Miércoles, 17 de Junio de 2026
Diario de Economía de la Región de Murcia
OPINIÓNEl gran robo del siglo. La gran estafa de SpaceX
  • Buscar
Aquilino García

El gran robo del siglo. La gran estafa de SpaceX

 

Mi experiencia con los activos, la bolsa, etcétera, siempre fue un poco escéptica. Ahora símplemente no me creo nada. Pongo antecedentes.

 

Las estafas del sector financiero siempre han tenido nombres «bonitos» para lo que eran, son, auténtica basura. Papelitos que luego no valen nada.

 

Preferentes. Qué gran nombre. Aún recuerdo cómo Banco de Valencia (disuelto hoy en Caixa, antes Bankia) nos pedía que contratásemos unas preferentes, que eran líquidas y seguras. Líquidas y seguras, pero sobre todo eran Preferentes, por lo que no había que preocuparse. 15.000 euros para renovar una póliza de Crédito de 50.000 euros. No te preocupes, te damos 65.000 euros y os colocamos esas preferentes. Después Caja de Ahorros del Mediterráneo, mismo modus operandi, luego Caja Madrid. Entre todas nos colocaron 75.000 euros de preferentes, los mismos que desaparecieron en 2013 con la crisis. Sólo puedo decir una palabra: gentuza.

 

Recuerdo antes, siendo niño, la estafa de Fidecaya (ya sé que esto es como hablar de lo bonito que es Marte en Villaconejos). En 1980, una corrida bancaria de una entidad, Fidecaya, fue intervenida y sus directivos juzgados. Dejó 250.000 cedulistas. Dos millones de pesetas de mis padres, evaporados en 1980. Nada nuevo.

 

Banesto, Banco Popular. Todos ellos esfumaron el dinero de millones de ahorradores sin que los auténticos causantes, fuesen realmente encausados. En estos ambos casos tuvo una actuación preponderante el Banco de España, actuando como la Mafia, sobre todo con Mario Conde. Debo decir que los Administradores del Banesto intervenido, valoraron en CERO. Sí, sí, CERO todos los créditos del banco, comprados después por parte de esos administradores y forrarse, con los préstamos recuperados, más del 98%. Valoraron en CERO lo que valía miles de millones, solo para ciscarse a Mario Conde. Una estafa, con el BOE detrás.

 

Bien, no voy a aseverar que el banco te ofrece lo que mejores comisiones deja a los directores e interventores de oficinas, porque pensar lo contrario es creer en la meigas. No, tu banco no te ofrece lo mejor para tí. Ofrece lo mejor para el que se llevará la comisión.

 

Pero esto es solo calderilla con la operación que se acaba de poner en circulación en EEUU:

 

[Img #13155]

 

Se llama SpaceX, una empresa que nos afirman que llevará al hombre al espacio en 4 o 5 años. De nuevo veo cantos de sirena, igual que los anuncios de Fidecaya (darían risa hoy en día). Si vemos los datos de lo que realmente ha ocurrido, entonces creo que todo es un teatrillo montado para desplumar a los ahorradores, como lo de Fidecaya, como lo de las Preferentes.

 

El 5% de SpaceX ha salido a bolsa. Repito, sólo el 5% de SpaceX ha salido a bolsa. Los que creen que cualquier salida a Bolsa es una oportunidad de inversión, debo recordarles que si ustedes compran, alguien está vendiendo (doble partida, de toda la vida). Si fuese tan espectacular oportunidad, ¿me lo estarían vendiendo?, porque es solo eso, una venta.

 

Suena a noticia menor, a un movimiento técnico dentro del engranaje financiero. No lo es. Detrás de ese 5% se esconde uno de los mecanismos de transferencia de riqueza más sofisticados jamás diseñados. Y lo más probable es que tu fondo de pensiones, tu plan de jubilación o tu ETF de toda la vida ya estén comprando acciones de una empresa que creías lejos de tu radar inversor, a un precio que multiplica por muchos sus beneficios. Una colocación de toda la vida.

 

La puerta giratoria del Nasdaq100

 

Empecemos por el principio. Para que una empresa entre en el Nasdaq100 —el selectivo de las cien mayores cotizadas del índice tecnológico— necesita cumplir unos requisitos de capitalización, liquidez y tiempo en bolsa. Mínimo un trimestre, hasta tres. Hasta hace poco, SpaceX era una empresa privada, inaccesible para el inversor minorista y, sobre todo, para los fondos indexados.

 

Pero alguien diseñó un atajo.

 

Saquen un 5% diminuto a cotización. Ajusten las reglas del índice para que ese 5% baste. Y de repente, el Nasdaq100 incorpora a la empresa espacial más valiosa del planeta, sin que haya cotizado ni un minuto antes, solo 15 días para pasar del bolsillo de Elon Musk al de los pequeños ahorradores, camino inverso el del dinero, cotización engordada. Ha sido un 'encaje', una modificación de las reglas para que pueda estar. Cambiar las reglas a mitad del partido.

 

El problema es que, al entrar en el índice, ocurre algo automático que no necesita el permiso de nadie: todos los fondos de pensiones, fondos indexados y ETFs que replican el Nasdaq100 tienen la obligación contractual de comprar SpaceX en su peso correspondiente dentro del índice, por lo que empujarán el valor de la acción hacia arriba, al menos durante los próximos días. Una vez todo colocado, veremos cómo acaba la fiesta, porque normalmente la música acaba, o el barco se hunde (vean Totanic).

