Miércoles, 17 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNY entonces … llegó el Papa
  • Buscar
César Nebot Monferrer

Y entonces … llegó el Papa

 

Durante años nos explicaron que la religión era una reliquia. Un hermoso fósil cultural destinado a ocupar el mismo espacio que las locomotoras de vapor o los teléfonos con dial. En nuestra sociedad posmoderna, el presente sólo podía pertenecer a comités de expertos, a gestores de lo público y, sobre todo, a los fabricantes de narrativas.

 

Y entonces llegó el Papa.

 

No llegó con una nueva app. No presentó una carta a la ciudadanía. No anunció un paquete de ayudas ni una reforma constitucional. Tampoco prometió crecimiento sostenible, resiliencia transformadora o cualquiera de esas expresiones que nacen en los despachos ministeriales y mueren antes de llegar a la calle.

 

Simplemente nos visitó. Y la gente salió en tromba.

 

Un anciano cuyo poder efectivo es insignificante, jefe del Estado más pequeño del mundo y que nadie conocía su nombre apenas hace un año. No es Donald Trump ni Bad Bunny. No es un influencer ni un youtuber de moda. Y, sin embargo, ha movilizado más gente por las calles que todos ellos juntos.

 

He aquí el problema que ningún sociólogo consigue explicar del todo. Vivimos en una época que presume de haber superado la necesidad de trascendencia. Sin embargo, cada vez que aparece alguien que habla de ella, las multitudes reaccionan como un sediento ante una fuente.

 

Durante la visita de León XIV a España se han movilizado centenares de miles de personas. Los medios han analizado cada gesto. Los políticos que enarbolan narrativas laicistas y anticlericales han pugnado por fotografiarse junto a él. Los comentaristas han diseccionado sus mensajes sobre inmigración, dignidad humana, guerra o fraternidad. Pero quizá el fenómeno más interesante no estaba en lo que decía sino en el hecho mismo de que la gente quisiera escucharlo.

 

[Img #13153]

 

Resulta una escena extraordinaria. Los gobiernos disponen de presupuestos, ministerios, asesores, campañas institucionales y gabinetes de expertos. El Papa dispone apenas de una sotana blanca y de un mensaje evangélico que lleva dos mil años recorriendo el mundo. Sin embargo, cuando aparece él, la multitud corre hacia él y no hacia los ideólogos.

 

Resulta paradójico que en tiempos de estados posmodernos que despliegan su potestas mediante narrativas de poder sea al Papa a quien la gente reconozca la auctoritas.

 

La diferencia es antigua. Quien ejerce la potestas suele preguntar qué puede obtener de los hombres. Necesita preservar su posición y alimentarse de ellos. La autoridad pregunta qué puede entregarles. El poder se sienta a la mesa esperando ser servido. La auctoritas se reconoce porque se da en alimento a los demás y porque está dispuesta a lavarles los pies. Ahí reside una diferencia antropológica que la política contemporánea parece haber olvidado y que el cristianismo lleva dos mil años recordando.

 

Nuestros gobernantes hablan continuamente. Nunca en la historia hubo tantos discursos, tantas comparecencias, tantas ruedas de prensa y tantos expertos explicándonos la realidad de cada momento. Sin embargo, la sensación dominante es una extraña fatiga colectiva.

 

Quizá porque la mayor parte de la política contemporánea no ofrece significado. Ofrece significantes vaciados que precisan ser alternados para disimular su vacuidad. Da relatos. El relato sobre economía y desigualdad, el climático, el identitario el territorial, el generacional.

 

La política contemporánea se parece cada vez más a la Ópera de Viena. Cada noche se representa una obra distinta mientras los operarios preparan simultáneamente el decorado de la siguiente en el escenario oculto que se mostrará al día siguiente. El público apenas ha terminado de emocionarse con una crisis cuando debe emocionarse con otra. La narrativa climática sustituye a la identitaria. La identitaria a la territorial. La territorial a la económica. Lo importante no es resolver el problema sino garantizar que nunca falte una escenografía. En el espacio público de la posmodernidad se trabaja incansablemente en el próximo relato que ocupará el escenario. Cada narrativa promete una liberación definitiva y dura exactamente hasta la llegada de la siguiente.

 

Se nos dijo que había que liberar al hombre de la trascendencia para hacerlo más libre. El resultado se parece sospechosamente a una domesticación. Al fin y al cabo, es más fácil dominar un corral que un nido de águilas.

