente a construir. Confundimos crecimiento con desarrollo. Confundimos cantidad con calidad. Confundimos el éxito inmediato con la prosperidad duradera.

 

Donde podían haberse levantado urbanizaciones integradas en el paisaje aparecieron torres sin alma. Donde podían haberse consolidado paseos marítimos capaces de unir y embellecer ambos mares aparecieron espacios fragmentados y desordenados. Donde podía haberse protegido una identidad única acabó imponiéndose una acumulación de hormigón incapaz de dialogar con el entorno.

 

La planificación cedió terreno a la improvisación. La visión fue sustituida por la urgencia. Y aquello que debía ser un modelo terminó convirtiéndose en una advertencia.

 

La verdadera tragedia de La Manga no es su estado actual. La verdadera tragedia es la distancia que existe entre lo que es y lo que pudo haber sido.

 

Porque cualquiera que camine hoy por sus calles percibe esa sensación difícil de explicar. Esa mezcla de admiración y melancolía. Esa impresión de encontrarse ante un lugar extraordinario al que le faltó alguien que lo protegiera de sí mismo.

 

No hablo de nostalgia vacía. No pretendo idealizar el pasado. Hablo de la obligación de aprender. De comprender que los territorios también tienen alma. Que la belleza es un patrimonio tan valioso como cualquier recurso económico. Que no todo puede medirse en metros cuadrados edificados ni en balances de final de temporada.

 

Todavía queda mucho por salvar. Todavía permanece la magia de este lugar entre dos mares. Todavía sobreviven rincones capaces de emocionarnos. Todavía es posible recuperar parte de aquella esencia que hizo de La Manga un símbolo de modernidad, elegancia y esperanza.

 

Pero para lograrlo hace falta algo más que inversiones. Hace falta una idea para los próximos 50 años. Hace falta una visión. Hace falta volver a creer.

 

Cuando paseo por La Manga no siento nostalgia de mi juventud. Siento nostalgia del futuro que aquel lugar prometía. Porque las ciudades, igual que las personas, comienzan a perderse cuando olvidan quiénes eran. Y quizá esa sea la verdadera historia de La Manga.

 

La historia de un lugar privilegiado que lo tuvo todo para convertirse en uno de los grandes referentes del Mediterráneo. Y que todavía hoy, entre dos mares, sigue buscando el sueño que un día dejó escapar.

 

Linkedin: Antonio Casado Mena

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