 

Esta obligatoriedad, no es una recomendación. Es una orden. Cuando un fondo dice "replicamos el Nasdaq100", está diciendo "compraremos todo lo que entre en ese índice, al precio que sea". Millones de jubilaciones, ahorros de toda una vida, planes de pensiones de trabajadores que jamás han oído hablar de los motores Raptor, están comprando SpaceX a un precio que solo el 5% del capital ha determinado.

 

La trampa valorativa

 

Aquí viene el truco más fino del engranaje.

 

Si ese 5% de SpaceX cotiza en el mercado secundario a, pongamos, 200 dólares la acción, y ese 5% representa una valoración implícita de 150.000 millones, entonces alguien hace una sencilla multiplicación: si el 5% vale 150.000 millones, el 100% vale tres billones. Y esa será la valoración de SpaceX.

 

El absurdo, es monumental. Estás tomando el precio de una fracción minúscula del capital —donde la liquidez es ridícula y donde unos pocos operadores pueden mover el precio con órdenes modestas— y lo estás utilizando para valorar la totalidad de una empresa que factura una fracción de esa cifra. Es como valorar un rascacielos entero por lo que alguien pagó por una plaza de aparcamiento. Estás comprando una idea.

 

Pero ese precio manipulado ya no es solo una referencia. Ahora es un precio oficial, validado por el índice, certificado por la entrada en el Nasdaq100. Y ese precio se convierte en el ancla de todos los derivados financieros, opciones, futuros y productos estructurados vinculados a SpaceX.

 

El mecanismo es perfecto: el 5% manipula el precio, y ese precio se aplica al 100%.

 

La orquesta de la manipulación coordinada

 

Pero la estafa no se sostiene solo con un truco contable. Necesita que el dinero fluya hacia la bolsa. Y para eso, hay que cerrar las otras puertas.

 

En los últimos meses hemos visto un patrón que no debería pasar desapercibido: el oro y la plata contenidos, las criptomonedas golpeadas con noticias regulatorias justo cuando tocaban máximos, los bonos convertidos en un desierto de rentabilidad. Activo tras activo, se ha ido dirigiendo a la manada hacia un único punto de fuga: la renta variable, y dentro de ella, hacia los grandes nombres tecnológicos.

 

No es conspiración. Es coordinación. Los bancos centrales hablan, los market makers ejecutan, los medios amplifican. Y cuando todo el mundo mira hacia el mismo sitio, la liquidez se concentra, los precios suben y la trampa valorativa se retroalimenta.

 

SpaceX vale un billón punto ocho. Luego vale dos. Y como vale dos, los fondos tienen que comprar más. Y como compran más, el precio sube. El ciclo es autosuficiente mientras dure la música.

 

La narrativa de la innovación imparable

 

Para que nadie proteste, se despliega la cortina de humo perfecta: la innovación.

 

Cada subida de precio se justifica con un nuevo hito: un cohete que aterriza, un satélite que se lanza, una misión a Marte anunciada para 2030. La narrativa es tan potente —el futuro de la humanidad, la colonización de otros planetas, el fin de la dependencia de los combustibles fósiles— que criticar la valoración parece de mentes pequeñas. «No estás valorando una empresa, estás valorando el futuro de la especie», viene a decir el relato.

 

Es brillante. La tecnología avanza realmente —SpaceX hace cosas impresionantes, eso no se discute— y ese avance real sirve de coartada para una valoración que ya no tiene relación con los ingresos, los beneficios o cualquier métrica financiera tradicional. La distancia entre el precio y el valor se convierte en «visión». Y la visión no se tasa.

 

Mientras tanto, los insiders venden. Los fundadores de los fondos de venture capital que entraron en rondas privadas a valoraciones mucho más bajas van soltando papel en el mercado secundario. La liquidez que proporcionan los fondos indexados —es decir, tu dinero— es la salida que ellos necesitan. La gran masa está pagando a los financiadores anteriores de SpaceX que entraron y nunca pudieron tomar su dinero de nuevo. Ahora ya pudieron salir con los bolsillos llenos.

 

¿Hacia dónde vamos?

 

Toda burbuja sigue el mismo patrón: empieza con una idea razonable, se alimenta de liquidez, se justifica con narrativa, y termina cuando el último comprador que tenía que comprar, ya ha comprado.

 

¿Estamos cerca del final?

 

Depende de cuánto dure la liquidez. Mientras los bancos centrales mantengan tipos bajos o estables, mientras la inflación no obligue a subirlos, mientras el dinero siga fluyendo hacia los índices, la música puede seguir sonando. Pero cuando la liquidez se seque —por subida de tipos, por recesión, por un cisne negro— el mecanismo funciona en sentido inverso. Los fondos tendrán que vender, el 5% no tendrá compradores reales, y la valoración implícita se derrumbará.

 

Lo que ocurrió con WeWork o con Nikola fue un aviso. Pero esto es mucho más grande. SpaceX no es una empresa de oficinas compartidas ni un fabricante de camiones con renderizados falsos.

 

Es una empresa real, con tecnología real, ingresos reales y un carisma fundacional sin precedentes. Cuando una burbuja tiene fundamentos sólidos detrás, el pinchazo no es un colapso instantáneo. Es una sangría lenta, prolongada, que deja a millones de pequeños inversores sujetando el saco mientras los grandes ya han salido.

 

La gran estafa de SpaceX no es que la empresa no valga nada. La gran estafa es que nos han hecho pagar cien veces lo que vale, usando nuestro propio dinero —el de los fondos de pensiones, el de los ETFs automáticos, el de la manada— como coartada para el precio.

 

Y lo peor de todo es que es legal. Es perfectamente legal.

 

La pregunta no es si esto acabará mal. La pregunta es quién seguirá en la sala cuando la música se pare.

 

Linkedin: Aquilino García

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.