 

[Img #13154]La Iglesia Católica juega en otra liga. Habla de cuestiones que llevan dos mil años sin cambiar: el bien y el mal, la culpa y el perdón, el sufrimiento y la esperanza, la vida y la muerte. No es hija de su tiempo. Por eso puede dialogar con todos los tiempos. Nuestras sociedades, en cambio, corren el riesgo de convertirse en esclavas del instante. Y esto explicaría en parte que el Papa pueda competir con ventaja contra instituciones infinitamente más poderosas. Un ministerio puede prometer políticas de bienestar. Un Papa ofrece sentido. Y el ser humano suele descubrir, tarde o temprano, que el sentido es más escaso que las promesas de bienestar.

 

Esto no es una idea nueva. En el Evangelio de Juan, después del discurso del Pan de Vida, muchos discípulos abandonan a Jesús porque sus palabras les resultan demasiado exigentes. Entonces pregunta a los Doce si también ellos quieren marcharse. Pedro responde con una frase que atraviesa los siglos: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". No habla de riqueza ni de seguridad ni de bienestar. Habla de sentido.

 

Algo parecido ocurre junto al pozo de Sicar. La samaritana descubre que la sed más profunda del ser humano no se calma con agua sino con una verdad capaz de transformar una vida. Ambas escenas contienen una intuición permanente. El hombre puede necesitar muchas cosas para vivir. Pero necesita una razón para vivir antes que todas las demás.

 

Chesterton observó hace más de un siglo que cuando los hombres dejan de creer en Dios no es que no crean en nada. Es que empiezan a creer en cualquier cosa. Así, nuestra época de secularización contumaz ha intentado sustituir la religión por la política. El resultado ha sido curioso. Hemos terminado exigiendo a los gobiernos lo que antes pedíamos a los santos: una redención social, una salvación ecológica, una pureza ideológica y una absolución administrativa acompañada de milagros legislativos. La posmodernidad nos ha abocado a una religión de Estado que provoca y administra identidades a la contra y sin posible redención.

 

Y naturalmente, a pesar de los cuantiosos presupuestos dedicados a gabinetes de prensa, los gobiernos posmodernos fracasan. No sólo por incompetencia manifiesta. También porque nadie puede satisfacer necesidades espirituales mediante boletines oficiales.

 

La escena final de El señor de las moscas contiene una intuición inquietante. Durante toda la novela los niños han construido sus propias tribus, sus propios relatos y sus propias guerras. Han convertido la isla en un campo de batalla donde cada grupo se define por oposición al otro. La sospecha sustituye a la amistad. El miedo reemplaza al sentido común. La pertenencia a la tribu importa más que la verdad.

 

Y entonces aparece un oficial de la marina. No desembarca con un ejército. No pronuncia un discurso. Basta con su presencia. De pronto los guerreros vuelven a ser niños.

 

Las pinturas de guerra se vuelven ridículas. Las rivalidades pierden importancia. Las tribus se disuelven ante una realidad más grande que ellas mismas. Los muchachos recuerdan quiénes eran antes de quedar atrapados en aquella espiral de enfrentamiento.

 

A veces, da la impresión de que nuestras sociedades viven algo parecido. Llevamos años instalados en relatos de confrontación. Cada grupo posee sus agravios, sus consignas y sus enemigos favoritos. La política ha aprendido a administrar esa fragmentación y a menudo obtiene de ella buena parte de su energía. Pero cuando aparece una figura capaz de recordar algo anterior a todas las tribus —la dignidad humana, la esperanza, el perdón, la fraternidad— ocurre algo inesperado. Durante unas horas se convoca y comparece la Magnifica Humanitas.

 

Quizá precisamente por eso tiene tanto que ver con la religión. Porque la religión, antes que una ideología o una identidad, es el recordatorio permanente de que el ser humano es algo más que un miembro de una tribu.

 

Tal vez porque la esperanza funciona de una manera muy distinta al poder. Y cuando centenares de miles de personas salen a la calle para escuchar a un anciano vestido de blanco después de décadas escuchando a políticos vestidos de gris, quizá no estén buscando una ideología.

 

Quizá estén buscando algo mucho más revolucionario. En una época obsesionada con reducir la visión a relatos sobre la realidad, quizá estén buscando simplemente una razón para alzar la mirada.

 

Linkedin: César Nebot

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.